Siete horas y media de autobús fueron necesarias para alcanzar mi destino. Ya en tierra firme (diría el gaviero) mi llegada a San Luis Potosí parecía escrita por un mal guionista de películas americanas. Las instrucciones enviadas a mi correo una semana antes decían que una vez en la terminal debía acercarme a la ventanilla (nunca una palabra se ha empleado mejor, era pequeña, fea y muy illa) de los taxis y dar mi nombre. Así lo hice. Dentro del “semibunquer” que era la oficina del trasporte, un ser más cercano a la idea de un malhechor que a la de un trabajador de cara al público, sacó un rotulador verde y a la vez que tachaba mi nombre en una lista dedicaba un esputo al piso. Cuando por fin me entregó mi boleto noté que entre toda esa maraña de arquetipos de lo grotesco, se encontraba una mujer que respondió cuando un taxista la llamó por su nombre, había intercambiado segundos y palabras con ella y la posibilidad de su verdadero género nunca cruzó por mis ideas. Aunque el inicio no reportaba nada bueno, una vez en el hotel las cosas cambiaron. El Hotel Real Plaza observa el cercano centro histórico desde la avenida Venustiano Carranza (una de las mil que debe de haber en el país) golpeando en el hígado a Joseph Roth y su teoría sobre los nombres de las calles en América. El establecimiento ostenta una moda setentera y un personal amablemente agrio que después de obtener mi nombre me mandó a la habitación 1008, recinto amplio y de altura que me hospedaría por los siguientes cuatro días. A las ocho recibí un mensaje de David Ortiz Celestino, uno de los organizadores del cada vez más importante Festival de Letras San Luis Potosí, evento que congrega todos los años una cantidad importante de fugitivos de la vida decente (escritores) que llenan los principales foros culturales de la ciudad con sus ideas, palabras y gestos. El mensaje me invitaba a desayunar una hora más tarde en el restaurante del hotel. Después de esperar media hora y recordar que yo había sido el que falló en el código de etiqueta mexicano al llegar a tiempo, pude conocer a David y a otro de los organizadores: Salvador García. Esos días en que los micrófonos, facturas y escritores acaparan el tiempo de los responsables, hicieron que no cruzara tantas palabras con ellos como hubiese querido, aún así los breves momentos compartidos en desayunos, pasillos y comidas fueron gratificantes. Este año el festival tuvo la deferencia de invitar a Joserra Ortiz a organizar las Jornadas de Detectives y Astronautas, evento que llegó a su sexta edición y en el cual he colaborado de forma intermitente desde su creación en el lejano 2002. Los años anteriores las Jornadas se habían realizado dentro de la Feria del Libro de Monterrey, con los mismos objetivos: reunir a los escritores más sobresalientes de literaturas alternas (terror, policiaco, ciencia ficción, etc.) en nuestro país. Al contar con mayor presupuesto, visibilidad en los medios y capacidad de organización las Jornadas, que se presentaron como un evento tangencial (dentro, pero no tan dentro del festival), tenían una nómina de escritores mayor a la acostumbrada y esto permitió que se orquestaran más charlas y conferencias. Todos los invitados son escritores relevantes en su área, algunos venden mucho, otros poco, unos publican en Twitter y otros en Almadía, heterogéneos en sus propuestas y personalidad pero poseedores todos de una calidad indiscutible. Desde el incombustible José Luis Zárate hasta el joven y talentoso Iván Farías, las Jornadas lograron por primera vez reunir auditorios de más de cien personas dispuestas a participar activa y pasivamente en las presentaciones. En lo personal me tocó hablar sobre El cuaderno rojo estelar, publicación electrónica con el espíritu del fanzine pero con el rigor de las revistas especializadas. El CRE es un proyecto que junto con Joserra Ortiz llevamos meses tratando de colocar en un lugar importante de la crítica y difusión de literaturas alternativas. Lo más relevante de la presentación, desde luego, no fueron mis palabras sino el escenario en el que fueron pronunciadas, pues el Centro de las Artes de San Luis Potosí es uno de los edificios más bellos de la ciudad. Antes de ser un foco cultural, este conjunto de edificios albergaba una cárcel de imponente construcción, es así como las oficinas son celdas y la arquitectura panóptica está presente en cada piedra del patio central (que por algo es panóptico). Lo más disfrutable de las Jornadas fue la actividad final que consistió en montar un ring en el Faro del Desierto y de dos en dos nos subimos a leer textos breves (hubo a quien eso de la brevedad le pasó brevemente por la cabeza), mientras que la gente desde ringside escuchaba y observaba los mamporros verbales que algunos asestaban. Poco tiempo tuve para dirigir mis pasos a las ponencias del festival, las Jornadas me mantenían alerta y ocupado todo el día, pero aún así el destino me dejó toparme en bares, restaurantes y puestos de elotes a escritores que siempre he frecuentado como lector. Nunca he sido un fanboy y considero que la persona que habita el mundo de lo tangible es totalmente ajena a la que teje con hilo de tinta las palabras desde casa. A mi me gusta lo que la palabra balbucea, susurra o grita, el sujeto que las profiere nunca me ha interesado como demiurgo, a lo mucho como peatón. Aún con lo mencionado celebro con gusto haber conocido escritores de mi generación, esos que llevaban las mismas loncheras de metal a la primaria y que vistieron colores fosforescentes en sus años de escuela. Un breve receso La ciudad de San Luis Potosí siempre había vivido en mi imaginario como una más del desierto, como un enclave sin nada más allá que la historia que la acompaña. Caminar por sus calles y conocer sus cantinas me hizo cuestionarme el motivo de mi prejuicio y llegué a la conclusión de que mis amigos potosinos se habían encargado de llenar mi cabeza de comentarios negativos al respecto, actitud parecida a la mostrada por algunos habitantes de mi natal Torreón, que no pueden más que hablar mal de la ciudad (mientras no esté un regio o saltillense presente), sin matices ni atenuantes. Mientras recorría las plazas, uno de los potosinos no dejaba de decirme que esto no era así hace 10 años, “el orden y este uso de los edificios con fines culturales es muy nuevo”, me decía, debido a la cantidad que hay dedicados a cultivar los placeres humanistas (que no humanitarios). Joserra Ortíz, Bernando Fernández, José Luis Zárate y Rodrigo Pámanes, escritores.Mi experiencia gastronómica no fue muy buena, el poco tiempo me arrojaba al primer local que ofreciera algo caliente. Aún así tuve la oportunidad de probar varias suculencias locales, entre las que destaco el imponente y gigantesco tamal huasteco, mejor conocido como “sacahuil”, platillo ritual que bajó de la sierra potosina para instalarse en algunas fondas locales. Pocas veces tengo la oportunidad de estar en una ciudad nueva para mis ojos donde la literatura está en cada esquina, y es que a diferencia de México, en España las ferias del libro y demás actividades literarias están manejadas por la idea comercial de las letras, por eso una de las más famosas ferias como la de El Retiro, en Madrid, no es más que dos filas inmensas de casetas insípidas habitadas por grandes editoriales ofreciendo nada, excepto precios altos y espacio para que algún escritor dispuesto a soportar el calor, firme libros. Las veces que he asistido en México a ferias del libro o festivales como el de San Luis Potosí, me tranquiliza ver que son organizados para el disfrute de los lectores, para escuchar a los autores, comprar sus libros a buen precio y conseguir aquellos títulos transportados en la mochila del autor, títulos muchas veces ajenos a los anaqueles comerciales. Otra cosa positiva es la participación de la gente, increpa y si es necesario contradice a los escritores. En México se toma en serio la invitación final para resolver dudas o a hacer comentarios, al contrario de lo que sucede en otros países donde el escritor se molesta y casi nunca responde de forma eficiente a la pregunta de los asistentes. Las conferencias fueron comenzando y terminando. Las puertas de los recintos vieron pasar más personas de las previstas y eso entusiasmó a ponentes y organizadores. Siempre ha sido un misterio los niveles de asistencia a un evento cultural y tal vez nunca sepamos qué llenó las sillas de las Jornadas de Detectives y Astronautas, pero como diría un sabio tlacuache: es mejor no resolver los misterios que alegran el alma. Esos días de mayo pasaron entre literatura de terror, ciencia ficción, sacahuiles y cervezas 7 Barrios (de producción casi artesanal). La lluvia también pasó por nuestras cabezas pero sólo para llenarlas con constantes y largas pláticas que encharcaron amistades que seguramente no tardarán en generar estanques de más pláticas, ideas y risas.
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Comentarios
Me ha entretenido bastante el leerte! Aunque no se del tema y haciendo a un lado que eres mi sobrino(conste que a mi no me preguntaron si queria ser tuntio) no he podido dejar de leer hasta el final imaginandome cada una de tus vivencias y hasta pensar en reclamarte por no haberme invitado a tan provechoso viaje. Solo me queda despedirme pidiendote que sigas adelante y diciendote lo orgulloso que me siento de que seas mi sobrino(insisto , aunque a mi no me preguntaron) FELICIDADES
Tus andanzas potosinas me han recordado irremediable y entrañablemente el encuentro aquél de escritores en Saltillo, para celebrar el tostón de vida de José Agustín (uno de los más emotivos y sustanciosos eventos que he presenciado en décadas de vagancia cultural). Cuando hablas de la Feria del Libro de Madrid, viene a mi memoria la imagen de esta regia deambulando de puesto en puesto, efectivamente viendo lo altos precios de tantas tentaciones editoriales, inalcanzables para el bolsillo de una estudiante extranjera sin beca acude a aulas españolas, pero que al ver al mismísimo Carlos Fuentes ahí solito dentro del estanquillo librero, esperando quien se aceque a pedirle autógrafo, saca las pesetas (ahora serían euros, claro) y sin dolor paga el ejemplar para llevarse la firma de tan distinguido, inteligente y admirado personaje de las letras. Mismo que ya había visto frente a frente en los 60 años de la UANL, ante cientos de asistentes disputándose unos cuandos centímetros cuadrados para acercase más al invitado de lujo dento de la Capilla Alfonsina en la Ciudad Universitaria de Monterrey.
Conservo el Cerro de la Silla que Fuentes trazó antes de estampar su firma.Y que luego supe que hizo lo mismo en el ejemplar que mi buen amigo regio José Garza (por entonces también estuante en Madrid)le pidió que autografiara.
Mira nada más, Rodrigo, todo lo que surge en los recuerdos de esta lectora que también ha saboreado las enchiladas potosinas, y todo por tu divertida, entretenida y enriquecedora reseña de tu estancia en esa hermosa ciudad mexicana.
Saludos desde Houston, donde tengo cerca a los astronautas, pero lejos a cuentistas y novelistas.
Leer la crónica de tu viaje a SLP me ha resultado delicioso, plagado de reduerdos y coincidencias. Cuando ví la palabra Salamanca, recordé mi ciudad natal, la homónima ubicada en el estado de Guanajuato. Después recordé cuando llegué a estudiar la carrera de Psicología a San Luis Potosí y cómo algunas personas me habían hablado mal de los potosinos, prejuicios que afortunadamente no hice míos y me sorprendí gratamente con la amabilidad de la gente con la que conviví desde mi llegada.
Es cierto que muchos edificios históricos ahora son destinados a espacios culturales, por ejemplo, cuando yo vivía allá, la penitenciaria no era el museo que ahora es.
Respecto al hotel Real Plaza, alguna vez me hospedé ahí, me gustaba ver la plaza desde la ventana, hace muchos años, los dueños de éste fueron los abuelos de mi ex esposo.
He comido sacahuil (o zacahuil, como algunos lo escriben), paseé por las calles de San Francisco y escuché trova en Los Frayles, de cuando en cuando me tocó ver algún esputo dejado por los señores que ayudan en las terminales.
Gracias por compartir tus experiencias. Actualmente vivo en Monterrey, ciudad que también mencionas en tu relato...sincronías.
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