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Amsterdam, HOLANDA - Sociedad
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Escrito por Laura Dueñaz
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Jueves, 16 de Febrero de 2012 22:22 |
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Concierto sobre hielo.Ocurre cada invierno, cuando el frío aprieta y el termómetro comienza con los números negativos, hay un rumor, una ansiosa espera, un deseo vehemente para que todo se congele.
La reciente onda gélida que nos llegó de Siberia lo hizo realidad: los canales de Ámsterdam volvieron a congelarse como no lo hacían desde 1997.
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Amsterdam, HOLANDA - Sociedad
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Escrito por Laura Dueñaz
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Miércoles, 06 de Julio de 2011 00:15 |
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En Amsterdam las ventanas ocupan casi todas las angostas fachadas de los edificios, así tendría que ser en una ciudad en donde la luz del día se nos escabulle por varios meses, y en donde la continua masa de ladrillos no deja espacios para ventanales sino al frente y, cuando se corre con suerte, atrás.
Todos sentimos la necesidad de correr las cortinas, unas veces para evitar la oscuridad en los días invernales y otras para recrear la penumbra en los largos días del verano. Lo difícil es entender que para los holandeses el vidrio, aunque transparente, es la muralla que mantiene la privacidad de su hogar.
No me sorprende que a mis vecinos les dé la gana estar desnudos en su casa, pero todavía me cuesta entender que se instalen de pie en su ventanal sin prenda alguna encima para atender el teléfono, por ejemplo.
Un amigo holandés me dijo que no hay nada más vulgar que verles, que a toda costa se les debe evitar, que no hay persona más corriente que aquella que les ve. Pero ¿qué hacer cuando estoy en mi ventana, mirando al cielo para adivinar si lloverá, pensando si debo cargar con el impermeable o con el paraguas (si es que las hojas de los árboles no se mueven), y aparecen ellos? ¿no deberían evitarme a mí?
¿Por qué no corren las cortinas? ¡pues porque están en su casa!
Otra historia es la de las casas decoradas con todo detalle, en donde los habitantes están tan orgullosos del orden y la armonía interior, que la ventana está siempre abierta para que, esta vez sí, cualquiera pueda asomarse y apreciar el buen gusto. Habitaciones rara vez ocupadas por personas, como si de portadas vivientes de una revista se tratara.
Las cortinas están ausentes también en los salones llenos de libros, no importa si todo está en orden o si reina el caos de un genio; aquí también se puede uno asomar con discreción, y reconocer a los intelectuales que habitan el lugar, que si acaso están por ahí, no levantarán la vista de sus libros.
Lo mismo en las casas de los músicos, en donde los pianos son el mobiliario principal y se puede ver y escuchar a los artistas ensayando, sin perder concentración, aunque los peatones caminemos apenas a unos centímetros del ventanal.
Se cree que los holandeses renunciaron al discreto encanto de las cortinas con la llegada de los nazis y sus redadas en busca de los judíos. Entonces la gente abrió sus ventanas para que los invasores no sintieran la necesidad de entrar a revisar las viviendas, si podían observar el interior y la vida de quienes ahí vivían desde afuera. Correr las cortinas dejaba un claro mensaje: “aquí no hay nada que ocultar”.
En el barrio del Jordaan, un céntrico vecindario que fue asentamiento de la clase trabajadora holandesa, las cortinas de gasa o encajes destacan entre las persianas y otros modelos modernos para dejar claro que quien habita las casas es un jordanés original, un vecino que lleva unos 50 años viviendo en la misma casa, o que incluso nació ahí mismo y que nunca se ha mudado.
El Jordaan ha pasado por un proceso de cambio en su población, porque las viviendas incrementaron mucho su valor, debido a su céntrica ubicación y al carácter pintoresco de sus antiguos edificios, que lo volvieron popular entre los artistas, profesionistas y algunos millonarios.
No tener cortinas parece ahora un signo de libertad, una exigencia de respeto, y sobre todo un asunto de identidad: somos los alóctonos (inmigrantes u holandeses de padres inmigrantes) los que cerramos las cortinas para que no nos vean. Quizá seamos también los culpables de que cada vez haya más cortinas, porque muchos de los que llegamos desde otras tierras pecamos de indiscretos y de fisgones.
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Amsterdam, HOLANDA - Sociedad
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Escrito por Laura Dueñaz
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Jueves, 05 de Mayo de 2011 15:49 |
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Los americanos conocemos de los horrores de la Segunda Guerra Mundial por los libros; los europeos tienen el recuerdo en casi cualquier parte.
Cada 4 y 5 de mayo Holanda conmemora a los caídos en la guerra con una celebración que es muy importante en todo el país, aunque la ceremonia nacional, en la que participan la Reina Beatriz, miembros del Parlamento y veteranos de la guerra, se lleva a cabo en Amsterdam.
El día 4 se recuerda el dolor, la destrucción ocasionada por los nazis, y a los caídos durante la guerra; el día 5, en cambio, tiene un carácter festivo, pues se celebra el fin de la ocupación y la libertad recuperada; ambas ceremonias son encabezadas por la reina.
Holanda fue ocupada por el ejército alemán de 1940 hasta el 6 de mayo de 1945, cuando los alemanes se rindieron y firmaron la capitulación en la ciudad de Wageningen, ante el general en cargo de las fuerzas canadienses que liberaron al país.
Vivir en Amsterdam es convivir con los recuerdos de la guerra, aquí puede uno encontrar que sus amigos perdieron a familiares cercanos, o que conservan monedas con Hitler y la cruz esvástica, para no olvidar el sufrimiento de sus abuelos, sus tíos o sus propios padres. Aquí lugares cotidianos por los que se pasa todos los días, como la casa de Ana Frank, adquieren otro significado. La conmemoración en la Plaza Dam es dramática, el silencio de dos minutos en memoria de las víctimas duele, las voces se apagan, se puede escuchar el aleteo de las aves que cruzan la explanada y el ondear de las banderas a media asta. Ni una voz en un lugar lleno de personas sin más espacio entre ellas que unos pocos centímetros. Dos minutos de tristeza.
Según el Comité Nacional para el 4 y 5 de mayo, unas 20 mil personas acudieron a la Plaza Dam, la explanada central de Amsterdam, que alberga al Palacio Real, la Iglesia Nueva y el Monumento a los Caídos. Esta conmemoración es muy importante para los holandeses, en torno a ella se discuten los derechos humanos, la unidad de la nación, la fragilidad de la paz y la libertad. Los dos minutos de silencio se guardan en pequeñas ceremonias celebradas en todas las ciudades del país, incluso en los trenes y los tranvías, en la televisión y la radio.
A la Plaza Dam acuden, sobre todo, holandeses autóctonos (blancos de ambos padres blancos). Es curioso observar que las personas de otro color que asistimos a la plaza, somos pocos. Entre la gente común, sólo quienes desean observar de cerca a la familia real y miembros de la clase política, acuden con tiempo, muchos se ven caminar a prisa apenas cinco minutos antes de que inicie la ceremonia.
Los toques de silencio de la banda militar terminan y entonces repican las campanas de la Nieuwe Kerk (Iglesia Nueva), su fin indica el inicio del silencio, el inicio de las reflexiones para muchos y el recuerdo doloroso para quienes sufrieron de cerca la guerra.
'Las libertades se pierden'
El mayor objetivo es tener memoria de las atrocidades; los más jóvenes tenemos sólo la memoria colectiva y puede incluso parecernos lejano el riesgo de que algo así ocurra otra vez, pero el mundo nos muestra cómo las libertades se pierden, las sociedades se descomponen, se dividen, cada uno debe mantenerse alerta y ser responsable de cuidar la paz que nos rodea y las libertades que hemos alcanzado.
Se trata de no olvidar. Hace unas dos semanas en excursiones en bicicleta por las afueras de Amsterdam, encontramos distintos lugares señalados con ofrendas florales en sitios en donde los judíos fueron congregados y ejecutados, también se celebraron memoriales en sitios donde se les reunía antes de ser enviados a los campos de concentración.
Ahora está en marcha una iniciativa para que las casas que habitaron los judíos asesinados durante la ocupación sean señaladas con un póster conmemorativo que circuló en los principales periódicos del día; la comunidad judía ha dado a conocer un sitio en Internet en el que cada uno puede buscar si su casa es una de las 21 mil 662 en donde vivieron judíos que no sobrevivieron.
Tan sólo dos casas más allá de mi domicilio vivió la familia de Carel Louis Blazer, en su caso no se tiene la certeza de si murieron o no, pues no aparecen en las listas de los sobrevivientes, pero tampoco en los listados de las víctimas. Más allá, en la esquina, vivió Jacob Achttienribben, muerto el 15 de marzo de 1945. El memorial electrónico está abierto para cualquiera que pueda aportar fotografías actuales de las viviendas, o -en su caso- poner fotografías de las víctimas y escribir su historia.
La historia es nuestra, la hacemos cada día, el odio racial debe combatirse, no demos espacio para que unos cuantos den rienda suelta a su locura. Europa debe tenerlo presente, Holanda no debe olvidar, no perdamos el rumbo al hablar de diferencias culturales y religiosas.
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