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¡Inmigrante en Dubai por seis años! PDF Imprimir E-mail
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Domingo, 05 de Febrero de 2012 19:47
Dubai.Dubai.Este 5 de febrero hace 6 años que llegué a Dubai. El cambio de residencia fue muy rápido, no tuve tiempo de investigar nada sobre esta ciudad, pero desde los primeros días que caminé por sus calles limpias, me gustó. La seguridad que empecé a respirar me impactó y el ambiente multicultural me cautivó.

 
Costumbres de la tribu masai en África PDF Imprimir E-mail
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Viernes, 18 de Noviembre de 2011 11:42

Entrar a una aldea del pueblo Masai es como entrar en las páginas de un libro del mundo antiguo...

  


En mi viaje a Kenia tuve la oportunidad de conocer sobre la tribu masai, que se localiza en el suroeste de este país africano. Quedé sorprendida de cómo los nativos están orgullosos de su cultura y sus tradiciones, aunque para mi fue difícil creer que un hombre puede tener varias esposas sin límite para tener hijos.

Durante el safari que realicé con mi familia, me llamó la atención la gran cantidad de hombres masai que veíamos a la orilla de los caminos, pastoreando ovejas o vacas; todos ellos muy delgados, altos y cubiertos hasta las rodillas con telas con diseños de cuadros o rayas rojas, amarillas y naranjas, principalmente.

También vi mujeres lavando ropa en los ríos, por lo que le pregunté a nuestro guía si era posible conocer más sobre la manera de vivir de ellos. Él me contestó que podíamos visitar un lugar donde reciben a los turistas que llegan para comprar artesanías.

Un hijo del jefe de una villa nos dio la bienvenida, ya que además de hablar el dialecto masai, también dominaba el inglés. Nos invitó a pasar y convocó primero a un grupo de hombres y después a mujeres para que nos presentaran sus cantos y danzas típicas que realizan cuando celebran algo importante, como un nacimiento. Esto fue como estar viendo una película, ya que lo que los distingue son los sonidos que hacen con sus bocas mientras uno solo canta, al tiempo que otros hombres dan saltos en un sólo lugar.

El joven de 21 años me contestó todas las preguntas que le hice. Nos explicó que son una etnia semi-nómoda, que por familias integradas alrededor de un centenar de personas tienen un jefe o anciano líder que los guía a establecerse por un promedio de ocho años en un sitio, tiempo que sus casas resisten. Después se mueven a otro lugar donde haya prado para su ganado y vuelven a construir.

El papel del hombre y la mujer

Los hombres son los responsables de cercar primero el terreno, o “kraal”, como lo llaman, con troncos de acacia, mientras que las mujeres son quienes construyen las casas o “inkajijik”, con varas, lodo, orina y excremento de vaca. 

Los varones o guerreros son los encargados de proveer el alimento por medio de la caza o de su propio ganando y las mujeres de cuidar de los hijos, suplir agua y ordeñar las vacas. Los hijos menores de 15 años, algunos van a la escuela y otros se quedan para ayudar en las labores de la casa. En los últimos años aquellos que viven cerca de las zonas turísticas han aceptado que el gobierno les envíe maestros para que también aprendan el idioma oficial, que es el “swahili” y algo de inglés, pero asisten sólo si el padre de familia lo autoriza.

Pregunté sobre su religión y la respuesta es que no tienen una deidad. Ellos sólo creen sólo en la fuerza de la naturaleza; agradecen a la lluvia y a las tormentas porque es de quien reciben el beneficio para que ellos y sus animales puedan vivir.

Nos invitaron a entrar a una casita típica de cuatro por cuatro metros, sin ninguna ventana y piso de tierra. Había una cama a cada lado y una pequeña fogata en medio, que es la cocina con la que nos iluminaba. Ahí vivía un matrimonio y tres pequeños, la mujer estaba cargando a un bebé de unos seis meses que tosía. Pregunté si acuden a un hospital cuando se enferman y la respuesta fue no; sólo buscan remedios naturales recomendados por los ancianos de la aldea.

El guía me presentó después a la partera y mencionó que ella también atiende a todas las mujeres embarazadas y además realiza la circuncisión a las adolescentes. En ese punto el guía no entró en detalles, pero es tradición que alrededor de los 15 años a las jovencitas se les practique este operación, según por higiene. Yo quedé muy impactada cuando lo dijo, porque lo considero como algo muy primitivo y en contra de los derechos de las mujeres el mutilarles el clítoris.

También dijo que los hombres durante su pubertad son circuncidados en un rito en el que tienen que demostrar su valor al tratar de no gritar, ni siquiera cerrar los ojos durante la operación sin anestesia, ya que si se mueven durante el procedimiento no hay fiesta posterior de celebración.

Después de su recuperación, se lleva a los jóvenes por un mínimo de ocho meses fuera de la aldea donde son entrenados para enfrentar la vida y aprender a ser cazadores. Durante todo ese tiempo visten de negro y no se cortan el cabello. Al regresar son recibidos como un nuevo guerrero y pocos años después el padre le elige a su primera esposa.

Le pregunté al joven masai que cuántos hermanos tiene y él dijo que no sabía, ya que su padre ha tenido siete mujeres y muchos niños.

Luego nos invitó a ver la artesanía que las mujeres hacen para vender a los turistas. Había un círculo de más de 20 mujeres sentadas en la tierra con una manta extendida en la que exhibían aretes, pulseras y collares hechos con huesos y piedras. Escogí una pulsera de una vendedora y un collar de otra, pero quien cobró fue el joven, quien luego entregó el dinero a la mujer más anciana del grupo.

Finalmente me incliné para acariciar a niños y niñas que estaban alrededor de las mujeres para tomarme fotos con ellos. Todos los pequeñitos se veían muy bien alimentados, pero sus ropas estaban muy desgastadas y la gran mayoría no tenían zapatos.

Difícil de creer, pero es así como cerca de medio millón de personas viven en el sur de Kenia y en el norte de Tanzania. No hay un número exacto porque ellos se sienten autónomos y no todos se dejan censar. Si no aceptan los controles natales y las mujeres empiezan a tener hijos desde muy jóvenes, es una población que seguro seguirá creciendo y defendiendo sus tradiciones, aunque para mi y muchos más sean muy primitivas.

 
Kenia: ¡un viaje inolvidable! PDF Imprimir E-mail
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Martes, 15 de Noviembre de 2011 00:19

La semana pasada gocé de estar en contacto total con la naturaleza y vivir nuevas experiencias en un safari por el país de Kenia, un lugar con el que había soñado desde que tenía 6 años, cuando me tocó representar a África en un programa especial de misiones de mi iglesia.

Mis ojos disfrutaron al máximo el ver un precioso cielo azul y observar de cerca muchas especies de animales en libertad; escuchar el cantar de los pájaros al amanecer y el rugido del león al atardecer. Oler a tierra mojada cuando empezó a llover, tocar la piel suave de una jirafa y la piel áspera de un elefante y probar por primera vez carne de cocodrilo y de avestruz.

Salí junto con mi esposo e hijo de Dubai con el compromiso de que este viaje familiar fuera inolvidable. Decidimos apagar los teléfonos y disfrutar de un mundo nuevo, y lo logramos a pesar de que una maleta no llegó a tiempo, de que perdimos tres horas en un día a la orilla de dos ríos esperando que bajara la corriente para cruzar y de que no había agua caliente en los campamentos donde pasamos las noches.

Llegamos a Nairobi el viernes 4 de noviembre, casi a medianoche y nos instalamos en un hotel. El sábado, al amanecer, me desperté y me asomé por el balcón, vi las acacias y a personas de tez muy oscura y ropa de colores brillantes caminando por las calles y sentí mucha emoción. Por fin estaba en ese continente que era tan lejano e imposible conocer para mi cuando era pequeña.

Desayunamos y nos preparamos para iniciar el safari. Nuestro guía llegó puntual y nos explicó que llegar a Nakuru, nuestro primer destino, tomaría por lo menos cuatro horas, así que luego de un rato en el congestionado tráfico de la ciudad, tomamos la carretera. Después de una hora empezamos a subir una montaña y contemplé un paisaje verde muy hermoso, aunque sentía un poco de miedo cada vez que había que rebasar a un trailer porque el barranco era profundo.

Llegando al pueblo de Nakuru vimos muchos niños corriendo sin zapatos por las calles y mujeres cargando canastas de frutas en su cabeza. Después entramos al Parque Nacional del Lago Nakuru y avanzamos unos minutos hasta llegar a una rústica casa de huéspedes que está dentro del parque.

Una hermosa joven nos recibió con el saludo de “karibú”, que significa bienvenido en swahili. Nos mostró nuestra habitación donde cada cama tenía una tela de tul que había que acomodar antes de dormir sobre nosotros para protegernos de los insectos. Comimos y después subimos a la misma camioneta ahora con el techo levantado para que pudiéramos ir de pie y empezar nuestro primer recorrido.

Docenas de cebras e impalas se atravesaban por el camino, mientras nos íbamos acercando a la orilla del lago. Al llegar ahí bajamos para caminar al lado de flamingos, pelícanos y avestruces. Luego subimos una pequeña colina para encontrar una gran variedad de chimpancés saltando entre los árboles y rodeándonos cuando les tomábamos fotos.
 

 
Avanzamos más dentro del parque, esta vez sin bajar de la camioneta, ahí vimos entre diferentes tramos a los rinocerontes blancos, los búfalos y una
preciosa familia de leones. Empezó a llover y regresamos al campamento para cenar y disfrutar del sonido de los insectos nocturnos.
 
La mañana siguiente, muy temprano, salimos hacia el Lago Naivasha, donde después de viajar por dos horas tomamos un bote que nos acercó para ver un grupo de hipopótamos dentro del agua. Después el guía nos presentó a las águilas africanas que estaban sobre los árboles, él les silbó, lanzó un pez muerto y una águila bajó para tomarlo con su garra.
 
El clima era espectacular, un sol brillante pero con una brisa fresca. Vimos muchas especies de aves volando sobre nosotros, mientras avanzábamos hacia un islote. Al llegar a tierra nos bajamos para caminar por una hora entre jirafas, cebras y antílopes. ¡Fue increíble! me sentía como si estuviera siendo parte de un programa de Animal Planet.
 
Regresamos a la camioneta para seguir la aventura. Fue una hora más de buena carretera, pero luego tomamos un camino con muchos baches donde no se podía conducir a más de 60 kilómetros. Empezó a llover, lo cual hizo más difícil la conducción para el guía. Pasamos por el pueblo Narok y a partir de ahí había que recorrer 32 kilómetros más por otro camino angosto de tierra; dejó de llover pero había que cruzar un arroyo que estaba desbordado y llevaba mucha fuerza la corriente, por lo que tuvimos que esperar 40 minutos.
 
Faltaba muy poco para llegar a la reserva natural Masai Mara, pero nos topamos con un río desbordado, esta vez se veía mucho más difícil y hubo que esperar por dos horas y media hasta que bajara el nivel, teníamos hambre pero la espera se hizo amena al compartir el tiempo con gente de una tribu local y con los turistas que llegaban en otras camionetas.
 
Entramos al campamento dentro de la reserva poco antes de la puesta del sol, ahí nos guiaron a una linda tienda de campaña equipada con sanitario, regadera y camas con mosquiteros, pero donde la electricidad estaba limitada a sólo tres horas durante la noche y una por la mañana.
 
Más emociones...
 
Al día siguiente, antes de las 8 de la mañana, ya estábamos en la camioneta para disfrutar de todo un día por Masai Mara, que es la continuación natural de las llanuras del Serengeti, en Tanzania.  Ahí vimos varias manadas de cientos de ñúes y cebras, nos acercamos a tres grupos de leones en las colinas y disfrutamos cuando una chita alimentaba a sus tres cachorritos bajo unos arbustos.
 
Otras imágenes que quedarán grabadas por siempre son las que nunca se ven en los zoológicos, la verdadera vida salvaje, un león que devoraba a una cebra y un chita que traía en su hocico una gacela bebé recién capturada. Ahí me conmovió ver y escuchar a la mamá gacela llorando a lo lejos mientras el chita comía a su presa.
 
Al mediodía cruzamos el Río Mara para descansar y comer al aire libre disfrutando del paisaje. Después continuamos el paseo hasta las 6 de la tarde viendo jirafas y elefantes, caminando tranquilamente por las praderas y entre las acacias.
 
Regresamos al campamento muy cansados pero muy felices por un día maravilloso. A mi hijo le dije: “Yo no creo poder volver, pero prométeme que tú regresarás y traerás a tus hijos”. El sonrió y dijo “¡claro que sí!”.
 
Al día siguiente había que volver a Nairobi, pero antes entramos a una aldea de la tribu Mara donde aprendimos mucho sobre sus tradiciones y cultura. Ahí pude acercarme a un grupo de niños pequeñitos que corrían descalzos y se veían tan tiernos que no me importó que sus naricitas tuvieran mocos: los abracé, les di besos y me tomé fotos con ellos.
 
En Nairobi visitamos varios lugares interesantes, pero el que más me cautivó fue el orfanato de los elefantes donde cada uno tiene un nombre y una historia de cómo fue rescatado de la caza furtiva, o porque se le encontró lastimado y  fue llevado ahí para curar sus heridas, alimentarlo y con el tiempo reintegrarlo a su hábitat.
 
Me siento muy privilegiada de haber podido realizar este viaje. Quise buscar un adjetivo que lo pudiera describir, pero en realidad son muchos: fascinante, inolvidable, sorprendente, maravilloso, simplemente... ¡fue un sueño hecho realidad!
 
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