| ¡Burocracia a la mexicana! |
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| Däniken, SUIZA - Personal | ||||
| Miércoles, 03 de Febrero de 2010 06:16 | ||||
Hace unos días fuí a la embajada mexicana en Berna, Suiza, a tramitar la renovación de mi pasaporte. Éste venció en septiembre del 2009 y no había tenido la intención de renovarlo porque ya había hecho mi solicitud desde julio del mismo año para obtener la nacionalidad suiza. Pero me llevé una desagradable sorpresa cuando, en noviembre, recibí una carta del gobierno suizo confirmándome que mi solicitud estaba ya en trámite e informándome que dicho proceso podría llevarse un año. ¡Un año! Para no quedarme “despatriada” en estos largos meses, inicié el trámite en la embajada mexicana. El pasaporte vencido es el único que he tramitado de este lado del charco, desde que llegué aquí en 1999, por lo que 10 años borran cualquier recuerdo amargo de lo que siempre ha sido la burocracia mexicana. En primer lugar, no hay forma de ser atendido en esa dependencia sin previa cita. Para obtenerla se debe hacer una llamada telefónica y escuchar por lo menos 10 minutos de grabaciones en las que se nos explican todos los servicios consulares, saltando de una a otra de las teclas numéricas del aparato telefónico hasta que se encuentre el deseado. Bueno, si se encuentra y si no se pierde uno con tanta opción pitagórica. Luego, cuando por fin llegamos a la grabación destino, no hay nadie que conteste. Se deben dejar algunos datos personales como el nombre y el número telefónico del interesado para que ellos se comuniquen con nosotros, cuando puedan, claro está. Por supuesto que mientras ellos se comunican pasa -por lo menos- una semana y la cita que nos dan, será para otras tres o cuatro semanas después. En esta misma llamada la funcionaria nos explica de nuevo, de viva voz, todos los requisitos que ya escuchamos con anterioridad en las grabaciones, nos regaña por no haber renovado al momento de expirar el pasaporte y nos deja muy claro que, si los documentos requeridos no son actuales, originales o presentan alguna diferencia con el pasaporte o el acta de nacimiento en algún dato, ellos mismos pueden expedir los correctos bajo el módico costo tres veces mayor a su valor en México. Y de la tardanza, mejor ni hablar. Una vez en las nuevas oficinas berneses y luego de buscar como loca -y a pie- la entrada del edificio, llegué a mi destino. Nada más salir del elevador me encontré con la imagen que ven aquí abajo. Nada de recepción y nadie que saliera a decirnos hacia dónde o con quién dirigirnos. Si uno camina deambulando por los pasillos, ni siquiera los empleados con los que por casualidad se pudiera uno encontrar, son capaces de preguntarnos qué necesitamos o qué hacemos ahí.Tuve que asomarme en tres oficinas que estaban abiertas, y aún así la gente sólo volteaba de reojo sin hacer la menor mueca de sorpresa o ayuda. Encontré por casualidad a una mujer a la que años atrás conocí en una fiesta de una de mis paisanas y cuyo nombre -gracias a Dios- recordé. La llamé y me presenté, aunque ella me había visto desde que me asomé a su oficina, dijo que también se acordaba de mí y me preguntó si iba con ella. ¿Cómo podría yo saber con quién iba? Le comenté el motivo de mi visita e inmediatamente me mandó con otra persona. Eran las 10 de la mañana en punto y a partir de ahí el tiempo corrió más lento que nunca luego de mil y una calamidades con mi trámite. El documento oficial de identificación no me sirvió porque llevaba mis apellidos de casada, aún cuando en el teléfono me habían dicho que no importaba; entonces tendría que hacer un acta de identificación oficial ahí mismo, para lo que tendría que pagar otra módica cantidad monetaria. Entre que me revisaban cada documento, uno a uno, la empleada iba y venía tardándose por lo menos de 5 a 10 minutos entre cada papel que verificaba ¡a cuenta gotas! Comencé a desesperarme, pero en ese momento recordé que tal vez mi credencial de elector estaría en el coche. Además yo necesitaba aire fresco, así que puse pies en polvorosa y me lancé por ella. Ya de regreso, con la vieja credencial en mano, la empleada dejó caer un suspiro de alivio, por lo menos un documento menos que elaborar. Pero cuando cotejó mi firma de la credencial con la de la solicitud de renovación, volvió a fruncir el entrecejo: "¡No es la misma!", me dijo casi entre sollozos. "Claro, le dije, porque cuando me casé la cambié". "Entonces no nos sirve", me contestó muy decepcionada. Tuve que hacer una carta, de puño y letra en la que certificaba que ambas firmas eran, aunque diferentes, mías. Además de improvisar la redacción, debería especificar cuándo y por qué decidí cambiarlas. Lo más difícil no fue tanto la redacción sino la escritura, porque con tantos años de fusión manos-teclado, mi caligrafía deja mucho qué desear. A la Cónsul, al momento de autorizarla, no le gustó mucho la firma anterior. ¡Y cómo no. Tenía más de 10 años sin hacerla! Así que tuve que escribir de nuevo la carta pero practicar antes la firma hasta que me saliera al gusto de la señora Cónsul. Las manecillas del reloj, inexplicablemente, comenzaron a caminar más rápido; mis hijos saldrían en 20 minutos de la escuela y yo me encontraba a una hora de camino de mi casa. La empleada me preguntó si tenía prisa, yo llevaba en ese lugar una hora con 20 minutos exactamente, en una cita para la que se me había asignado una hora específica y la descripción de los documentos exactos dizque para no perder tiempo. ¿Cómo se atrevía a preguntarme si tenía prisa? ![]() Le contesté que mis hijos llegarían de la escuela, que no habría quién los recibiera ni les diera sus sacrosantos alimentos y que estaba muy lejos de casa. Ella, muy solidaria, también comenzó a estresarse: "yo también soy mamá y sé lo que siente, pero en México se pusieron muy requisitosos con los trámites de los pasaportes", me dijo muy angustiada. La pobre mujer hizo un esfuerzo sobre humano y en menos de 10 minutos ya estaba yo fuera de las oficinas. Me dirigí al elevador y al lado de las puertas de metal vi el escudo de la bandera mexicana que me hizo derretir el corazón. Una vez en el coche tuve algo de tiempo para repasar lo sucedido momentos antes. Me di cuenta de que aquello no era nuevo para mí, que tal vez lo tendría olvidado en un rincón de mi memoria y hoy hacía su aparición nuevamente. Poco a poco fue dibujándose una sonrisa en mi cara, saboreé aquella burocracia otrora tan familiar, me sentí de nuevo en mi tierra, con los míos, en mi ambiente. En ese ambiente que, a pesar de los pesares, conozco tan bien y que no me asusta porque sé cómo reaccionar. Y sí, lejos de enfadarme o quejarme, lo disfruté como quien come un manjar en medio del desierto. Toda una delicia. ¡Viva México, señores!
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Nada de recepción y nadie que saliera a decirnos hacia dónde o con quién dirigirnos. Si uno camina deambulando por los pasillos, ni siquiera los empleados con los que por casualidad se pudiera uno encontrar, son capaces de preguntarnos qué necesitamos o qué hacemos ahí.






Comentarios
He de contar una excepción, una vez de paso por Italia y queriendo ingresar a Francia me di cuenta de que mi pasaporte mexicano estaba a punto de vencerse. Los franceses me pedían un documento con una "vida" más larga. Acudí a la Emabajada de México en Roma y en unas horas me tramitaron uno nuevo.
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