Andrés Manuel López Obrador no se parece al hombre peligro que en cada paso levantaba una estela de provocaciones y actitudes explosivas hace seis años. El martes 11 de octubre llegó a la capital de los Estados Unidos con un look renovado: traje gris impecable, modales de diplomático y la lengua contenida. Quizá lo más estridente de su apariencia es la corbata que lleva puesta, una lengua de seda rojo carmesí.
Esta visita del aspirante a la candidatura presidencial del PRD en México, forma parte de una gira de trabajo que esta semana ha emprendido por Washington y Chicago para continuarla este jueves 13 de octubre en Madrid, con el fin de dar a conocer entre la comunidad mexicana que viven en esas ciudades, su proyecto MORENA (Movimiento Regeneración Nacional).
En Washington, el López Obrador de estos días cita al presidente Roosevelt y declara una relación cordial con los Estados Unidos. Dice que en los últimos años mantuvo un diálogo constante con todos los embajadores del país vecino, hasta Tony Garza. A Carlos Pascual nunca pudo verlo.
López Obrador aspira a ser el candidato presidencial de la izquierda mexicana.“Ya envié un mensaje al nuevo embajador y espero verlo pronto entregando cheques para el desarrollo. Con Estados Unidos no tengo ningún problema”, dice en el centro de una nube de reporteros, cámaras televisivas y jóvenes mexicanos expatriados que vinieron a pedirle una foto, un autógrafo.
“Lo veo más en el centro político”, lo provoca un periodista y López Obrador parece en guardia, listo para el ataque. Pero hoy no será así. El tabasqueño, aficionado al béisbol y a Chico Che, luce tranquilo y sonriente como un turista en Disneylandia.
“No soy como me pintan”, responde casi por instinto. “Han distorsionado mi imagen quienes me ven con malos ojos, porque no les conviene que exprese la realidad del país. Me han creado una leyenda negra”. Hoy López Obrador enseña los dientes sólo para sonreír.
Maquiavelo dijo que no hay nada más difícil de emprender, más peligroso de conducir y más incierto que tomar la iniciativa de cambiar. ¿López Obrador es un nuevo hombre? ¿Qué ha cambiado y por qué? ¿O es el mismo en versión light?
Por lo pronto sus pasos son diametralmente distintos a los de hace seis años. En la campaña de 2000 se volcó sobre el país y se empeñó en mirar sólo hacia dentro y hacia abajo. Hoy, en los prolegómenos de las campañas, su mirada se ha dirigido hacia otros puntos cardinales: los empresarios en Monterrey. Los Estados Unidos. De hecho, esta es la segunda visita a EEUU en menos de cuatro meses y España, este jueves.
El nuevo López Obrador tiene pasaporte.
El país y su circunstancia en los ojos del candidato que perdió la elección por 250 mil votos, el número de habitantes de la delegación Magdalena Contreras:
“Raro sería que no hubiera violencia después de más de 20 años sin crecimiento y empleos. Soy un mexicano que como muchos desea un cambio. No quiero violencia y esto no es un discurso. No nos pueden acusar de ser violentos. Nos robaron la presidencia y no se rompió un vidrio”.
Dice que su divisa en estos años ha sido el cambio por la vía pacífica.
En la capital del imperio, al nuevo López Obrador sólo le ha faltado decir: “Amor y paz”. Sólo al final, antes de despedirse, soltará una andanada de latigazos que recordarán al hombre que, en palabras de sus adversarios políticos y algunos empresarios, representaba hace cinco años (¿seguirán pensando lo mismo?) un peligro para México.
Llegó a la capital de los Estados Unidos la noche del lunes. Lo recibió Lázaro Cárdenas Batel, que vive, estudia y de vez en cuando sacude las percusiones en algún bar de Washington DC.
La mañana del martes tuvo un desayuno privado con los directivos del Woodrow Wilson Center. Después, el discurso que pronunciaría ante un centenar de personas, una pieza que parecía construida con un cuidado artesanal. Como si hubiera pesado y medido el significado de cada una de sus palabras.
AMLO visita EEUU por segunda ocasión en cuatro meses“La nuestra es una relación compleja, con periodos de comprensión y entendimiento”, saludó López Obrador al público, de pie ante un atril de madera. A sus espaldas se alzaba una bandera de los Estados Unidos. La sala estaba llena. Había jóvenes estudiantes de medicina, política y economía llegados de México hace algunos años.
Hablaba con los brazos sobre el atril, con el tono terso de un sacerdote. Nunca levantó la voz ni lanzó una de sus clásicas declaraciones incendiarias de la campaña de 2000. Ni siquiera cuando desde el público alguien le preguntó:
“¿Si llega a la presidencia llevaría a Calderón ante las cortes internacionales para que se le juzque por la muerte de 40 mil mexicanos?”.
Un aplauso invadió la sala, y después se hizo un silencio expectante como esos que anteceden los momentos esperados. Pero la ovación que se escuchó en la sala se estrelló con el López Obrador de estos días. Él y su lengua contenida:
“Buscamos justicia, no venganza. Queremos ver hacia adelante. No nos mueve el odio y el rencor”, dijo y su voz sonó más serena aún. Y luego, como si quisiera evitar la menor duda: “Queremos crear condiciones distintas, llegar a un acuerdo con todos. No habrá persecución cuando triunfe nuestro movimiento. Pero ya no mandarán los que se dedican a saquear al país”.
López Obrador, precandidato presidencial, salió de la sala cubierto por un aplauso cálido. Al pié de las escaleras lo esperaban mexicoamericanos que luchan por los derechos humanos y otros que buscan la manera de impulsar a Morena, el movimiento que encabeza, desde los Estados Unidos.
En el pasillo, un periodista le preguntó cuáles son los principios de su política exterior. Sin pensarlo, dijo: “El respeto al derecho ajeno es la paz. Juárez supo defender la soberanía”.
Después, debajo de una escultura de papel que parecía una lluvia de confeti sobre su cabeza, López Obrador respondió otras preguntas. Dijo que no se opone a la legalización de las drogas, pero que habría que pensarlo porque los cárteles se desplazarían a otras actividades criminales.
Casi al final, un periodista le picó la cresta. Y sólo entonces, López Obrador, el de las frases calientes, el provocador incontenible de hace unos años, se asomó detrás del saco gris y la corbata rojo carmesí.
“¿Peña Nieto? –alzó los hombros y sacudió la cabeza–. Su jefe de prensa es Salinas y su jefe de propaganda es Televisa”. Las risas llenaron la sala. López Obrador movió los brazos en el aire y recuperó la compostura. Se alisó el traje y se despidió con una sonrisa de candidato en plaza llena.
Wilbert Torre nació en Mérida, Yucatán. Es periodista y escritor. Ha sido cronista de política y corresponsal en Estados Unidos de los diarios Crónica, Reforma y El Universal. En 2008 fue elegido como Nuevo Cronista de Indias por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, que dirige Gabriel García Márquez. Es autor de los libros "Obama Latino" y "Todo por una manzana".