|
La mañana de este viernes pasado, nuestro México amaneció con una gama de emociones y sentimientos muy revueltos... por un lado, la alegría y la expectación por ver el partido inaugural entre México y Sudáfrica del Mundial de Futbol; por otro, la triste y vergonzosa noticia de que un día antes, el jueves, fueron asesinados un total de 39 personas, en Chihuahua y Ciudad Madero, Tamaulipas, sin imaginar que en el transcurso de las siguientes horas se realizarían más ejecuciones, sumando 58 en dos días.
A la distancia, quienes vivimos fuera de México no somos la excepción en experimentar lo mismo que nuestros paisanos que radican allá: pena, coraje, impotencia, rabia y demás sentimientos por lo que sucede... pero la fiesta del futbol tenía que empezar y como entretenimiento que es, por unas horas los seguidores de este deporte, estén donde estén, olvidaron crímenes, crisis económica y problemas personales.
Es así como los mexicanos asentados en la provincia de Valencia, nos reunimos en el local de una peña sevillista para ver el arranque de la magna fiesta de futbol, llenos de emoción y sentimiento, pero sobre todo con la esperanza de obtener un buen resultado, que finalmente no fue más allá de un empate.
Conocedores de lo que había sucedido horas antes en México, unos cuantos comentaron los hechos pero de esa forma en la que muchos mexicanos ya lo hacen, y que sorprende al extranjero: acostumbrados al dolor, a la violencia, a la inseguridad y sobre todo resignados ante lo que por ahora parece no tener fin: la guerra contra el narcotráfico.
Así que con dolor y pena, como igual habrá sucedido en muchas partes de México, la fiesta futbolera estaba por empezar y había que vivirla, aunque fuera por televisión. Finalmente era México el que abría cancha y había que echarle porras a nuestra Selección Mexicana.
Esta vez la peña sevillista se convirtió por unas horas en “terruño mexicano”, gracias a un paisano, Alain García, un chico mexicano entusiasta, dinámico y trabajador, quien presentó su propuesta a la Asociación Cuauhtémoc para organizar este evento, y quien como otros mexicanos, cree y trabaja a favor de proyectos como las asociaciones de colectivos.
Fuimos alrededor de 90 personas las que nos reunimos, entre chicos y grandes, en parejas de matrimonios, novios, estudiantes y uno que otro amigo español, quienes apretaditos y con algo de calorcito, disfrutamos el partido; unos parados, otros sentados o recargados en las paredes. Lo importante era estar ahí y ver el juego en una pantalla grande.
Unos paisanos llegaron al local con la tradicional camiseta verde, otros portando banderas o símbolos de la insignia pintada en la mejilla y hasta hubo una chica que cargó con el enorme sombrero de copa alta que siempre distingue a los mexicanos en encuentros deportivos como el futbol. La respuesta fue tan favorable que hasta el cónsul de México en Valencia, Vicente Sos, acudió a ver el partido con un amigo.
Se cobró una cuota mínima de entrada y además se vendieron antojitos mexicanos en el lugar, pues había que cubrir gastos de alquiler y otros más. La respuesta de la gente fue buena, sobre todo cuando supieron que vendíamos cerveza Sol, que pronto “voló” y hasta se tuvo que ir a comprar más.
Además de la alegría percibida entre los que iban llegando, unos por reencontrarse con paisanos y otros porque siendo nuevos se acercaban por primera vez a la comunidad, me llamó la atención la disponibilidad de todos cuando a escasos minutos de empezar la transmisión inaugural de la fiesta, el mismo Alain pidió a la gente silencio y respeto en el momento que por televisión se entonara el Himno Nacional.
Los asistentes –incluso españoles invitados- no sólo obedecieron, sino que se pusieron de pie apenas escucharon las primeras notas, entonaron la letra y hubo quien incluso colocó su brazo con el saludo patrio.
Ese momento reflejó no sólo emoción, sino nostalgia y dolor callado por nuestro México. En lo personal, me di cuenta que hacia mucho tiempo que no escuchaba el Himno Nacional y aunque no lo entoné, me gustó observar las reacciones de mis paisanos.
Las porras y los gritos de “!México, México!”, no se hicieron esperar cuando empezó el partido. Tampoco faltaron por ahí las malas palabras, las expresiones o los chascarrillos mexicanos, cuando Sudáfrica metió el primer gol, o cuando algún jugador del tricolor fallaba un tiro.
En la barra vendimos sincronizadas, nachos con frijolitos y pico de gallo, refrescos, cerveza mexicana y de marca nacional, para “nuestros españoles”, así como bolsas de papitas. También rifamos un balón que se ganó Zoe, una bebé de 6 meses nacida en Valencia, hija de madre mexicana y padre griego.
El dueño del local, que estuvo presente en todo momento, disfrutó siempre sonriente el ambiente de los mexicanos, incluso consumió de nuestros antojitos. Fue él, quien por iniciativa propia, llamó a un canal de televisión local, Popular TV, para que acudiera a grabar a esta "peña mexicana"
Así que en el intermedio del partido, la reportera y el camarógrafo se organizaron con el presidente de la asociación, Arturo Arroyo, un chico del estado mexicanos de Hidalgo, quien al frente de todos y parado en una silla, sacó su alegría mexicana para hacernos gritar la tradicional porra, hacer la ola mexicana y hasta actuar los gritos espontáneos ante un gol, dos goles y ¡tres goles!...
Fueron momentos muy divertidos para todos, que la misma noche del viernes vimos en la transmisión de un programa deportivo de ese canal y cuyos conductores hicieron alusión al buen ambiente mexicano que quedó inmortalizado en lo que grabaron. Incluso, sorpresivamente hicieron referencia a la cerveza Sol y enseguida mostraron el spot de ésta relacionado con el Mundial, como si fuera uno más de la publicidad española. Seguramente fue pagado por la empresa cervecera, pero no dejó de sorprender su inserción, por ser poco común eso.
El anuncio, que no lo había visto antes, como quizá tampoco lo habrán visto mexicanos fuera del país, me encantó no sólo por su contenido, sino por su emotivo final.
Sin ser aficionada al futbol y menos conocedora del juego, porque soy de las que aún viéndolo en vivo o en transmisión directa siempre se le pasan los goles por estar viendo a otros lados, reconozco que disfruté el arranque de este Mundial y lo rematé con un sentimiento muy especial, quizá con una tontería: un simple anuncio cuyo mensaje final “Que este mes el único amor de tu vida sea México”, me llegó al corazón.
Ojalá y aquellos que vean este anuncio, sientan que por muy mal que esté nuestro México hoy en día, siempre debemos albergar la esperanza de que esto terminará, precisamente por ese amor que le tenemos a nuestra propia tierra.
Al final del partido, aún con el empate en el marcador final, todos nos fuimos contentos, no sólo por la jornada deportiva, sino por la unión y la buena vibra que se sintió en esos momentos, pero sobre todo porque las baterías personales de cada uno se cargan con la energía de nuestra propia gente cuando se viven encuentros así.
|
|
Siempre me ha parecido que el día que el Rey Juan Carlos de Borbón muera, los españoles le van a llorar, aún cuando entre estos haya muchos que no lo quieren, que repudian la monarquía y que estén inconformes porque el sostenimiento de la familia real corre por cuenta de las arcas del gobierno y, por ende, del mismo pueblo.
Aún así, segura estoy que cuando este personaje fallezca, una gran parte de España le llorará y el mundo le reconocerá como un gran Rey que gozó de buena popularidad, tanto aquí como en el extranjero, por su carácter mediático y por destacar como un buen representante de este país ante otras naciones. Aún cuando muchos digan lo contrario.
Sin embargo, como suele suceder con muchos personajes públicos, los medios masivos, concretamente la famosa prensa del corazón de este país, que tiende a ser muy amarillista y destructiva, sacará a la luz pública los trapitos al sol, los capítulos secretos del rey y su vida, que hoy por hoy no pueden ventilarse tan abiertamente.
Aunque la familia real también es apreciada, es don Juan Carlos, quien por su carisma y popularidad, causa más expectación. Prueba de ello es el revuelo que se dio en los medios de comunicación españoles, la reciente operación quirúrgica a la que fue sometido el monarca, el pasado 8 de mayo, luego de que a finales de abril se le detectó un nódulo pulmonar que resultó benigno.

Sorpresiva fue la noticia de su operación, porque aún cuando ésta fue programada, se manejó con mucha discreción, sabiendo del tema la familia real y pocas personas públicas, como el Presidente José Luis Zapatero y el líder de la oposición, Mariano Rajoy.
Más comentarios –buenos y malos- despertó el hecho de que el Rey haya sido intervenido en un hospital de la Seguridad Pública de Barcelona por decisión del equipo médico que le detectó el nódulo pulmonar, y porque sabido es que aquí la sanidad pública está mejor equipada que la privada. Aún así, medios digitales aseguran que esto es pura careta ante la misma sociedad, porque en el fondo el monarca fue intervenido por una clínica privada que opera dentro del centro.
Las críticas y especulaciones están sobre la mesa, porque la salud del Rey es cuestión de Estado y a todos importa opinar, criticar, lamentar, protestar, reflexionar y, sobre todo, especular. ¡Hasta a mi que siendo extranjera, el tema del Rey me llama la atención para escribir sobre él! Más porque al haber trabajado en un medio de comunicación, uno sabe lo que cuece en las redacciones cuando los directivos toman sus precauciones y empiezan a decir: “ojo con este personaje, hay que ir pensando en suplementos... por si acaso”.
Lo cierto es que una operación de este tipo en que de haber sido maligno el tumor, y por ende confirmarse un cáncer de pulmón, ha puesto en alerta a muchos grupos políticos, medios de comunicación, antimonarquistas -que paran antenas para emitir señales a favor de que termine la monarquía- y sobre todo a esa sociedad española que valora y reconoce la trayectoria de este monarca.
Pero el Rey está bien de salud y a tres días de su operación fue dado de alta, lo cual habla de su pronta recuperación. Al menos eso dijeron los médicos que lo atendieron, lo reflejaron los medios masivos y lo demostró el mismo monarca con el buen semblante que se le vio al salir del hospital. Pero cierto es que a sus 72 años de edad, su estructura corporal es otra, a pesar de que se ha distinguido por ser un hombre deportista y de complexión fuerte. Los achaques de la edad son inevitables y su asidua costumbre a fumar puro, le ha empezado a cobrar factura.
Hay periodistas, sobre todo los especializados en la Casa Real, que en tertulias de radio o televisión han cuestionado la necesidad de que el Rey dimita ya en favor de su hijo el príncipe Felipe, debido a su salud, que aunque no es precaria, sí registra ya algunas intervenciones quirúrgicas, un poco de sordera, problemas en sus rodillas y una que otra dormitada inevitable en eventos públicos. Pero también hay quienes afirman lo contrario, que el hombre todavía está fuerte y que no es momento de ceder la corona.
Lo cierto es que el monarca sigue en pie a pesar de las críticas destructivas. A muchos ciudadanos les gusta su forma de ser, “bonachona” y popular, pero también seria y respetuosa cuando las circunstancias lo han ameritado. En ocasiones ha expresado en público sus gustos personales, como las canciones rancheras y su gran afición por los deportes acuáticos e invernales, los cuales sigue practicando en familia.
Si algo cautiva de su carácter, es el buen sentido del humor que siempre transmite. Sabe reírse de sí mismo. Al menos así lo ha dejado ver en público en situaciones bochornosas, como las veces que se ha tropezado en eventos públicos antes de dar un discurso, o la ocasión en que en un acto dormitó un poco y su esposa sutilmente lo despertó, mostrándose sonrojado pero sonriente a la vez.
Como representante de España en cumbres iberoamericanas, en las que durante años ha sido el jefe de estado más grande de edad, ha dejado presencia como figura mediática, basta recordar la nota y la foto que dio la vuelta al mundo cuando con carácter y aplomo calló en público al presidente venezolano Hugo Chávez, quien criticaba de forma irónica al ex presidente español, José María Aznar.
La mayoría de los medios de comunicación españoles le tienen ese respeto mezclado con “afecto” que a veces despiertan los personajes públicos que no pierden el temple y responden de manera cordial y educada a todo, aún cuando a veces sean atacados. Yo diría que en general lo tratan bien a él y a su familia, a excepción de la nuera, la princesa Letizia Ortiz, quien desde que se casó con el príncipe Felipe siempre ha sido vista por los periodistas con lupa, por ser plebeya y divorciada.
Su papel en la transición española
En fin que no hace falta que a este monarca se le detecte una enfermedad grave para adelantar conjeturas, porque es un personaje querido y respetado por varias razones, entre ellas por el papel que desempeñó durante la transición española cuando se termina la dictadura de Francisco Franco y empieza el Estado de democracia y derecho en este país, en 1975.
Aun cuando el mismo dictador lo designó su sucesor, don Juan Carlos hizo reformas políticas en beneficio del país, al ser proclamado Rey de España, lo que le ganó la simpatía de la ciudadanía.

Curiosamente Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, su verdadero y largo nombre, no nació en España, sino en Roma, Italia, en 1938, por circunstancias del exilio en el que vivían sus padres, quienes dejaron el país en 1931 cuando se proclamó la República.
Hasta que el entonces niño tuvo 10 años, pisó por primera vez la tierra de sus padres para realizar sus futuros estudios. Todo esto con el beneplácito de Franco que finalmente lo escogió como futuro Jefe del Estado en detrimento del padre de éste, don Juan de Borbón, a quien en realidad le correspondía ese derecho. Esto, según cuenta la historia, distanció la relación entre padre e hijo durante un tiempo, hasta que al final se dio una reconciliación.
Aún así, con los obscuros capítulos que siempre hay en la vida de los monarcas, Juan Carlos de Borbón, su esposa la Reina Sofía (por cierto griega de nacimiento) y sus hijos, el príncipe Felipe y las infantes Elena y Cristina, son consideradas una de las familias reales de Europa que goza de una buena imagen pública, porque han conducido sus vidas con discreción y sin tanto protagonismo y desorden como otras, es el caso de los Grimaldi, de Mónaco, cuyas hijas Estefanía y Carolina, siempre han dado la nota.
Aquí la familia real tiene un peso social, quizá más que político. El monarca reina pero no gobierna y en las elecciones es el único de la familia que no ejerce el voto ciudadano, con el fin de demostrar la neutralidad que le caracteriza.
Sin embargo sí tiene presencia de consulta o informativa por parte del presidente de gobierno y siempre que puede asiste a cumbres o encuentros con otros jefes de estado. Cuando coincide que tanto él como su hijo Felipe viajan algún a algún acto nacional o internacional, lo hacen en avisones separados, por si acaso se diera un accidente. La monarquía no puede quedarse sin rey.
Contra y viento y marea, el Rey Juan Carlos es un símbolo de unión nacional, un hombre que ha dado cierto sosiego y responsabilidad a la política española ante el mundo, y a los españols al menos una tranquilidad social. Hay quien piensa que su sucesión va a ser complicada y no porque su hijo no esté preparado para desempeñar el papel, sino porque algunos creen que no inspira todavía una gran confianza, más aún porque siguen sin ver con buenos ojos el papel que ha venido haciendo la princesa Letizia, a quien catalogan de “frívola”, o más bien no le perdonan que sea plebeya y divorciada.
Lo cierto es que todavía hay Rey para rato en este país. A ver qué dice el tiempo...
|
|
Haber vivido un acto de Semana Santa a las orillas del Mar Mediterráneo, justo ese que inspiró a Joan Manuel Serrat para escribirle y cantarle de una manera íntima y entrañable, fue vivir no sólo un acto religioso, sino un momento espiritual en recuerdo de pescadores y marineros que perdieron la vida en sus aguas.
Este año, lejos de asistir a los actos que marca la tradición religiosa, quise vivir la Semana Santa al estilo “marinero”. Y nunca mejor dicho, porque entre las festividades que le dan fama internacional a Valencia, figura la Semana Santa Marinera que hermandades, cofradías y corporaciones religiosas recrean a lo grande en el llamado Distrito Marítimo, integrado por barrios conocidos como Cañamelar, Grau y Cabañal, o bien en poblaciones marítimas aledañas a Valencia.
Esta celebración es atractiva porque ofrece un amplio programa de actividades que se realizan desde el Miércoles de Ceniza hasta la Semana de Pascua. Su origen data de varios siglos gracias a la fe católica que pescadores y marineros de Valencia manifestaban en Semana Santa.
En los días mayores me acerqué a la zona del puerto para presenciar varias procesiones, quizá más como espectadora que como católica, porque uno encuentra en ellas una manera diferente de celebrar la Semana Mayor.
Asistí a la del Domingo de Ramos, que además del cumplir con el culto católico, muestra el tipo de palmas benditas que se estilan en este país, en forma de bastón con figuras geométricas y que son elaboradas en Elche, una población valenciana que las distribuye en muchas ciudades y que además elabora siempre las que los Reyes de España llevan a bendecir el día señalado.
La procesión del Santo Entierro, celebrada la tarde del viernes 2 de abril, es la más larga de todas, la más representativa del trabajo de la colectividad católica del puerto, porque ese día los participantes visten los mejores trajes de personajes bíblicos confeccionados para la ocasión, portan en estructuras enormes imágenes y se hacen acompañar por bandas musicales que ejecutan temas que le da una solemnidad de duelo al evento en general. Esta procesión dura 5 horas, desde las 6:30 de la tarde, hasta pasada la medianoche en que el público espectador sigue presente.
La del Domingo de Resurrección es una celebración de fiesta, alegría, música y flores. Hay quien la cataloga como una procesión de “verdadera explosión de mediterraneidad, multicolor y de mucha luz”, porque la música es más alegre, los vestuarios son de colores claros y más “modernos”. Las mujeres participantes lucen en su esplendor, maquilladas y con peinados al estilo de la época romana, portando flores que avientan a sus conocidos, ante los expresiones del público que les grita “¡guapa, guapa!” con tal de obtener una.
Sin embargo la procesión que más me cautivó y que tenía ganas de vivirla por primera vez, fue la del Encuentro de los Cristos que se realiza a la orilla del mar y en la cual participan tres imágenes correspondientes al Santísimo Cristo del Salvador, el Santísimo Cristo de la Palma y el Santísimo Cristo del Salvador y del Amparo, perteneciente a distintas hermandades.
Este acto se realizó antes de celebrarse el tradicional Vía Crucis, a las 7:30 de la mañana del Viernes Santo en que integrantes de la hermandad del Cristo del Salvador salieron de su local con la imagen a cuestas por varias calles hasta ir al recinto del Cristo del Salvador y del Amparo, con el cual se tuvo el primer encuentro.
Aquí se vivió el primer momento especial de la mañana. Quienes portan las dos imágenes las acercaron en un gesto de saludo por parte de ambos, ante los aplausos de alegría de los devotos presentes.
Un sacerdote hizo una oración para luego retomar la procesión por otras calles e ir a encontrarse con otra imagen, la del Santísimo Cristo de la Palma, que por primera vez en los 25 años que tienen de celebrarse dicho acto entre los dos primeros Cristos, se suma a la celebración.
El instante en que los tres Cristos se saludaron emocionó tanto a algunas personas que no frenaron sus lágrimas y su típica expresión española de “¡guapo, guapos!” al verlos juntos. Este fue uno de esos momentos que pocas veces se viven en Semana Santa y que todo aquel lleva cámara quiere captarlo, aunque a los fotógrafos de prensa se les complica, porque la gente lo vive tan de cerca que no les deja tomar primeros planos.
Luego de otra oración la procesión continuó su camino. Y si desde que salió el primer Cristo de su recinto, ya se veía que los hombres devotos caminaban atrás de quienes lo portaban, muy pegaditos, casi hombro con hombro, intentando ofrecerse para cargar la imagen, cuando los tres Cristos se encontraron los apretones fueron mayores porque todos querían llevar alguna cruz.
En la esquina de una calle cercana a la Playa de la Malvarrosa, hacia donde finalmente iba la procesión, ésta se detuvo para que el anfitrión, el Cristo del Salvador, se despidiera de los otros dos Cristos de la misma forma que lo saludó, para luego continuar solo con sus cofrades. Las otras dos imágenes regresaron a sus respectivos recintos acompañados de su gente.

La llegada a la playa resultó un espectáculo único. Por un lado personas vistiendo túnicas moradas con capas negras y capirotes de los mismos colores, enfilándose hacía la orilla del mar, acompañados de bandas musicales que entonaban temas como “El cristo de los gitanos”, y una imagen del Cristo pasando rápido de un hombro a otro, rodeado de gente emocionada y concentrada en la celebración. Por otro lado, personas en traje de baño, tomando un sol que todavía no calentaba, sorprendidas o indiferentes ante la llegada de una multitud que participaba de un acto religioso.
Justo a la orilla del mar, a las 8:30 de la mañana en que soplaba un leve viento fresco y el agua estaba muy helada, el Cristo era motivo de un gran silencio y de una oración colectiva en recuerdo de quienes han perdido la vida en el mar. Esto dio paso a que una mujer vestida de María Magdalena se metiera al agua y aventara una corona de laurel, ante los disparos de cámaras que hicieron unos cuantos fotógrafos que tuvieron el arrojo de meterse para captar el momento de frente.
Al final de este acto pensé que ya había terminado todo, sin embargo al ver que el Cristo volvió a ser cargado por tres hombres y detrás de ellos se fueron amontando muchas mujeres, no creía lo que veía, hasta que una señora me explicó: “ahora es el turno de las mujeres que son las que lo van a cargar a su regreso. Yo el año pasado lo cargué y fue algo muy bonito”.
Es así como la procesión regresó al recinto de la hermandad con el Cristo cargado por mujeres, quienes con la ayuda de dos hombres que sostenían los costados de la cruz, se ponían una banda que engachaban a la imagen para subirla luego a su hombro, haciendo un gran esfuerzo por caminar con ella a cuestas. Estos fueron intérvalos muy vibrantes para muchas mujeres, las cuales a pesar de hacer su esfuerzo, poco tiempo aguantaban el gran peso de la cruz. Había quienes, al pasar la imagen a otra compañera, salían del grupo rápido, llorando de la emoción y abrazándose a algún familiar que de cerca les acompañaba.
Nunca me había tocado vivir un acto de Semana Santa así, menos a la orilla del mar y la verdad es que además de emotivo resultó espiritual por el entorno en el que se desarrolló. Una experiencia muy bonita, de esas que uno quisiera compartir con los seres queridos.
|
|