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El candidato.
Andrés Manuel López Obrador no es el caudillo, ni el mesías, ni el estadista, ni el filósofo que a través de la política pudiese gobernar de manera excelsa a México. Tampoco es el redentor de los más de 110 millones de habitantes de este importantísimo país latino e iberoamericano.
No es López Obrador el político que todos están esperando para que la república entera resuelva sus ancestrales y actuales problemas. Ni siquiera representa una opción o alternativa real para votar por él en 2012. No. López Obrador no es el aspirante presidencial que él quisiera significar.
Pero el político de Tabasco sí es la esperanza de millones de mexicanos que desean, con ansia, sacudirse del yugo del bipartidismo del PRI y el PAN. AMLO sí es el hombre que, a contracorriente, otra vez, como hace seis años, busca llegar al máximo cargo para, desde ahí, hacer posible lo imposible para priístas y panistas: forjar una sociedad menos desigual, menos antidemocrática, menos injusta, menos arbitraria, menos desequilibrada, menos pobre, menos inhumana.
¿Lo conseguirá?
No se sabe. En México, los políticos de izquierda suelen ser satanizados por quienes, desde el poder y para el poder, no permiten, no han permitido que el país cambie. Una contradicción aberrante.
'Ni el caudillo, ni el mesías'.
Individuos que cargaron con el estigma de “izquierdistas” o “izquierdosos”, en el México histórico, la vida y el tiempo se han encargado de ubicarlos en su sitio y dimensión real. El propio Estado y sus instituciones, o la mismísima clase pudiente se han visto obligados a hacerles justicia.
Muchos hombres y mujeres que abanderaron causas sociales, que lucharon con denuedo desde sus trincheras, a lo largo y ancho del país y que fueron perseguidos, sometidos, encarcelados, expulsados, asesinados, hoy tienen un lugar en la historia nacional.
Sus nombres son citados hasta en el discurso oficial, aparecen en libros, crónicas, reseñas; son mencionados por su entrega y valor, recordados en la prensa y otros medios informativos.
Incluso han recibido homenajes nacionales, pese a ser juzgados y señalados en vida hasta el hartazgo, con agresividad y ofensas, burla y escarnio.
Desde los aztecas, totonacas, mayas y otras razas autóctonas, pasando por los periodos de la colonia, la independencia, la reforma, la revolución y hasta el México de este 2012, mexicanos con ideas políticas disidentes sufrieron y padecieron por no estar de acuerdo con las formas de gobernar.
Lo de López Obrador no es, pues, algo nuevo. Supo hace seis años, y lo sabe hoy, que su tarea no es fácil. Que a México no llegará a través sólo del voto -o por la alternancia en el gobierno- el cambio profundo que sea capaz de transformar su presente para insertarlo en un futuro menos lastimoso. López Obrador sabe que el primer domingo de julio del año entrante el voto apenas sería la llave que intentaría abrir el pesado y oxidado candado del sistema político nacional.
Sus retos
Enfrentar al PRI y al PAN no es lo único. Al ser el personaje que es, de manejar un discurso que rompe paradigmas, que llama a la rendición de cuentas, que pone el dedo en las muchas llagas que sufre la población, que se pronuncia por los pobres, por los jóvenes, por los pobladores del México rural, por las mujeres de carne y hueso verdaderas heroínas en un país de machos, que cimbraría la estructura oficialesca de instituciones carcomidas por la corrupción, que velaría por las minorías discriminadas, que pondría orden en las concesiones televisivas y radiofónicas, que pide nacionalismo y lo que esto implica a la gran empresa, que metería mano en el corrompido sindicalismo, que la banca tendría que ajustar su voracidad a la realidad económica, que ha aguantado la crítica ácida, casi siempre por consigna, las mandobles y campañas orquestadas en su contra desde los “grandes” medios de comunicación y “prestigiados” comunicadores, y que con casi todo en contra se ha mantenido de pie, es quizá el único aspirante presidencial que, a diferencia de priístas y panistas, se atrevería trastocar el Estado de cosas que mantiene al borde del precipicio a la inmensa mayoría de la población.
'Ni el único ni el mejor, pero...'
Por cierto, hay que decirlo. A López Obrador lo han tachado de lindeza y media, pero nadie, que yo sepa, ni siquiera la propia industria mediática mexicana, lo han acusado de corrupto o, como a decenas o quizá centenas de políticos, gobernantes y autoridades surgidas del PAN y del PRI, de enriquecimiento ilícito, mucho menos de estar ligado a los hoy poderosos grupos criminales o de narcotraficantes.
Andrés Manuel no es el único ni el mejor de los hombres para gobernar México, pero el hecho de no ser parte de ninguno de los dos partidos que han llegado al máximo poder en el país, cuando menos le brinda el beneficio de la duda.
Está visto y comprobado que, al menos en los últimos 30 años, al país lo han metido en el hoyo los presidentes emanados de los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional. ¿Qué tanto más querrán los habitantes de esta enorme nación aguantar? ¿Seguirán teniendo un presunto “miedo” a un gobernante de izquierda? ¿Es un político de izquierda un peligro en un país donde la derecha y los derechistas se ha adueñado de todo, incluso de la culpa de haber convertido a millones de seres humanos en miserables?
'Ha dado muestras de amar a México'.
López Obrador no es un ejemplo, no es un alma caritativa, no es un caudillo ni tiene el as bajo la manga que salve a México. Pero cuando menos es un hombre que, en sus palabras, en su mente, en su pensamiento y en su acción, ha dado muestras de amar a México, y cuando se ama, estamos hablando de respeto, de lealtad, de cabalidad, de lucha, de superación, de disposición, de voluntad, de tener claro el o los motivos de entregar lo mejor de sí.
Si hace seis años fue sometido por toda una estrategia de mercadotecnia política, hoy Andrés Manuel va por la revancha. Es vehemente en su deseo, en su propuesta. Está sumando a través de una campaña de proselitismo que inició hace cinco años al recorrer el país de norte a sur y de este a oeste, para convivir y dialogar con la raza, con la gente, con el pueblo, con hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes en cuyos rostros -y en la Laguna se pudo apreciar inobjetablemente- quemados por el sol y curtidos por la impotencia y desesperanza, lo volvieron a escuchar y abrazar.
Precisamente lo que hoy está empezando a hacer una clase empresarial que ve en él a un aliado y no a un enemigo.
Y ahí va, cargando su Morena en la boca, cargando su Movimiento de Regeneración Nacional, caminando hacia su gran meta, manifestándose, tratando de convencer a los pobres y a los ricos, a los que poseen todo y a los que no poseen nada, exponiendo sus ideas, recogiendo otras, escuchando, oyendo, palpando, oliendo, sudando, de día y de noche.
Apenas dos o tres acompañantes que lo secundan como equipo, sin guardaespaldas porque no tiene qué esconder, no lo persiguen los grupos violentos ni la mafia. Y cada vez más lo escuchan los encumbrados y su voz vuelve a ocupar los espacios importantes de la televisión y la radio, lo están entrevistando, tomando sus pareceres.
Casi seguro es que estos mismos medios de comunicación habrán de informar, como sucedió en 1994 y en 2012 al terminar sus periodos presidenciales Carlos Salinas de Gortari y Felipe Calderón, respectivamente, que ambos en realidad no ganaron los comicios, y que el sistema había despojado del triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, dos hombres de izquierda. ¿Qué sucederá el 1 de julio próximo?
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