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La semana pasada gocé de estar en contacto total con la naturaleza y vivir nuevas experiencias en un safari por el país de Kenia, un lugar con el que había soñado desde que tenía 6 años, cuando me tocó representar a África en un programa especial de misiones de mi iglesia.
Mis ojos disfrutaron al máximo el ver un precioso cielo azul y observar de cerca muchas especies de animales en libertad; escuchar el cantar de los pájaros al amanecer y el rugido del león al atardecer. Oler a tierra mojada cuando empezó a llover, tocar la piel suave de una jirafa y la piel áspera de un elefante y probar por primera vez carne de cocodrilo y de avestruz.
Salí junto con mi esposo e hijo de Dubai con el compromiso de que este viaje familiar fuera inolvidable. Decidimos apagar los teléfonos y disfrutar de un mundo nuevo, y lo logramos a pesar de que una maleta no llegó a tiempo, de que perdimos tres horas en un día a la orilla de dos ríos esperando que bajara la corriente para cruzar y de que no había agua caliente en los campamentos donde pasamos las noches.
Llegamos a Nairobi el viernes 4 de noviembre, casi a medianoche y nos instalamos en un hotel. El sábado, al amanecer, me desperté y me asomé por el balcón, vi las acacias y a personas de tez muy oscura y ropa de colores brillantes caminando por las calles y sentí mucha emoción. Por fin estaba en ese continente que era tan lejano e imposible conocer para mi cuando era pequeña.
Desayunamos y nos preparamos para iniciar el safari. Nuestro guía llegó puntual y nos explicó que llegar a Nakuru, nuestro primer destino, tomaría por lo menos cuatro horas, así que luego de un rato en el congestionado tráfico de la ciudad, tomamos la carretera. Después de una hora empezamos a subir una montaña y contemplé un paisaje verde muy hermoso, aunque sentía un poco de miedo cada vez que había que rebasar a un trailer porque el barranco era profundo.
Llegando al pueblo de Nakuru vimos muchos niños corriendo sin zapatos por las calles y mujeres cargando canastas de frutas en su cabeza. Después entramos al Parque Nacional del Lago Nakuru y avanzamos unos minutos hasta llegar a una rústica casa de huéspedes que está dentro del parque.
Una hermosa joven nos recibió con el saludo de “karibú”, que significa bienvenido en swahili. Nos mostró nuestra habitación donde cada cama tenía una tela de tul que había que acomodar antes de dormir sobre nosotros para protegernos de los insectos. Comimos y después subimos a la misma camioneta ahora con el techo levantado para que pudiéramos ir de pie y empezar nuestro primer recorrido.
Docenas de cebras e impalas se atravesaban por el camino, mientras nos íbamos acercando a la orilla del lago. Al llegar ahí bajamos para caminar al lado de flamingos, pelícanos y avestruces. Luego subimos una pequeña colina para encontrar una gran variedad de chimpancés saltando entre los árboles y rodeándonos cuando les tomábamos fotos.
Avanzamos más dentro del parque, esta vez sin bajar de la camioneta, ahí vimos entre diferentes tramos a los rinocerontes blancos, los búfalos y una
preciosa familia de leones. Empezó a llover y regresamos al campamento para cenar y disfrutar del sonido de los insectos nocturnos.
La mañana siguiente, muy temprano, salimos hacia el Lago Naivasha, donde después de viajar por dos horas tomamos un bote que nos acercó para ver un grupo de hipopótamos dentro del agua. Después el guía nos presentó a las águilas africanas que estaban sobre los árboles, él les silbó, lanzó un pez muerto y una águila bajó para tomarlo con su garra.
El clima era espectacular, un sol brillante pero con una brisa fresca. Vimos muchas especies de aves volando sobre nosotros, mientras avanzábamos hacia un islote. Al llegar a tierra nos bajamos para caminar por una hora entre jirafas, cebras y antílopes. ¡Fue increíble! me sentía como si estuviera siendo parte de un programa de Animal Planet.
Regresamos a la camioneta para seguir la aventura. Fue una hora más de buena carretera, pero luego tomamos un camino con muchos baches donde no se podía conducir a más de 60 kilómetros. Empezó a llover, lo cual hizo más difícil la conducción para el guía. Pasamos por el pueblo Narok y a partir de ahí había que recorrer 32 kilómetros más por otro camino angosto de tierra; dejó de llover pero había que cruzar un arroyo que estaba desbordado y llevaba mucha fuerza la corriente, por lo que tuvimos que esperar 40 minutos.
Faltaba muy poco para llegar a la reserva natural Masai Mara, pero nos topamos con un río desbordado, esta vez se veía mucho más difícil y hubo que esperar por dos horas y media hasta que bajara el nivel, teníamos hambre pero la espera se hizo amena al compartir el tiempo con gente de una tribu local y con los turistas que llegaban en otras camionetas.
Entramos al campamento dentro de la reserva poco antes de la puesta del sol, ahí nos guiaron a una linda tienda de campaña equipada con sanitario, regadera y camas con mosquiteros, pero donde la electricidad estaba limitada a sólo tres horas durante la noche y una por la mañana.
Más emociones...
Al día siguiente, antes de las 8 de la mañana, ya estábamos en la camioneta para disfrutar de todo un día por Masai Mara, que es la continuación natural de las llanuras del Serengeti, en Tanzania. Ahí vimos varias manadas de cientos de ñúes y cebras, nos acercamos a tres grupos de leones en las colinas y disfrutamos cuando una chita alimentaba a sus tres cachorritos bajo unos arbustos.
Otras imágenes que quedarán grabadas por siempre son las que nunca se ven en los zoológicos, la verdadera vida salvaje, un león que devoraba a una cebra y un chita que traía en su hocico una gacela bebé recién capturada. Ahí me conmovió ver y escuchar a la mamá gacela llorando a lo lejos mientras el chita comía a su presa.
Al mediodía cruzamos el Río Mara para descansar y comer al aire libre disfrutando del paisaje. Después continuamos el paseo hasta las 6 de la tarde viendo jirafas y elefantes, caminando tranquilamente por las praderas y entre las acacias.
Regresamos al campamento muy cansados pero muy felices por un día maravilloso. A mi hijo le dije: “Yo no creo poder volver, pero prométeme que tú regresarás y traerás a tus hijos”. El sonrió y dijo “¡claro que sí!”.
Al día siguiente había que volver a Nairobi, pero antes entramos a una aldea de la tribu Mara donde aprendimos mucho sobre sus tradiciones y cultura. Ahí pude acercarme a un grupo de niños pequeñitos que corrían descalzos y se veían tan tiernos que no me importó que sus naricitas tuvieran mocos: los abracé, les di besos y me tomé fotos con ellos.
En Nairobi visitamos varios lugares interesantes, pero el que más me cautivó fue el orfanato de los elefantes donde cada uno tiene un nombre y una historia de cómo fue rescatado de la caza furtiva, o porque se le encontró lastimado y fue llevado ahí para curar sus heridas, alimentarlo y con el tiempo reintegrarlo a su hábitat.
Me siento muy privilegiada de haber podido realizar este viaje. Quise buscar un adjetivo que lo pudiera describir, pero en realidad son muchos: fascinante, inolvidable, sorprendente, maravilloso, simplemente... ¡fue un sueño hecho realidad!
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