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Cuando llegas a la ciudad de los rascacielos te vuelves o “newyorker” o “alien”. Todo depende del sueño que traigas. Aquí no sólo te pierdes, también te equivocas en la traducción. Pero, eso sí, siempre te recobras.
Es el ir y venir de todos, como olas humanas te envuelven, sobre todo entre 8 y 5 "Avenues". Ahí, sin querer, pierdes tu identidad, porque son tantos los sonidos guturales y tan diversos los acentos en la llamada capital del mundo que ¿a quién le importa?
Tu acento puede ser chino, alemán, francés, ruso o latino-caribeño típico.
El Movimeinto Ocupa Wall Street hará una marcha este domingo en Nueva York.Aquí, si eres “newyorker” o “alien”, no importa –reitero- pues desde siempre todo ser humano ha llegado a un nuevo destino a esta isla donde se erige la dama, la señora Libertad.
Pero aunque Mecano, el grupo español, cante que “no hay marcha en Nueva York”, aquí las otras marchas y las manifestaciones, las que apoyan o rechazan alguna causa, siempre existen.
No es gratuito, ya que aquí está la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), congregación mundial de la política y la diplomacia.
Se toman ahí decisiones de alto nivel, que implican niveles de seguridad mundial, para evitar guerras... o para declararlas.
Y está también el cerebro de la economía mundial: Wall Street, a donde este 18 de diciembre el Movimiento Ocupa Wall Street se movilizará para exigir al gobierno estadounidense que se respeten los derechos de los y las migrantes.
Uno de ellos, Carlos, mexicano, llegó a esta ciudad como “alien” hace cuatro meses. Cruzó la frontera, se la jugó valientemente y por ello pagó 4 mil dólares.
Su primer paso como trabajador indocumentado fue en el estado vecino, Nueva Jersey. Mi amiga María Elena me contó su caso. Triste, para no variar. Así Carlos, se comunicó. Su historia laboral no es tampoco ajena a las múltiples violaciones laborales que denunciamos hasta el cansancio.
En los Estados Unidos son más de 12 millones los seres humanos sin documentos oficiales.
Carlos, nacido en la Ciudad de México, por fin habló: “Es un total abuso: me pagan 3 dólares y 50 centavos la hora. Pero eso no es todo, a veces no me pagan. Pero lo peor: me tratan peor que a un perro. Me insultan. Y la verdad yo ya no aguanto. Está bien que no habló inglés, pero la verdad ya no lo soporto. Ya me deben 250 dólares y dicen que no me pagarán sino hasta fin de mes. Y así me traen. Dicen que si me quejo, me deportan. Imagínese... Y luego mi esposa y mis cuatro hijos. Tengo miedo”.
La indignación llega al límite, pues la historia de abuso y violación de los derechos humanos y laborales aquí es rutina, como en cualquier otro lado del mundo.
Esta acción contra la clase trabajadora no es sólo detestable, es contraria a todo lo que las leyes establecen.
Por teléfono, le expliqué eso a Carlos, sumida en la furia por tanta atrocidad. Sobre todo por el miedo, ese miedo que le quita a uno hasta el hambre, que te corroe las entrañas cuando llegas como “alien”.
Por lo pronto la información, que fluyó lenta pero sustanciosamente de mi ronco pecho, lo hizo volver a la vida.
Le arrancamos el miedo extraño que se vive entre los extraños, entre los “alien”.
Carlos, envalentonado nuevamente -claro, después de un buen llanto que le alivió el alma-, tomó sus primeras clases de inglés, visitó la biblioteca, compró libros. Pero lo mejor de todo es que ya su sonrisa ilumina su tez mestiza a flor de loto.
A la semana de haberlo conocido, me llamó nuevamente.
Carlos al teléfono: “Ya está. Ya estoy en Nueva York. Como me dijiste. Aquí ya hasta respiro diferente. En este restaurante me tratan realmente como gente. Mi gente. Ya estoy contento, muchas gracias, hasta el miedo se me quitó. Bien dices, ahora entre tanto gentío, ni se dan cuenta de que aquí estoy”.
Por otra parte, María Elena, quien llegó a Estados Unidos hace más de 20 inviernos, me recordó la otra tarde su triste historia de migrante. Lloramos. Pero al mismo tiempo el sabor de estas lágrimas fueron una verdadera delicia. Ahora como ciudadana, todo le cambia.
Así se vive diariamente en esta ciudad de la “libertad”, donde nos arrancamos los miedos las y los extraños, mejor conocidos como “aliens”, pues con tanta gente y las voces unidas nos convertimos en “newyorkers”.
Por cierto, asistiremos a la marcha porque “Sí hay marcha en Nueva York...”. La demanda: Respeto al migrante. Organizaciones sociales y Ocupa Wall Street vuelven a hacer uso de su libertad.
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