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Jaime Muñoz Vargas





Torreón
MÉXICO

“Gómez Palacio” es el título de uno de los relatos que Roberto Bolaño incluyó en Putas asesinas (Anagrama, 2001); en él, un personaje chileno avecindado en México debe impartir, obligado por sus penurias económicas, un taller literario que le dejará unos cuantos pesos básicos para sobrevivir.

Lo ingrato del asunto es que debe viajar al norte de México, específicamente a Gómez Palacio, Durango, “una ciudad con un nombre horrible” perdida en el mapa mexicano. Aunque los gomezpalatinos (tal es el campanudo gentilicio que nos hemos fabricado) ya estamos acostumbrados al nombre de nuestra ciudad, es cierto que suena horrible. Pero ni modo, así se llama el municipio que sirvió de título a un cuento de Bolaño y a mí de cuna.

Nací allá el 23 de mayo de 1964. Gómez (así le decimos a secas) es parte de un conglomerado de ciudades que forma una región llamada indistintamente La Laguna o Comarca Lagunera. La ciudad más importante de esa zona es Torreón, donde vivo desde que tenía 13 años. Todo su entono es muy polvoso, semidesértico, y su clima nos achicharra con más de 40 grados cuando no asedia mucho el calor. Sólo tenemos tres meses relativamente fríos, así que las palabras que mejor definen a La Laguna son “polvo” y “sol”.

La vocación del ámbito donde vivo es agrícola, industrial y comercial. Hasta le fecha, sus inclinaciones humanísticas son precarias. Pese a ello, dos o tres nos dedicamos con las uñas a las artes, que acá todavía son tenidas como prácticas de lunático u oficios de tinieblas.

Tengo 25 años sin dejar de publicar. Lo he hecho en periódicos, revistas y libros. Una ficha más o menos abarcadora de lo que he hecho, más numerosos textos periodísticos, está en el blog que alimento, llamado Ruta Norte Laguna.

Agradezco la invitación a Reporteras de Guardia. Así sea desde muy lejos, es un orgullo formar parte de este colectivo.



La era Facebook PDF Imprimir E-mail
Torreón, MÉXICO - Sociedad
  
Sábado, 29 de Enero de 2011 20:27

A estas alturas ya es un grave defecto no usar Facebook. Como ahora me pasa con el Twitter, yo lo tuve (me refiero al Facebook) un mes y luego, a falta de humor para deslizarme en ese argüende, lo tiré sin remordimiento. Muchos argumentos me han dado para que lo reabra, pero no quiero hacerle más concesiones a la vagancia en Internet. Con los periódicos, el blog y el correo electrónico me basta, así que ver fotos ajenas y pegar mensajes en muros no guarda ningún atractivo para mí.

Sin criticar a otros, prefiero abstenerme aunque acepto que la oferta es tentadora. Precisamente por eso ya no la quiero: por tentadora. Poco sé, pues, sobre Facebook. Mi red social es simple: dos o tres personas de carne y hueso.

Mi amigo Fabián Vique escribe una columna sabatina para el periódico Compromiso de Haedo, en Buenos Aires. Este cuate es muy vaciado, como lo podemos comprobar en la clasificación facebookera que aquí le secuestro sin más preámbulo; su título es “Facebook para todos”. Si yo fuera entendido en Facebook, algo como esto, lo de Vique, hubiera querido escribir:

En tiempos pretéritos, los seres humanos éramos observados y clasificados según nuestro comportamiento en las reuniones familiares, en las charlas de sobremesa, en las conversaciones en el trabajo, en las tertulias literarias, en las discusiones de comité, en las charlas de café, en los cumpleaños, en las fiestas patrias y religiosas, en los teatros, en los estadios de fútbol, en las discotecas o en el transporte público de pasajeros.

A lo largo de la historia de la humanidad, personas con aptitudes para la observación, médicos, brujos, neurólogos, astrólogos, psicólogos y psicópatas establecieron diferentes tipificaciones de las personalidades. Los comportamientos humanos sugerían la existencia de grupos afines. Nacieron así los signos del zodiaco, la teoría de los humores, el psicoanálisis y otros agrupamientos y asociaciones más o menos científicas, más o menos libres.

Pero el Siglo 21 nos encontró narcotizados por una pantalla azul. Desde que unos jovencitos norteamericanos inventaron la red social llamada Facebook, la humanidad encontró un mundo nuevo donde relacionarse. Como los españoles que venían a buscar azafrán y encontraron un continente, estos muchachitos encontraron una herramienta que cautivó por igual al oficinista y al porturario, a la dentista y al ama de casa, al peluquero y a la jugadora de hockey sobre césped.

Facebook es un teatro donde todo humano puede actuar, un estadio donde el más tronco puede cabecear al ángulo, un colectivo donde el manco puede tocar bocina, un púlpito donde el callado puede parlotear, una batalla donde el más cobarde puede cortar cabezas, una hoja donde todo el mundo puede escribir, sacarse fotos y comunicar.

Todo sucede en la vida real y, para colmo de bienes, todo puede suceder sin moverse del living de su casa. La novedad evidente y contundente exige una nueva mirada o al menos una nueva clasificación de la humanidad. Por eso, siempre presto a indagar la idiosincrasia del haedense medio, el Departamento de Novedades Tecnológicas de Compromiso (DNTC), se dedicó a indagar sobre las distintas personalidades humanas que se manifiestan en la era Facebook. El que sigue es un estudio preliminar, un esbozo de las investigaciones del Departamento.

Personalidades intervinientes en la red social Facebook:

El etiquetador
Se trata de un individuo muy sociable. Él quiere tener presente siempre a los amigos. Entonces cada vez que sube algo a su página (lo cual ocurre casi todos los días y en ocasiones varias veces al día), se dedica a etiquetar a diestra y siniestra, es decir, a avisarle a los amigos que él hizo algo. Los amigos se ven obligados a verlo y a comentarlo o al menos clickearle un “me gusta”, para que el etiquetador pueda dormir tranquilo.

El galán
Antes de Facebook era un individuo más bien cerrado sobre sí mismo, discreto, de esas personas que pasan inadvertidas. Desde que puede elegir una foto y ponerla a la consideración pública, se ha vuelto un galán con todas las de la ley. Acaso porque no es muy elocuente se limita a posar y colgar las fotos que no lo desfavorecen; y si no encuentra muchas, el Fotoshop es un aliado de fierro.

El que odia Facebook
Es uno de los más extendidos facebooquistas. No sólo detesta la red. Detesta Internet, detesta las redes sociales. Detesta las fotos, las camaritas y toda la parafernalia facebookera. Sin embargo, resulta que tiene un primo en Formosa o una tía en Noruega, y entonces se siente obligado a usarlo. Y así es como día a día permanece más y más horas frente a la pantalla, posteando frases, fotos, letras de canciones, tirándole los perros con desdén a una persona a la que podría ver tranquilamente cualquier día con sólo tocar el timbre de la casa.

El militante Face
Antes hacer política era fatigoso: afiliarse a un partido, ir a tediosas reuniones de comité, salir con la brocha y el engrudo a pegar carteles en las paredes, discutir con personas de toda laya a altas horas de la madrugada sin llegar a ningún acuerdo, en fin, como diría un madrileño: un verdadero “coñazo”. Desde que existe la red de redes el militante encontró su espacio. Con un par de frases hechas o por hacerse el militante convoca a la lucha contra el sistema, contra la opresión, contra la grúa que le llevó el auto de la Avenida Rivadavia.

El cazador oculto
También llamado el Facevoyeur. No escribe mucho, no sube fotos, no comenta. Pero mira lo que pusieron los amigos, los perfiles, las fotos de los amigos, de los amigos de los amigos, de los amigos de los amigos de los amigos.

El nostálgico
Es un facebooquista que vive en el pasado, es tanguero. Encuentra fotos de la secundaria, de la niñez, y las pone a disposición de los amigos obligándolos al gesto de ternura, de solidaridad por aquellos viejos tiempos.

El culto
Hace unos años en los sobrecitos de azúcar venían frases de Schopenhauer, de Nietzsche, de Kierkegaard y de otros pensadores de apellidos imposibles. Hoy Facebook ofrece su espacio para que el fatigador de frases de café encuentre su propia azúcar y no se diluya en la amargura. En el "muro" propio o en uno ajeno, el facebooquista culto descerraja una frase que, por su contundencia, por su aspecto de verdad revelada, obliga al vecino a comentar algo inteligente y así no quedar afuera.

El comerciante
Tiene ojo para vender y lo usa. Facebook para él es una vidriera y como tal la utiliza. Carteras, collares, condones, carnets, todo lo vende el comerciante, a todo el que puede le manda sus ofertas, sus promociones, sus recomendaciones siempre amables, siempre sonrientes, siempre buena onda y siempre desinteresadas, por supuesto.

El enamorado del muro
Es el más melancólico de los facebooquistas. Está perdidamente enamorado y espera que la persona amada diga algo, le envíe un mensaje o le escriba algo al ver la lucecita verde del chat encendida. Pero la persona amada no sabe o no contesta y el enamorado del muro queda desmigajado, se aherrumbra un poco más, el tiempo lo asfixia un poco más día a día, hasta la derrota final.

El facebooquista feliz
Es re-buena onda. Manda abrazos, manda besos, manda regalos, manda saludos de cumpleaños, de aniversarios, del día del amigo, del día del panadero, manda todas las novedades del cariño electrónico. Es simpático, nunca se olvida de los amigos, es feliz, es insoportable, es inaguantable, dan ganas de estrangularlo.

Etcétera
Día a día nacen nuevas personalidades, nuevos rostros, nuevas visiones del mundo. Hay quienes ya no reconocen las distancias entre Facebook y el resto del mundo. Ya hay niños que nacen con una duda: Facebook es parte del mundo o el mundo es parte de Facebook. Facebook para todos, esa es la historia.


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Sabines, un escritor mexicano en plan amorosísimo PDF Imprimir E-mail
Torreón, MÉXICO - Cultura
  
Domingo, 09 de Enero de 2011 12:37

Estuve de paso en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1994, cuando fui de reportero a husmear (según yo muy acá) la batahola levantada por los zapatistas. Pasé de largo por Tuxtla, pues me instalé casi una semana en San Cristóbal de las Casas.

En un hotel de aquella ciudad, recuerdo, escuché por televisión el discurso de Colosio en el Monumento a la Revolución donde, se dijo, rompió con la tutela de Salinas. Lo que vino después ya lo sabemos, México fue ennegrecido hasta llegar, cómo no, a la salinizada elección con pánico en la que ganó Zedillo.

Volví a la capital chiapaneca en septiembre de 2010. Esta vez paré allí un par de días, otro suspiro. Fui a conferenciar sobre libros y al final de mi blablablá un joven muy atento me abordó con el obsequio de "Los amorosos Cartas a Chepita" (Joaquín Mortiz, México, 2009, 206 pp.), de Jaime Sabines. Lo leí casi inmediatamente, aunque a brincos, entre la agitación de las muchas actividades propiciadas por los centenarios y otros viajes.

Si los libros con correspondencia ubican al lector como voyeur, esto se agudiza en los que contienen cartas amorosas. En las misivas entre dos enamorados vemos en acción las estrategias retóricas más melosas, cuchicheos de tinta que tal vez no tenemos derecho a escuchar con las pupilas. Pero así se trate de un personaje cualquiera, sentimos morbosa curiosidad por conocer el tono y el contenido de las cartas. Cuando es un “famoso”, más suelen atraernos, y cuando ese famoso es un poeta como Jaime Sabines, llegamos al extremo de pensar con todo el descaro que la correspondencia está para no perderse.

A muchos no les importa, sin embargo, el género epistolar. Les parece vacuo. A mí me atraen las cartas de los escritores (sobre todo las de los escritores) porque allí veo moverse sus espíritus en una tesitura más relajada, quizá sin la tensión que implica escribir-para-publicar. En la correspondencia he encontrado, pues, al escritor sin los ropajes habituales que usa en la cuartilla pensada para la prensa, al escritor trazándose a sí mismo en la cotidianidad.

Detalle aparte, también fundo mi gusto por la correspondencia en, lo he comentado en otras ocasiones, la reflexión sobre la muerte de un tipo de escritura. ¿Las nuevas tecnologías acabarán con los libros de cartas tal y como los conocemos? ¿Habrá en el futuro alguien que guarde las cartas electrónicas (o los largos chats o los mensajitos de celular o los tuits) cruzadas entre fulano escritor y su perengana amada? ¿Se ha cancelado la correspondencia de tipo tradicional y estamos por ello ante la muerte del género epistolar? No respondo lo que sospecho, porque aquí no hay espacio para eso, pero creo en general que será muy difícil almacenar, organizar y publicar correspondencia como se pudo hacer en Los amorosos, de Sabines.

Además de las cartas que describen un itinerario postal de 1947 a 1963 (cuyo flujo más intenso se dio en 1949), el libro contiene una presentación de Josefa Rodríguez viuda de Sabines, y dos introducciones, una de Carlos Monsiváis y otra de Bárbara Jacobs.

Es importante enfatizar lo que Chepita dice en el pórtico: “Jaime el poeta y Jaime el hombre son en realidad la misma persona, el mismo hombre”. Monsiváis lo reitera: “En sus cartas, Jaime Sabines es un personaje de su poesía posterior”. Como lo dice el título del libro, las cartas no son en sentido estricto una correspondencia, pues lo que vemos son sólo las cartas de Sabines escritas a su amada cuando tuvieron que separarse sobre todo por razones de estudios en la Ciudad de México.

En las cartas vemos entonces a Sabines tal como era, en corto, en “vivo”, frente a la imagen de su novia. Aunque es obvio —por la época y por la destinataria— el poeta abunda en las galanterías habituales y melosas entre parejas, pero nunca deja de asomar el filo literario que después sería timbre de su poesía: "En esta rechingada hora de insomnio y de vergüenza estás presente, te necesito, te amo hasta quién sabe dónde, más, mucho más allá del amor y de la vida, te amo hasta la muerte; de tal modo que en vez de decir ‘te quiero’ necesito decir: te muero, me muero en ti, me muero”.

O en este párrafo con marca de la casa: “Es mediodía y estoy solo en la casa. Desde mi cama estoy viendo tu retrato. Tengo tu carta a un lado. Te deseo. Te deseo inconfesablemente, desde la planta de mis pies hasta mis ojos, a todo lo largo de mi alma, te deseo pecaminosamente, desordenadamente, atrozmente”.

El libro viene reforzado con algunas fotos donde se ve a Sabines como dandy tropical junto a Chepita en varios momentos de su relación. Creo que para los amorosos (nunca escasos) es un gran libro, me atrevo a decir que hasta una guía con tips para mostrarse desesperadamente, desordenadamente, atrozmente querendones.


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Cinco minutos con Vargas Llosa PDF Imprimir E-mail
Torreón, MÉXICO - Cultura
  
Martes, 19 de Octubre de 2010 21:23

Dije alguna vez que una novela de Mario Vargas Llosa podría servir para justificar la carrera literaria de cualquier escritor. No exagero. Si alguien escribe, por ejemplo, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo o La fiesta del Chivo, puede darse por extraordinario novelista y esperar el aplauso de los lectores y la crítica. Eso significa que si uno escribe lo que en cantidad y calidad ha escrito Vargas Llosa, uno no es escritor, sino portento de escritor.

Es ahora fácil caer en el elogio fácil, como si un galardón, por importante que sea, tuviera la virtud mágica de convertir lo que sea en oro. Con o sin premios, la obra literaria (li-te-ra-ria) de Vargas Llosa está entre las más valiosas de América. No de América: del mundo.

Su riqueza se nota en todos los ítems que queramos: belleza de la prosa, arquitectura de las narraciones, apuesta experimental en el manejo de planos narrativos, descripción de las retículas podridas que detentan el poder en América Latina, malicia perruna en el diseño de los personajes, depurada administración del suspenso en cada trama, variedad temática y respeto por la calidad de la historia que en esencia debe contener todo aparato narrativo.

Cierto que, como cualquier ser humano, Vargas Llosa tiene alguno que otro bajón en su poderosa obra. No es para menos, pues lo contrario sería infalibilidad y eso no existe en esta tierra. Sin embargo, son tantos sus aciertos como narrador que uno queda absorto ante el poder persuasivo de sus ficciones, ante el hechizo de sus artefactos verbales.

Como algunos saben porque es algo de lo poco que puedo presumir en materia de trato con talentos de ese tamaño, alguna vez conocí y dialogué con Vargas Llosa (no es broma).

Esa anécdota la he narrado ya en un librito inédito cuyo título quizá será Garabatos memorables, y es ésta: En 2005 me fue bien. Aparte de otras buenas noticias, conocí y conversé cinco minutos con Mario Vargas Llosa. No es eso, que digamos, un hecho espectacular, pero para mí, que pondero su obra literaria como una de las mejores que un latinoamericano haya escrito, significó el encuentro con el Monstruo.

Fue en San Luis Potosí. Poco antes, en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, el peruano tuvo varias presentaciones, todas brillantes pese a que, en más de una oportunidad, opinó con alguna ligereza sobre la realidad política mexicana. A la capital potosina fui a recoger el premio nacional de cuento.

Allí me presentaron a un amable señor muy acicalado del que olvido nombre y puesto público. Tras conversar un rato, a la plática saltó el tema del doctorado que la Universidad Autónoma de San Luis Potosía le otorgaría al autor de Conversación en La Catedral. Como el premio me había dado una migaja de notoriedad, le pedí a ese hombre que me invitara, a lo que accedió inmediatamente.

Así, unas semanas después me llamaron de San Luis, me dijeron que mi hotel y mis viáticos estaban listos, y viajé. Lo hice en camión, con gusto, que así lo pedí para evitar el vuelo con escala en el Distrito Federal. 

En la capital potosina tuve un hotel muy decoroso. Allí me calcé el traje y fui a la sede del ayuntamiento para oír, primero, una conferencia de Vargas Llosa sobre el Quijote. Fue, como era previsible, una pieza ensayística perfecta. Luego, el público invitado se dirigió a un salón de la universidad para ver la entrega del honoris número no sé qué al peruano, y de allí pasamos a cenar a un elegante salón del casino La Lonja.

Fue en ese recinto donde los organizadores me acomodaron cerca, a una mesa, del Monstruo, quien era asediado en todo momento. En un descuido, su silla aledaña quedó sola e hice lo que nunca hago: ser imprudente. Fui y me senté un rato, crucé algunas palabras con él, y ya, fueron mis tres o cuatro o a lo mucho cinco minutos de cercanía con el más grande novelista latinoamericano. Logré, eso sí, lo que pocos: una dedicatoria en la que no sólo puso MVLl, sino algo más: mi nombre en Cartas a un joven novelista.


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