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Dubai, EMIRATOS ARABES UNIDOS - Personal
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Escrito por Haydeé Pérez
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Martes, 25 de Mayo de 2010 12:03 |
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Desde hace cinco años que no festejo el 10 de Mayo con mi mamá. El primer Día de las Madres que pasé aquí fue difícil porque no había una comunidad mexicana con la cual celebrar; y como en este país esa no es una fecha festiva como en México, fue un día como cualquier otro.
Para todos los que vivimos en otro país es normal que, en fechas especiales, la nostalgia pegue duro porque uno quisiera estar alrededor de la mesa familiar de los padres o abuelos, donde hay más de tres pláticas al mismo tiempo, música de fondo, niños corriendo por la casa y mucha comida deliciosa.
Sin embargo, todas las mexicanas que vivimos aquí y tenemos hijos nos sentimos privilegiadas por tener a nuestros pequeños con nosotras y por verlos crecer en esta ciudad tan segura, aunque no recibamos un regalo hecho por ellos en el colegio y no vayamos a un festival del Día de las Madres para escucharlos cantar “Las Mañanitas” o “Señora, Señora”, esta última interpretada por la cantante brasileña Denisse de Kalafe, y que se ha vuelto casi un himno dedicado a las madres.
 En Dubai se festeja a las mamás el 21 de marzo, pero como la celebración aún no está comercializada, no se nota. Hay personas de tantas nacionalidades aquí que cada quien tiene un día distinto para festejar. Es más, las tarjetas Hallmark, para la ocasión, están a la vista en los estantes de tiendas o papelerías, durante todo el año.
Aquí no hay promociones en restaurantes, tampoco hay serenatas, ni programas especiales en los colegios donde los hijos hacen alguna manualidad o un regalito para la mamá.
Sin embargo, en lo personal me da mucha tristeza escuchar a mujeres filipinas, quienes han venido a trabajar como empleadas domésticas o en algún negocio y que para hacerlo tuvieron que dejar a sus pequeños al cuidado de la abuela, mientras el dinero que reciben lo envían para que sus hijos puedan estudiar y cubrir sus necesidades básicas.
Elsie es la nana de un vecinito amigo de mi hijo. Ella tiene un hijo de 8 años a quien dejó con su madre, sabiendo que no lo vería durante dos años. Está contenta de tener trabajo, pero hace poco estuvo muy triste porque su niño se enfermó de malaria y lo único que podía hacer era llamar por teléfono.
Otro ejemplo es Josheline, quien trabaja en el salón de belleza que yo frecuento. Cada vez que me ve me pregunta por mi hijo o me pide verlo porque ella tiene un niño de la misma edad y quiere ver la altura e imaginarse al suyo. La verdad es triste ver a tantas mamás separadas de sus hijos. Pero ella dice que el sacrificio vale la pena, porque así su familia puede vivir bien y hasta su hermano menor puede ir a la universidad.
De acuerdo con cifras del Consulado de Filipinas, hay 25 mil mujeres de ese país que han venido a trabajar a los Emiratos Árabes Unidos como empleadas domésticas. Son traídas por agencias empleadoras que las colocan en casas donde han sido solicitadas. Les ofrecen un sueldo promedio de mil 500 dirhams al mes, (410 dólares) un seguro de gastos médicos y el boleto de avión de venida y el de regreso en dos años, cuando se vence su visa.
Conocí hace tiempo a otra filipina que trabajaba en casa de una amiga mía y le ayudaba a atender a sus tres hijas. Una vez me dijo: “Cuando peino a las niñas recuerdo mucho a mi hijita que yo peinaba”. A ella le fue bien porque como no le dieron la visa para acompañar a mi amiga a pasar el verano en Austria, regresó a Filipinas por dos meses y luego volvió a Dubai para cumplir con su segundo año de trabajo.
Tener un Día de las Madres sin la mamá cerca es duro, pero no se compara con estar separada de los hijos por más de un año.
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Buenos Aires, ARGENTINA - Personal
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Escrito por Jaime Muñoz Vargas / Colaborador
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Domingo, 30 de Mayo de 2010 21:27 |
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Poco a poco entiendo más la enfermedad del futbol en la Argentina. Por las noticias en México sabemos que acá se toman demasiado en serio esto, que en las canchas, las tribunas, la calle y los medios, la futbolitis es permanentemente aguda.
Contadísimos son los que no se involucran, los que ignoran, los indiferentes al ruido de los goles. Esa es la razón de la ubicuidad futbolera en la Argentina: no hay punto del país, sospecho, sin evidencias de que allí hay pasión por el fut, fervor casi místico por el juego de la patada.
 Creo hallar prueba de esto en los periódicos. A diferencia de las nuestras, las secciones deportivas de acá no emiten más que noticias futboleras.
Claro que por allí hay trocitos de información sobre tenis, autos, basquetbol, rugby (que acá, según me dicen, cuenta con equipos competentes) y quizá box. Salvo esa cosa rara llamada rugby y el basquetbol de la NBA, no hay deporte colectivo que le haga sombrita al fut.
Si uno sabe algo de esto, pues no hay problema en la Argentina para entablar una charla con quien sea, con cualquier desconocido. Uno omite hablar del clima y comienza como si nada a conversar sobre goles, jugadas, equipos y ya está.
El diálogo avanza sin tropiezos, tan bien que asombra lo fácil que es hacer amigos en este país aunque uno no conozca nada más. El futbol casi basta como contraseña para acceder a esta cultura apasionada por el balón y sus misterios.
En México, he explicado por estos rumbos, el menú deportivo es más variado, tanto como nuestra comida. Un mexicano cualquiera puede gustar, sin conflicto de intereses, del futbol en primer lugar, y luego del beisbol, del basquetbol, del futbol americano, del box, de la lucha libre y de algún juego extra como cereza de coctel.
La pasión, así, se divide y pistonea en el ánimo: si estamos atentos a la liguilla de un equipo, que si pierde, no pasa tanto que no pueda calmar más adelante alguna victoria de nuestro equipo de beisbol, o un match de box, o de los deportes que el imperio nos ha infundido: el futbol americano, el basquetbol y el beis de grandes ligas. Para hablar en el argot de los casinos, los mexicanos no ponemos todas las fichas de nuestra inquietud deportiva en un mismo casillero.
En la Argentina, me dicen y lo noto claramente por lo menos en todos los hombres, el deporte es el futbol, sólo el futbol, exclusivamente, apasionadamente, fanáticamente el futbol. Pocos se libran. Por ello, si pocos se libran, no es nada raro enterarse que la mayor literatura futbolera del mundo sea quizá la de Argentina.
Se da el caso de que, por ejemplo, un escritor como Oswaldo Bayer, a quien nadie negará seriedad y compromiso, agudeza y vocación críticas, tiene entre su larga lista de libros políticos uno titulado El fútbol argentino. Y hay otros muchos que, con diferente intensidad y fortuna, han indagado en el fenómeno: Cortázar, Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, Valdano, Sacheri y muchos más dan apenas una pálida idea de lo que pesa el fut en esta sociedad.
La combinación es extraña; uno puede oír una discusión política, que el peronismo no sé qué, que los Kirchner no sé cuánto, que el Grupo Clarín equis y zeta, muy acaloradamente, y luego escuchar a los mismos debatientes en igual polémica pero con el tema del futbol, que Boca no sé qué, que Chacarita no se cuánto, que Ríver equis y zeta. Rollo algo esquizofrénico para una mentalidad de mexicano acostumbrado a separar, con la mayor distancia posible, los temas serios de la frivolidad futbolera.
Lo que ocurre es que acá el futbol no es una frivolidad. Todos los adultos tuvieron la no muy rara experiencia de haber sido niños y fue allí, en la infancia, antes de ser lo que iban a ser (políticos o plomeros, taxistas o filósofos), donde contrajeron el virus único e indeleble.
Ahora me explico por qué Juan Gelman nos confesó en Torreón que, como buen oriundo de Villa Crespo, ama hasta su vejez al Atlanta, un equipo que no ha ganado nada y sin embargo es querido por el poeta vivo más importante, acaso, en la Argentina actual.
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Monterrey, MÉXICO - Sociedad
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Escrito por Jaime Palacios Chapa / Colaborador
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Sábado, 29 de Mayo de 2010 13:59 |
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Alguna vez imaginé para un cuento que alguien dejaba encendida la televisión durante toda la noche y, al despertar, sus contenidos se habían derramado por la casa como el agua de una bañera.
La actual crisis de narcotráfico que estamos viviendo en México la siento como una revancha de la realidad respecto a aquella fantasía. Ahora las pesadillas salen al paso bajo la luz de un semáforo, junto a la hielera de un supermercado, ante el humear de un café.
 La violencia de los grupos criminales humilla a las más terribles leyendas de torturas chinas, a las de la Inquisición, o hasta a Quentin Tarantino.
Las noticias dejan de ser una extensión de la series policiacas cuando los disparos reales nos hacen correr, y grupos con armas de alto poder se paran en medio de la calle a plena luz del día, obligando a los conductores a descender de sus vehículos y a llevárselos (al vehículo, al conductor, a ambos…).
El actual mandato de gobierno eligió su sino, y el nuestro, con el icono fotográfico que más recordaremos cuando transcurran estos seis años: el presidente Felipe Calderón, un civil portando gorra y chaquetas militares mientras presenciaba un desfile.
Este 2010 celebramos al mismo tiempo un bi y un centenario, de las guerras de Independencia y Revolución, respectivamente, y ya estamos inmersos en otra guerra, digamos que conmemorativa. La pregunta es cómo será recordada ésta cuando lleguen, de ser esto posible, los festejos tricentenarios.
Esta guerra tiene rasgos tan peculiares que, tan pronto la imaginación se desamarre del miedo, seguramente generará sagas. Acá en el Nuevo Oeste… Ahora cuéntame una de narcos… Ellos están entre nosotros. La sensación es parecida a la del cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar: algo desconocido, que no vemos, avanza y nos quita espacio, y retrocedemos, y retrocedemos…
El crimen organizado contamina las aguas de nuestra vida como la mancha de petróleo las aguas del Golfo de México. La muerte violenta aparece continuamente en el periódico, ronda las escuelas y los sitios de diversión, seguida de todos sus oportunistas derivados: secuestros, robos, crímenes que imitan al narco para espantar a la justicia, extorsiones, robo de autos, campañas de pánico por Internet, bloqueos de avenidas.
Alguien dejó abierto el grifo de los grifos (en el uso popular mexicano, grifo es aquél que se droga), y ahora tenemos que secar los pisos, drenarlos, reparar los aparatos descompuestos, sanear y aromatizar para que todo vuelva a ser como antes. Claro, después de cerrar el grifo.
La siguiente minificción aspira a ser un exorcismo, no un nuevo reto para que la realidad lo supere: La cabeza de un hombre desangrada y sin orejas nos miraba a todos desde la banca. El fotógrafo dijo “después de esto la única ficción posible es la solución”, y, modesto, negó su autoría. “¿Sabes leer los labios?”, la señaló y vi que, en efecto, hacían un esfuerzo de-nunciación.
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Mobile, EEUU - Deportes
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Escrito por Rocío Ruiz
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Martes, 01 de Junio de 2010 14:04 |
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Uno de los pasatiempos preferidos de este país es reformar cualquier vehículo de motor, ya sea decorándolo para hacerlo más vistoso, adaptarlo para que sea cómodo o facilite las actividades laborales, incluso para que el motor alcance velocidades récord. En este último rubro se encuentran los coches llamados “dragsters”.
Las carreras de dragsters son un deporte de motor que nació en los años 60. Consiste en alcanzar velocidades muy altas en un corto recorrido y el menor tiempo posible. Este tipo de competencias se realiza en un cuarto de milla, que equivale a 402 metros.
Para lograr alcanzar estas velocidades, los vehículos han sido reformados en el motor, carrocería, llantas; reforzados en algunas partes y aligerados en otras. Utilizan como combustible una mezcla que contiene 90 por ciento de nitro metano y 10 por ciento de metano.
 ¿Pueden imaginar lo que es alcanzar una velocidad de 621 kilómetros por hora, recorriendo 402 metros en tan solo 3 minutos 58 segundos? Pues sí, este es el mejor récord alcanzado en 1984.
Como la juventud de mi esposo y la mía se desarrolló entre los años 60 y 70, cuando este pasatiempo, parecido a lo que en México se conoce como “arrancones”, decidimos presenciar este espectáculo aquí, la tarde un sábado, y recordar viejos tiempos.
La “Mobile International Speedway”, ubicada en el suroeste de la ciudad de Mobile, es uno de esos lugares donde los aficionados a este deporte se dan cita los fines de semana, habitualmente por la tarde, durante la mayor parte del año. Transportando sus vehículos en remolques adaptados para este uso, van llegando las familias completas que se van instalando en las áreas verdes con sus mesas y sombrillas para tomar una bebida refrescante y ver jugar a los más pequeños.
Algunas de estas competencias son a nivel internacional en fechas determinadas en el calendario del organismo que lo gestiona. Cabe mencionar que hay muchas mujeres que lo practican.
Como todo en esta vida, los dragsters también tienen su lado comercial, ya que estas competencias sirven además para publicitar a los patrocinadores como talleres mecánicos, marcas de refacciones automotrices, aditivos, etc. Algunos de ellos participan con sus propios vehículos.
Fabricados especialmente para estas competencias, son coches de ruedas traseras muy anchas, con un chasis muy largo y unas ruedas delanteras delgadas. Un impresionante motor sobresale en la parte de atrás del asiento del piloto, ofreciendo una bella estética automotriz para deleite de los amantes de este deporte.
Los modelos de coches americanos de las décadas de los 60 y 70 son los que más se prestan para este tipo de competencias. Mustang, Súper Bee, Javelin, Plymouth, son sólo unos cuantos modelos que se ven en estos encuentros.
Fuera del recorrido oficial de 402 metros, se prolonga el asfalto, y es justo ahí donde se prueban los vehículos, pasando uno por uno, los pilotos tratan de detectar los fallos que pudieran surgir en la competencia, pruebas denominadas “calentonas”.
En estas, los espectadores pueden pronosticar quién será el ganador de ese día, y así pueden elegir su lugar en la tribuna para tener la mejor foto de su corredor favorito.
Empiezan. Posicionado cada coche en su carril (en estas carreras van de dos en dos), unos metros antes de la línea de salida “queman llanta”, esto se logra haciendo patinar las ruedas traseras para dejar goma en el asfalto y así tener buen agarre en el arranque. El ruido del motor retumba en los oídos, lo cual me hace recordar la mascletá de las Fallas de Valencia.
En la parte central, frente a los dos vehículos, esta “el árbol de navidad” que es un semáforo que, por su forma, se asemeja a esta decoración, ya que tiene a cada lado una luz blanca que se ilumina cuando los vehículos están posicionados. Hacia abajo hay una luz roja y enseguida varias luces ámbar que se encienden en cascada hasta llegar a la de abajo que es la verde y que, al iluminarse, da la señal de salida.
Como un relámpago y después de unos cuantos segundos, el panel que se encuentra al final de los 402 metros se ilumina marcando el tiempo y la velocidad alcanzada.
Así pasan hasta unos 40 coches. Enseguida hay una segunda vuelta donde pasan por categorías de acuerdo con los tiempos obtenidos. Sucesivamente se van eliminando hasta que queda el ganador.
En los altavoces se escucha el himno nacional de los Estados Unidos. Todos los presentes se ponen de pie con la mano derecha en el pecho escuchando respetuosamente. Al terminar, se premia al ganador.
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