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Hawai, EEUU -Personal
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Escrito por María Gutiérrez
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Domingo, 13 de Marzo de 2011 21:28 |
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Cuando suenan las sirenas es imposible abatir el miedo ante la posibilidad de saberse arrasado por la fuerza de las olas. El sonido de alerta que emiten las bocinas se prolonga varios minutos, viaja por toda la isla, se asegura de martillar en todos los oídos, a fin de recordarnos nuestra vulnerabilidad ante el caprichoso comportamiento de la naturaleza.
Los niños son siempre los más alarmados y no en pocas ocasiones mi hijo, Gael, de 9 años, me cuestiona si es que moriremos como tantos niños perecieron en 2004, en las costas de Indonesia. Yo lo tranquilizo asegurando que vivir en un quinto piso es garantía de que las olas no llegarán hasta la sala, mucho menos a su cuarto. Aún así se asegura de guardar sus juguetes.
Son las 9:30 de la noche del viernes 11 de marzo. Mientras seguimos atentos los noticiarios que transmiten las imágenes del reciente terremoto-tsunami ocurrido en Japón, mi hija Arantxa, de 13 años, comienza a llenar sus cantimploras de agua potable. Me recuerda que el primer golpe de ola se espera a las 3 de la mañana, aproximadamente. Aunque sabemos que la primera ola no es necesariamente la más devastadora.
Los tsunamis que se han generado en la última década, han quedado archivados en la memoria colectiva de millones de habitantes de este planeta. Mis hijos no son la excepción. Vivir en la isla de Oahu, perteneciente al archipiélago hawaiano, los ha concienciado sobre la importancia de tomar precauciones. Almacenar agua es una de tantas.
Mi hijo abre el refrigerador para constatar que hay alimentos suficientes motivado por las imágenes que se transmiten en el televisor y que muestran cómo la gente ha comenzado a abarrotar los supermercados, para abastecerse de alimentos.
Le siguen imágenes de filas aletargadas de automóviles en espera de llenar sus tanques de gasolina, que debido al conflicto en el Medio-Este, se aproxima a rebasar los 4 dólares por galón. Los reporteros también muestran familias que, almohada en mano, han decidido evacuar sus hogares.
Mientras repiten hasta el cansancio la toma panorámica que capta el momento en que la fuerza de la pared de agua arrastra casas y coches a su paso por las calles de Japón, mi hijo recuerda que su papá va rumbo a Pago Pago, capital de Samoa Americana, una pequeña isla que forma parte de la cadena de islas conocidas como Samoa, ubicada a 4 mil 123 kilómetros al suroeste de Hawai.
Las islas se dividen entre la Samoa Americana y la Samoa Independiente. La primera es el único territorio no incorporado de los Estados Unidos, ubicado al suroeste del Pacífico. En septiembre de 2009, Samoa Americana sufrió la perdida de vidas humanas a consecuencia de un tsunami.
De las islas de la polinesia que se hermanan con Hawai, Samoa Americana es quizá la más querida por los hawaianos. La inmigración hacia Hawai es aún constante y su presencia se nota en las calles al ser una raza de hombres y mujeres muy altos, morenos, fuertes y algunos bien parecidos. Por tal motivo, cuando sucedió el tsunami en aquella zona, Hawai dedicó especial atención a sus hermanos samoanos.
Hace un año, en alguna reunión, nuestros amigos samoanos que vivieron, o sobrevivieron el tsunami en Samoa, nos detallaron cómo gracias a que decidieron correr muy a tiempo rumbo a la cima de una montaña cercana, lograron salvarse de morir arrastrados por el mar. Muchos de sus amigos no corrieron la misma suerte.
Mis hijos se sienten abatidos por tanta información lamentable que trae consigo un tsunami. Estoy segura que los noticiarios generan psicosis innecesarias. Después de escuchar la entrevista en la que los reporteros acosan al director del Centro Nacional de Alerta de Tsunamis (ubicado precisamente en Hawai), para demandarle que por arte de magia determine los alcances del tsunami, decido apagar la televisión para irnos a dormir.
 Mientras, las sirenas siguen sonando, y una vez en la cama le sugiero a mi hijo que duerma tranquilo porque no corremos peligro alguno. Su papá tampoco; los tsunamis, por muy poderosos que sean, no pueden alcanzar la altura de una avión. Mañana será un día de contestar llamadas telefónicas, e-mails y asegurar en Facebook que todos estamos bien.
Cuando mis hijos por fin duermen, corro a asomarme a la terraza para constatar que el mar aún sigue donde debe estar.
Sin graves consecuencias
Al día siguiente, sábado, me entero de algunos destrozos que provocaron grandes olas como consecuencia del tsunami que azotó Japón. Se vieron afectados pequeños malecones, subió un poco la marea en Maui, algunos botes se voltearon, otros se golpearon contra otros estacionados en la marina. Honolul'u no tuvo problema alguno que amerite reportarse.
Kaua'i fue la isla que, digamos, fue más golpeada. Subió la marea, se metió en algunas casas, pero comparada con Japón, francamente en estas islas no se registró nada grave. Las pérdidas materiales son de menos de 2 millones de dólares, según noticieros, pero hay que tomaren cuenta que un departamento en estos sitos, de dos recámaras, se cotiza en 600 mil dólares.
Alguna noticia que publicó CNN dice que la marea subió 1.80 metros. Hay que recordarle a CNN que en Hawaii las olas pueden alcanzar hasta 10 metros de alto, por eso es el mejor lugar del mundo, o uno de los mejores para surfear.
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Hawai, EEUU - Sociedad
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Escrito por María Gutiérrez
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Miércoles, 03 de Noviembre de 2010 20:57 |
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Ya entrada la noche del 31 de octu bre, Kalakahua y Kuhio ceden sus prolongadas y turísticas calles a los seres del más allá: miles de brujas, vampiros y hombres lobos, zombies, esqueletos y hasta héroes de cómics transforman el panorama habitual y se encuentran en Waikiki para celebrar, como anualmente conjuran, la noche de Halloween.
Para deleite de los visitantes, Hawai organiza a lo largo de todo el año diversos desfiles y festejos culturales, pero es el de Halloween (seguido por el del Año Nuevo), el que atrae más participantes locales, de ahí que circular en auto, pasadas las 7 de la noche es, en definitiva, imposible. Es entonces un recorrido que debe hacerse disfrazado, a pie, y que puede tomar alrededor de tres horas.
Algunos acuden en familia, pero las cálidas temperaturas de octubre y la complicidad de la noche motivan a las participantes a lucir disfraces diminutos; pequeñas prendas por donde se asoman senos bien erguidos (muchos aumentados), cinturas diminutas y piernas bien ejercitadas. Los caballeros, desinhibidos, especialmente los militares, también presumen al estilo Gulp sus marcados y musculosos cuerpos. Y bueno, uno que otro, también luce sus permanentes y acrecentados senos…
Asistir desnudo no está permitido, pero nunca faltan los exhibicionistas, casi siempre caballeros que portan disfraces mostrando justamente lo inmostrable, siempre en proporciones agigantadas. Curiosamente son los disfraces más celebrados. Luego entonces, llevar a los niños no es recomendable.
Para los vouyeristas, basta instalarse con la silla de playa, en alguna de las calles de las dos avenidas para deleitar la pupila. Enfermeras, mujeres policías, conejitas Playboy, ángeles, diablitas y mucamas son de los disfraces más lúcidos por las jóvenes, y las no tanto. En cuanto a los caballeros, abunda la variedad.
 Es también época que permite a los artistas plásticos de la isla mostrar el talento: maquillajes y vestuarios especiales que recrean personajes cinematográficos, o bien, mostrando al espectador sus propias creaciones que son reconocidas por los transeúntes al solicitarles a los creadores posar para la cámara fotográfica.
Quienes prefieren celebrar en un entorno meramente familiar, los centros comerciales inician desde las 2 de la tarde, y hasta las 6 de la tarde, el trick or treating, es decir, el obsequio de dulces a los nenes que acuden disfrazados y, algunos más, anuncian concursos para premiar las propuestas originales.
Este año, debido a que el Día de Halloween se llevó a cabo en domingo, las escuelas realizaron la celebración el viernes previo que consiste, a grandes rasgos, en desfiles de disfraces e intercambio de bolsitas llenas de dulces entre los niños. Por la noche, algunas escuelas montan “casas de sustos” o invitan a elaborar figuras con las calabaza de la estación.
El desfile de disfraces en Waikiki es a todas luces lo más divertido del año. Se prolonga hasta altas horas de la noche y a pesar de los amenazantes seres de ultratumba que rondan la noche, el reporte policiaco siempre arroja saldo blanco.
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Hawai, EEUU - Sociedad
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Escrito por María Gutiérrez
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Jueves, 09 de Septiembre de 2010 13:40 |
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Cuentan los sabios, o kupuna, en lengua hawaiana, que la madre naturaleza, en su proceso de creación, dio vida a Wai’anae y Ko’olau, dos islas habitadas cada uno por un hermano y una hermana. Las islas estaban cerca una de la otra, pero no lo suficiente como para que los hermanos se tocaran. Como deseaban estar juntos, los hermanos estiraron sus brazos hasta conseguir entrelazar las manos y hacer de las islas una sola. Así, de la unión de dos volcanes, se forma la isla de O’ahu, una de las 8 islas que conforma el archipiélago hawaiano.
 O’ahu como las siete islas restantes, Maui, Lāna’i, Kaua’i, Moloka’i, Koho’olawe, Ni’ihau y la Isla Grande son volcánicas de origen y su formación aún continúa. Al Kilauea, localizado en la Isla Grande (la única que en realidad se llama Hawai), acuden cada año miles de visitantes para observar su actividad volcánica; ríos y ríos de lava que lenta y continuamente entran en contacto con el mar creando nuevas extensiones de tierra.
A pesar de su proximidad, las islas difieren entre si tanto en clima como en geografía. En tiempo de invierno, Hawai recibe nieve en las cimas de sus montañas, mientras que en Kaua’i se encuentra el lugar más húmedo del planeta y O’ahu compite por la bahía más hermosa del estado: Haunama Bay, santuario de miles de peces humu humu nuku nuku apu a’a reconocido como el pez estatal, y de honu la tortuga verde que se le ve por decenas nadando en la bahía.
La ubicación de las islas, entre el continente asiático y el americano, ha favorecido, desde 200 años atrás, movimientos migratorios de ambos lados. Y aunque en espera del censo, se proyecta que Hawai registre una población cercana a un millón 400 mil habitantes. Pero es en O’ahu, en su metropolitana capital Honolulú y en sus suburbios, donde se concentra el 75 por ciento de la población.
Oficialmente se reconocen dos lenguas, la heredada de los colonizadores norteamericanos, el inglés, y la de los colonizados, el hawaiano; ésta última en peligro de extinción, de no ser por el movimiento reivindicativo surgido en los 70 que puso en marcha el rescate de algunas expresiones culturales. Aun así, por ser una minoría en su tierra, pocos hawaianos hablan su lengua.
La ola migratoria también trajo consigo idiomas como el portugués, cantonés, japonés, ilokano, cebuano, mandarín, tagalo, vietnamita, lao, coreano, samoano y español. En los barrios filipinos y hawaianos todavía se escucha el pidgin, un dialecto surgido de la mezcla de chino, japonés y portugués y utilizado por los trabajadores en los plantíos azucareros. Para los oídos de los blancos, sin embargo, hablarlo es de mal gusto porque es asociado con gente de “bajo nivel educativo”.
Waikiki
En O’ahu se encuentra el corazón financiero del Estado, el cual vive dependiente de la industria del turismo y los servicios. Waikiki, zona hotelera por excelencia, lo mismo presume al visitante los últimos diseños Ferragamo, los bolsos Coach, o los juveniles DNKY que regatea en tianguis callejeros muy al estilo del Distrito Federal. Ambos mercados destinados a los 6 millones de consumidores japoneses que, se estima, arriban a Hawai cada año. Y a pesar de que la lengua dominante es el inglés, en Waikiki, el japonés es el idioma del dinero.
En O’ahu también se localizan vestigios y símbolos arquitectónicos de su trágica historia; como el Palacio de la derrocada reina Liliuokalani, de quien se afirma, muriera de tristeza luego de que los norteamericanos le arrebataran el reino en 1893, para anexarlo como territorio primero, y después en 1959 como el estado número 50 de la Unión Americana.
En Pearl Harbor se puede visitar el monumento que descansa sobre el agua, resguardando al Arizona; el acorazado que yace bajo el mar, con sus cientos de tripulantes sorprendidos por el bombardeo japonés durante la Segunda Guerra Mundial y que a pesar de tantos años no deja de expulsar de sus motores, lágrimas de aceite.
Hawai no es para los hawaianos
La explotación de la cultura kitsch encuentra su mejor expresión en O’ahu: la falda de rafia, los souvenirs de a dólar, los cocos como sostén, la camisa floreada, el ukelele de fondo musical y la glorificación de un pasado histórico color rosa que se narra en los libros infantiles; las bailarinas delgadas y coquetas en espera de los cruceros que, dicho sea de paso, no tienen nada que ver con la fisonomía de la mujer hawaiana, que más bien es regordeta.
Pero el Hawai del aromático le’i, o collar de flores, el del surf, el del mar azul intenso y montañas esmeralda, no es para los hawaianos, por lo menos no para los que ocupan los estratos más bajos de la pirámide económica, los que viven en la empobrecida Waialae, apartados de las lujosas mansiones de Hawai Kai y los penthouses de Ala Moana; cuando no habitando en los campamentos de los cientos de homeless, o los desprovistos de casa, que hay por todo Hawai, pero especialmente en O’ahu.
Ni Maui, ni Kaua’i, ni O’ahu son de los nativos que ven al sector turístico -al que sirven- como una amenaza imparable a sus valores culturales sustentados en el respeto al medio ambiente y al ser humano. Valores que honran a la naturaleza con sus espirituales cánticos llenos de poesía y su hula milenario, o kahiko. Hawai tampoco es de los hawaianos que, desposeídos de sus tierras y su pasado, consumen cantidades alarmantes de metanfetamina. Así pues, la historia de los indígenas hawaianos es igual a la de cualquier indígena en el mundo.
Hawai es, dolorosamente, de los miles de turistas que llegamos para quedarnos y que por mucho que intentamos, lejos estamos de entender el significado del espíritu Aloha.
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