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Los jóvenes convocaron y los ciudadanos en general respondieron de manera multitudinaria al llamado. Salieron a la calle no sólo de ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, sino de un total de 60 en toda España, mostrando su indignación por la severa crisis que vive este país y porque el Gobierno nomás no logra rescatarlo.
Desde las primeras horas del pasado 19 de junio, que fueron empezando las marchas, los medios de comunicación, sobre todo online y electrónicos –como es su costumbre- se empeñaron en poner cifras a los asistentes a la manifestación nacional que convocó el movimiento que a nivel internacional se conoce como 15M, Spanish Revolution, o bien, Democracia Real Ya.
Los medios reportaron que fueron en total 200 mil personas indignadas quienes a nivel nacional salieron a las calles para manifestarse contra varios temas. Las que hayan sido, finalmente fue el pueblo el que por fin salió a protestar, indignado por muchos padecimientos.
Por la falta de trabajo (más del 20 por ciento de la población activa en paro); por el Pacto del Euro acordado hace días entre países europeos y que consiste en que los distintos estados que conforman el euro, asuman una serie de compromisos comunes; por los recortes sociales que ha hecho el Gobierno de Rodríguez Zapatero y hasta por la corrupción política, que aunque parece que no, aquí también se da, aunque más penalizada si se compara con la que predomina en países de América Latina.
 Portando pancartas, bailando, cantando, tocando música, gritando consignas, los asistentes, que no sólo fueron españoles sino también inmigrantes, hicieron de estas marchas una fiesta de protesta, de exigencia, pero sobre todo de solidaridad, pues todos de alguna forma han sido afectados por la crisis económica.
En Valencia, como en otras ciudades, la marcha se realizó de una manera muy organizada, participativa y sobre todo sin incidente alguno. Fue una gran cantidad de personas la que formó una columna humana que se extendió por varias calles.
Los valencianos como el resto de ciudadanos de otras marchas, mostraron civismo en todo momento. Se limitaron a portar sus pancartas con mensajes originales y hasta creativos como: “Nos han dejado en pañales”, “Rita (la alcaldesa de Valencia), a la verge la tens indignadísima”(Rita, a la virgen la tienes indignadísima), “Poco pan para tanto chorizo”, “Hey, hey, que trabaja el rey”, “No me puedo apretar el cinturón y bajarme los pantalones a la vez”, “Entre rosas y gaviotas nos toman por idiotas” y “Si no me dejas soñar, no te dejaré dormir”, por citar algunas.
Contra todo pronóstico expresado por analistas que dudaron de la fortaleza y sobre todo de la permanencia de este movimiento, el 15M demostró que juventud no significa falta de responsabilidad o constancia y que la misma incertidumbre que tienen los mayores sobre el futuro, la comparten los jóvenes, aunque en mayor grado, porque para ellos ahora mismo no se visualizan oportunidades profesionales.
España no levanta cabeza
Cuando alguien desde México charla conmigo sobre este movimiento juvenil y dudoso me preguntan si en verdad España está muy mal, no dudo en responder que sí, que la indignación está presente en todo ciudadano, sea nativo o extranjero. También les comento que este país ya no es tierra de oportunidades como lo fue durante años para muchos inmigrantes.
No sólo es indignante lo que está sucediendo aquí, es triste, penoso y preocupante ir descubriendo situaciones que alarman: los cientos de oficinas del paro laboral, distribuidas en todo el país, a diario están abarrotadas de personas que acuden a ver si hay ofertas laborales, a anotarse al paro porque acaban de perder el empleo, o a solicitar cursos gratuitos de lo que sea, con tal de ampliar el currículum y tener más alternativas.
Muchos locales de centros comerciales han ido cerrando o están a punto de hacerlo. Basta ver letreros como “Se alquila”, “Se traspasa” o “Liquidación por cierre o traspaso” para darse cuenta que detrás de esos mensajes está la falta de dinero. En otros, como Bonaire, un centro grande que está en Valencia, algunas tiendas se han reacomodando de locales grandes a pequeños para reducir costos de alquiler. Alguna que otra pequeña cadena de cines instaladas en zonas comerciales, también ha cerrado.
Hay familias en las que todos sus miembros están en paro, viviendo de la ayuda social que también tiene su plazo límite. A mitad del curso, muchos padres de familia han tenido que cambiar a sus hijos de colegios de paga a escuelas públicas. Los comedores sociales y gratuitos, creados hace tiempo para dar comida a indigentes e inmigrantes, han aumentado su servicio, porque también acuden españoles que no tienen trabajo.
Si hasta hace uno o dos años se decía que los inmigrantes trabajaban en lo que los españoles no querían (el campo, limpiar casas, cuidar niños y ancianos), hoy en día se ven pegados en los postes de las calles papeles con textos como éste: “Chica española se ofrece para limpiar casa”. Siendo que antes era más frecuente leer “Chica rumana se....”, o de otra nacionalidad.
El endeudamiento con los bancos por las hipotecas de casas o pisos es el mayor dolor de cabeza de los españoles, porque con el boom que España vivió en la construcción en los últimos años, la banca dio crédito a todo mundo. Ahora, a la falta de trabajo se suma el retraso en el pago de la hipoteca que muchas veces supone la pérdida del piso, quedando sus inquilinos en la calle.
La burbuja inmobiliaria creció de manera desproporcionada, de tal modo que por dondequiera se veían construcciones. Al venirse la crisis, este sector que tiraba con fuerza la economía española, fue el primero en tronar. Ahora camina uno por las calles de pueblos y ciudades y es penoso ver cuántos edificios se han quedado a medio construir.
Inmigrantes latinos como de países del Este que vinieron a España precisamente para trabajar en la construcción -porque ésta era bien pagada- se han vuelto a sus sitios de origen porque aquí ya no hay trabajo.
Empresas e industrias, pequeñas, medianas y grandes, siguen despidiendo empleados; otras han reajustado personal, incluso llegando a negociar una o dos reducciones de sueldo en diferentes periodos, situación que los trabajadores han aceptado con tal de no perder el empleo.
Una situación a la que las empresas con problemas económicos recurren es al Expediente de Regulación de Empleo (ERE), el cual se solicita cuando estas requieren ajustar sus plantillas.
Dicho expediente puede ser de tiempo parcial, de despido o de cancelación de contrato y es solicitado a la Administración Pública para que lo autorice. Si esto se da, la empresa pacta con los sindicatos alternativas de despido, ya sea liquidando bajo acuerdo con el trabajador, o modificando el contrato de fijo a discontinuo, es decir que cuando hay trabajo, el empleado trabaja y cuando no, se va al paro.
Diariamente los medios de comunicación reflejan casos que resultan insólitos a la vez que desoladores. Como ejemplo cito lo que leí en meses pasados en el diario El Levante: “86 aspirantes a 2 plazas de enterrador en Burriana”.
Por increíble que parezca, situaciones así se viven hoy en día en la Madre Patria. Por eso es que mucha gente está indignada y por eso este país no levanta cabeza, como dijo en la radio un analista económico. Lo peor de esto es que la recuperación económica del país parece estar muy lejos.
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