Plaza Mayor de Salamanca. Llegué a Salamanca con la misión de estudiar un doctorado, me inscribí en el programa que años atrás Jorge Volpi e Ignacio Padilla cursaron, un doctorado que desde su quimérico título daba pistas de lo escurridizas y nominalmente confusas que iban a ser sus clases: “Vanguardia y posvanguardia en España e Hispanoamérica. Tradición y rupturas en la literatura hispánica”. No tenía fin ni medio para cursar las materias y mis intenciones de hacer una tesis sólo pasaban por satisfacer el gusano glotón que es el ego. Pero aquí estaba, caminado por estas calles mientras era golpeado en los ojos por los destellos de la piedra de Villamayor, cantera que se encarga de vestir prácticamente todos los edificios del casco histórico salmantino. El ocho de diciembre de 2007 me hospedé junto con mi esposa en un hotel situado frente al parque de los jesuitas, área verde que dos años más tarde sería uno de mis lugares favoritos para pasar el día por mi cabeza, la noche por mi nostalgia y el vino por mi garganta. El once estaba entrando en el aula P6 del Palacio de Anaya y una sevillana poseedora de una retórica exacta, motivante y llena de conocimiento se encargó de ser mi profesora. La segunda clase me acerqué a un uruguayo y le hice una de esas estúpidas preguntas que se hacen para entablar una conversación semilla, pláticas que si resultan se convierten en cerezos de troncos anchos. A la estúpida plática se unió un peruano más parecido a un alemán que a un cholo, y la charlita germinó en una exitosa amistad. 17 días después, con la misma estrategia de la pregunta estúpida, se uniría al grupo un hondureño. A más de cuatro años de esos encuentros puedo decir que la estética, intenciones y temas de mis textos están basados gran parte en lo que hemos compartido, pero sobre todo en lo que me han enseñado. Una de las virtudes más grandes que tiene Salamanca es que brinda a los estudiantes la posibilidad de establecer contacto con personas de muchos países, lo cual otorga un aprendizaje extra a la hora de vivir una experiencia educativa. Por mi vida charra han pasado un montón de personas valiosas y también me he topado con personajillos desagradables, más cercanos a ratones ambiciosos que a seres humanos. Afortunadamente me he quedado con los primeros. La Universidad de Salamanca es una de las más viejas del mundo. Comenzó a funcionar en 1218 y recibió el título de universidad en 1255, siendo la primera de Europa en ostentar dicho título. Por sus aulas han pasado personajes tan insignes como Hernán Cortés, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón, por mencionar algunos. Esta prosapia, la plantilla de profesores y su laxa política de admisión, hacen a la ciudad muy atractiva para estudiantes de todo el mundo que buscan un título con historia. Existe otro tipo de estudiante que visita Salamanca por periodos más cortos y que viene para estudiar español, por lo general son muy jóvenes y su círculo de interacción es el centro y sus inmediaciones. Con ellos he tenido poco contacto. Curiosamente ni la universidad ni la ciudad son un reflejo de la cantidad de extranjeros que deambulan por sus calles. Por un lado la institución carece de personas que expliquen y ayuden a los extranjeros a facilitar sus trámites escolares y no existen herramientas informáticas para facilitar el pago o gestión desde otros países. Tener un problema es igual a vagar entre funcionarios mal encarados dispuestos a regalarte más dudas que certezas. La ciudad no es mejor en este aspecto, casi no existen opciones económicas y prácticas para comer, los comercios abren muy pocas horas al día y es raro el dependiente capaz de comunicarse en otro idioma que no sea el castellano. Llama la atención al suceder en una ciudad que se cree posee una vocación universalista, pero cuando uno vive aquí se da cuenta del conservadurismo cultural e ideológico, presente en estas calles como en ningún otra ciudad de España. Incluso el conflicto de los idiomas lo sufrimos los que hablamos un español diferente, pues la gente aquí siente una peculiar sordera ante palabras que no sean las suyas, situación detonante de muchos enfrentamientos verbales, pues mientras en hispanoamérica los prolegómenos son un símbolo de buena educación, aquí son tomados como si se vertiera ácido en sus ojos. La convivencia entre diferentes nacionalidades ha sido lo que más satisfacciones me ha otorgado, me ha servido para conocer y comprender las similitudes intuidas pero sobre todo las diferencias evidentes entre los diversos países de Latinoamérica (incluyo a Brasil). En esta ciudad he reafirmado la parte de mi forjada por México y he conocido aquella que pertenece a la cultura occidental, lo cual me ha reventado ideas mal infladas para hinchar con más soltura el pensamiento que me rige. También he tenido un reencuentro con Asia, más concretamente con Tailandia, país que quiero y tanto me recuerda a México en sus calles, mercados, pero sobre todo en las voces y trayectorias descritas por su gente al desplazarse. Muchos tailandeses vienen a estudiar a Salamanca y he tenido la oportunidad de formar amistad con más de uno y confirmar así que las pequeñas cosas que compartimos ambas culturas son más significativas que algunas coincidencias idiomáticas o religiosas. No puedo hablar de la universidad sin tomar en cuenta los lazos afectivos atados en sus aulas y pasillos. Mi experiencia me ha mostrado la importancia de la gente para adquirir una formación y una personalidad, y la misma experiencia me ha confirmado que el modelo universitario actual pugna por un individualismo anacorético y deja de lado las reuniones de pescadores, en esas que se tejen redes que luego se tiran al mar para compartir la pesca del día, del libro, del poema. Esta es mi Salamanca universitaria, la Salamanca en la que me muevo y la que me hace respirar, no conozco esa ciudad de los domingos de futbol, los paseos con los abuelos en la plaza mayor, ni he sido parte de la silenciosa veneración que existe hacia el pasado autoritario de este país. Yo no soy charro salmantino ni castellano leonés, yo habito en la ciudad de los márgenes, en esa que incluye amigos de Colombia y Brasil, la ciudad que me recuerda cada vez que quiero comprar el pan que no soy de aquí.
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