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Para empezar, no puedo titular esta colaboración “Si no nos llueve nos llovizna”, ya que en semanas pasadas escribí un artículo parecido pero con el verbo “tiznar”, por lo del volcán impronunciable, tristemente célebre, que hizo “travesuras” como el retraso y cancelación de miles de vuelos en Europa.
El título que escogí tiene que ver con un editorial de mi admirado Felipe Díaz Garza, que publicó en el periódico El Norte, este lunes 5 de julio y que se titula “Tontos y soberbios”.
En él hace referencia a la tragedia que estamos viviendo los neoloneses, específicamente los regiomontanos y habla también de cómo crucificamos en su tiempo a un arquitecto de apellido Bulnes, que construyó por pedido del entonces gobernador panista Fernando Canales, la Presa Rompepicos, que como todos sabemos nos salvó de mayores tragedias con el paso del Huracán Alex por Monterrey y todo Nuevo León.
No pretendo ni hacer un recuento de los daños, ni hablar de cosas que ya todos podemos ver en Internet y en los medios de comunicación mexicanos. Prefiero puntualizar varios aspectos que sé muchos regios y otros foráneos que han radicado aquí en mi querida ciudad, pueden coincidir conmigo y que nos dejan nuevamente lecciones que no queremos ver o aprender.
Primero: Monterrey usó y abusó de la infraestructura que alrededor del cauce del Río Santa Catarina realizó, armó, promovió, vendió, permutó, alquiló o negoció. No sólo con canchas de futbol (en el mejor de los casos no son demasiado costosas y ayudan a promover el deporte nacional por excelencia) sino además se “privatizó” (desconozco quién, cómo y quiénes fueron los “ganones” de ambos lados -comparador y vendedor-. ¡Yo pensé ingenuamente que el río era de todos!). Ya veíamos go cars, el mercado bajo el Puente de El Papa, asentamientos humanos desde posesionarios o gente humilde que puso sus tejabanes, hasta fraccionamientos más elegantes que dejaron casas casi en el aire (ver Valle del Seminario). ¡Vaya, hasta campo de golf, el cual incluso visitó una querida amiga en su viaje a la ciudad, en año nuevo!
El ex gobernador Natividad González Paras gastó más de 200 millones de pesos en hacer un parque lineal en el lecho, para que la gente caminara, corriera y se ejercitara, mismo que pasó a mejor vida gracias a Alex.
Lección uno: el cauce de un río es y será cauce de río, no importa que esté desértico y seco. Cuando vengan lluvias y aguas, por ahí pasarán. No nos demos golpes de pecho y lamentemos (o la mentemos a los demás) y, lección dos: alguien o muchos se enriquecieron al permitir y comercializar con lo que no se debe, ecológicamente hablando, y debemos estar más vigilantes o poner candados a ello para que no se repita frente a nuestras narices esas transacciones.
Segundo: Nuestra columna vertebral de vialidad (al menos de poniente a oriente y viceversa) eran –tiempo pasado- las dos grandes avenidas laterales del Río Santa Catarina, la legendaria Avenida Constitución y la más modesta y parchada Avenida Morones Prieto, mismas que han sido en tramos comidas por la fuerza del agua y que, por obvias razones, traerán en “jaque” a todos los que vivimos y usamos esas vías, que todavía me pregunto cómo la tormenta no se llevó automovilistas en las horas de la tragedia (igual sí y ni nos hemos enterado).
 Lección tres: no dimos mantenimiento ni reforzamos ese cauce que a todos nos daba servicio básico y que por muchos kilómetros se vio afectado. No soy ingeniero ni sé mucho de eso, pero se sabía ya qué tramos estaban expuestos a eso y más. ¡Antes no perdimos más kilómetros de avenidas! Lo cierto es que nos esperan meses largos de "tormenta vial" que ni en nuestras más alocadas pesadillas imaginamos alguna vez.
Tercero: los ricos también lloran. Esta tragedia, en comparación con otras, afectó a todos, y cuando digo a todos, no es sólo los habitantes de los Fomerreyes, ni de zonas marginadas de la ciudad. Ahora se unen a los damnificados, los vecinos que se pueden catalogar como clasemedieros, ricos y ultraricos, que viven en áreas de colonias como Cumbres, Contry y Garza García y que vieron sus casas llenas de lodo, rocas, piedras y otros objetos que ahora sí “llovieron” sobre sus coches y propiedades.
Lección cuatro: y tal vez la más impactante. Nadie está inmune a la tragedia y sus consecuencias, como en este caso la falta de agua, luz, y servicios básicos. Muchos ciudadanos nos sentimos damnificados en nuestros propios hogares, vulnerables y frustrados; aquí no importan ricos, pobres, feos, guapos, educados o letrados. Todos parejos sufrimos.
Puedo seguirle con otras lecciones más, como reconocer que sí pecamos de soberbia al creer que nada nos pasara a “nosotros los regios”. Hay quien pudiera pensar: “los demás... bueno, es que pobres, viven con más retraso, pero Nuevo León, pero Monterrey, ¡aquí somos muy fregones!” (como decía el pintor y escritor Enrique Canales, ya fallecido). Aquí somos número uno en todo, aquí las montañas nos protegían, aquí la Presa Rompepicos ya nos amparaba, aquí la tecnología (a diferencia del Huracán Gilberto de hace 22 años en que no había celulares, ni redes sociales en internet) ya nos ayudaba con su radar informático, aquí la virgencita en todas las versiones nos cubría con su manto protector.
¿Pues saben qué? Dios, el destino, la naturaleza, los astros o todo junto, nos dio una tremenda revolcada como para darnos ese “ubicatex 500 miligramos” que a veces todos necesitamos.
No somos inmunes a nada, somos humanos, no invencibles. Nuestra ciudad tiene fallas y abusamos de ella de manera grosera y altanera (ya sea trepándonos a los cerros o tirando basura y tapando coladeras o autorizando obras donde no se debe) y ahí tenemos las consecuencias.
Claro, también está el otro lado, el bonito, romántico y hasta sentimental: la solidaridad, la ayuda, el darnos la mano. Ya vendrán teletones, campañas, fluirá la ayuda nacional y casi internacional, conciertos a beneficio y todo un rosario de bendiciones para que pasado un tiempo nos vuelva a dar amnesia, no recordemos lo pasado y sigamos con singular alegría creyéndonos los muy fregones y meros meros.
Tal vez no nos merecíamos esto, pero sí lo propiciamos por no tomar precauciones y ayudar a la naturaleza en su curso. Aún cuando los muertos son realmente poquísimos para la magnitud del evento meteorológi co, los desastres materiales son cuantiosos y millonarios.
Reflexionemos, porque el mentado cambio climático llegó para quedarse. Tendremos veranos más ardientes, inviernos más congelantes y clima inestable –y vaya que Monterrey para eso ya se pintaba solo desde hace mucho-.
Nos falta más humildad para darnos cuenta que en segundos se puede venir abajo nuestro patrimonio o ver imágenes de coches “hechos bolita” o en carambola, como si una mano gigante los hubiera aventado a su antojo en una coladera. Nos hace falta quitarnos esa soberbia de muy “fregones”, que la mayoría de las veces nos estorba. Más que ayudar es un sobre exceso de confianza.
¡Vaya 2010 que estamos viviendo en Monterrey, y eso que apenas vamos a la mitad!
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