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Arno Burkholder
Miguel Ángel Granados Chapa y sus recuerdos en Excélsior PDF Imprimir E-mail
Ciudad de México, MÉXICO - Sociedad
  
Domingo, 23 de Octubre de 2011 15:19
Miguel Ángel Granados Chapa.Miguel Ángel Granados Chapa.
En octubre de 2006, yo corría de un lado para otro intentando terminar mi tesis doctoral, la cual trata sobre la historia del periódico Excélsior. Mi interés estaba en contar la historia de la empresa más que la del diario en sí, por lo que necesitaba conocer lo más posible el funcionamiento de esa compañía.

Para lograrlo, tuve que entrevistar a diversas personas que trabajaron en Excélsior, y uno de ellos fue Miguel Angel Granados Chapa. 

No fue fácil encontrarlo. El maestro Granados era una persona muy ocupada. Luego de varios intentos, pude al fin "cazarlo" en el Club de Periodistas de México, a dónde él había acudido para presentar la nueva edición de "Los Periodistas", la novela-reportaje con la que Vicente Leñero estableció la "versión canónica" de lo ocurrido en Excélsior durante la dirección de Julio Scherer. 

Recuerdo que el maestro hizo carcajear al público presente, al decirle que el edificio de Excélsior de Reforma 12 se estaba ladeando hacia la derecha, lo cual era totalmente congruente con la línea editorial del diario desde su fundación en 1917. 

Al terminar la presentación me acerqué a saludarlo. Me dijo que me conocía y que sabía el trabajo que yo estaba realizando.

Se llevó el dedo índice derecho a los labios, miró hacia arriba, y luego me dijo "lo espero en mi oficina a las diez de la mañana". 

Allí estuve, en una cerrada que está paralela a Avenida Universidad. Me ofreció un café, platicamos sobre conocidos comunes, y fue muy amable conmigo al contarme un pedazo de su vida: su etapa en Excélsior entre 1966 y 1976. 

El maestro Granados llegó a Excélsior por recomendación de un amigo suyo, quien le contó que había una vacante en la mesa de redacción. Fue recibido por una de las leyendas de ese diario: Víctor Velarde, uno de los jefes de información más importantes en la historia de Excélsior. Luego de un examen, Granados se convirtió en miembro del periódico. Durante dos años fue asalariado, hasta que en 1968 se convirtió en cooperativista. Eso hizo que su condición económica mejorara, y pasara de cobrar 4 mil pesos al mes a más del doble en 1970. 

Para ese entonces, Excélsior había vivido una de sus mayores crisis, luego de la muerte de quienes lo sostuvieron por décadas: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. Gracias a ellos Excélsior se convirtió en una cooperativa, una empresa en la que todos los trabajadores son dueños, y como tal comparten los riesgos y las ganancias. Todos los cooperativistas tienen derecho de opinar sobre la marcha de su empresa. Sin embargo, en el caso de Excélsior, las opiniones al final no contaban: eran las decisiones de De Llano y Figueroa las que se materializaban. 

Al morir estos dos personajes, la cooperativa tuvo que aprender a gobernarse a sí misma, pero no fue sencillo. En 1965 hubo un violento enfrentamiento entre dos grupos que querían mandar en el periódico. El grupo perdedor fue "expulsado" de Excélsior, pero siguieron presionando hasta la salida de Julio Scherer en 1976. Muchos periodistas querían trabajar en Excélsior porque allí les pagaban bien, en comparación con otros medios. Además, siempre había la posibilidad de tener "trabajos extra", los cuales eran asignados arbitrariamente. La cooperativa había envejecido y no aceptaba fácilmente a nuevos miembros, como Granados. 

Al principio, Julio Scherer se burlaba de él diciendole "el licenciado". Y es que hay que recordar que Granados estudió Derecho y Periodismo (y luego hizo estudios de doctorado en historia), en una época en la que la norma en las redacciones era, a lo más, haber terminado uno o dos semestres en la Universidad Nacional. 

Entrada al periódico Excélsior.Entrada al periódico Excélsior.
Cuando Scherer se convirtió en director de Excélsior, Granados se unió a él, a pesar de que había votado en su contra en las elecciones de 1968.

Granados esperaba que Víctor Velarde fuera el director, pero a pesar del prestigio que tenía dentro del diario, perdió. 

Con Scherer llegó una nueva generación a dirigir Excélsior: más críticos del Estado, pero también con vicios. Scherer sabía que contaba con la planta de reporteros más importante de México, pero también que muchos de ellos aceptaban sobornos y habían acumulado fortunas gracias a sus contactos políticos. 

Un reportero promedio de Excélsior ganaba ocho mil pesos mensuales. Pero gracias a sus contactos, comisiones y negocios extra, esa cantidad podía fácilmente dispararse hasta los 75 mil. 

Despedir a todos los reporteros por corruptos hubiera destruido a Excélsior. El único camino posible estaba en apartarlos gradualmente del periódico.

Fue así como Carlos Denegri, el gran reportero de los años 40-60 comenzó a desaparecer, mientras que otros, muy jóvenes, encontraban su primera oportunidad en el diario comandado por Scherer. 

Junto a Scherer había un "Estado mayor" que lo ayudaba a gobernar Excélsior. Vicente Leñero, Hero Rodríguez Toro, Alberto Ramírez de Aguilar, Manuel Becerra Acosta hijo, Regino Díaz Redondo y por supuesto el maestro Granados. Este grupo decidía sobre la integración de los consejos y comisiones de la cooperativa, pero tuvo que enfrentarse a otros enemigos, dentro y fuera de la empresa, lo que a la larga los desgastó. 

Scherer se proponía "democratizar" a la cooperativa Excélsior, pero para ello primero debía transformar al periódico abriéndolo a las posturas políticas de la época. Sin embargo, ello provocó que sus relaciones con la iniciativa privada y la presidencia de la república se volvieran cada vez más tirantes. 

Recibó la medalla Belisario Domínguez en 2008.Recibó la medalla Belisario Domínguez en 2008.
Y eso que, el cambio en la línea editorial no provocó ninguna queja por parte de los lectores de Excélsior.

A pesar de la posterior fama de la página editorial del diario (donde escribían -entre otros- Daniel Cosío Villegas, Jorge Ibargüengoitia, Ricardo Garibay, Marcos Moshinsky y Heberto Castillo) esa sección no era tan leída.

Al público de Excélsior le interesan más los reportajes de color y las entrevistas. 

Entre 1974 y 1975, quedó claro que Scherer no buscaría reelegirse como director de Excélsior, por lo que empezaron a formarse dos grupos: uno a favor de Regino Díaz Redondo y otro apoyando a Granados Chapa. 

Siempre fue un misterio para el maestro Granados cómo pudo crecer Regino Díaz Redondo dentro de Excélsior. Le parecía un hombre sin capacidades sobresalientes, mal redactor, prepotente y entregado a distintas adicciones. Pero alguna vez, Scherer le explicó que para él, sobre todas esas fallas, estaba la lealtad que Díaz Redondo le había mostrado durante la crisis de 1965 y en la elección de 1968. 

Scherer "empujó" a Díaz Redondo para que éste se convirtiera en presidente del Consejo de Administración de Excélsior, pero éste aprovechó la ola de rumores al interior de la empresa para hacerse de partidarios, con la intención de convertirse en el nuevo director general. 

Granados (y otras personas) alertaron a Scherer sobre la inminente traición de Díaz Redondo, pero él no los escuchó. 

El ocho de julio de 1976, el maestro Granados defendió a Julio Scherer cuando él tuvo que salir del edificio de Reforma 18, luego de que fue imposible exponer su postura ante la asamblea general de la cooperativa, y también al darse cuenta de que el presidente Luis Echeverría no lo apoyaría como sí hizo anteriormente. La imagen de Granados con el puño en alto y gritando "¡Scherer, Scherer"! mientras salían de Excélsior es reflejo de la tensión que se vivía en ese momento y también de las convicciones del maestro. Meses después de su salida, fundaron la revista política más importante del último cuarto del siglo XX mexicano: Proceso

Granados colaboró un tiempo en esa primera etapa, pero pronto se retiró para seguir otros caminos. Regresaría a Proceso en los últimos años de su vida. 

La última vez que platiqué con el maestro Granados fue en el aeropuerto de Monterrey, donde yo estaba haciendo una estancia posdoctoral en el ITESM, y él había asistido a un coloquio organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Quedamos en volver a platicar (ahora sobre un proyecto distinto), pero desgraciadamente ya no pudo concretarse. 

Por cierto, una de las pasiones del maestro Granados era la historia del periodismo. 

En 1994, el naciente periódico Reforma estuvo a punto de desaparecer porque la Unión de Voceadores decidió no vender más ejemplares del diario. En una reunión de alto nivel, los directores de Reforma conocieron una viejísima historia: 

Publicó su columna durante 34 años.Publicó su columna durante 34 años.
En 1932, luego de convertirse en cooperativa, el diario Excélsior también sufrió un boicot por parte de los voceadores.

Lo único que se les ocurrió a los trabajadores del diario fue agarrar las pacas con los ejemplares y salir ellos a las calles a venderlos. 

Reporteros, columnistas, redactores y trabajadores de Excélsior se encargaron durante varias semanas de vender su periódico, para demostrarle a los voceadores y al público que eran capaces de todo por defender su trabajo. 

Los directores de Reforma decidieron hacer lo mismo, y entre noviembre de 1994 y marzo de 1995, las calles más importantes de la Ciudad de México se llenaron de "neovoceadores".

Muchos de ellos sólo eran lectores de Reforma, no tenían ninguna otra relación con el diario; pero no estaban dispuestos a permitir que su diario favorito desapareciera. Siempre hay que tener presente al pasado: la persona que les contó esa historia a los dueños de Reforma fue Miguel Ángel Granados Chapa.

El autor es Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Miembro de la Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica, del Seminario "Periodismo, Historia y Sociedad" del Instituto Mora y del "Seminario de estudios interdisciplinarios sobre la prensa", de la FES Acatlán. Está terminando su primer libro "La red de los espejos; una historia del diario Excélsior (1916-1976)", de próxima aparición y además es autor del blog http://www.clionautica.blogspot.com/

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Historia de las drogas en México PDF Imprimir E-mail
Ciudad de México, MÉXICO - Sociedad
  
Jueves, 21 de Julio de 2011 00:00

Nuestra sociedad tiene una relación muy difícil con las drogas. Por una parte sabemos que son dañinas y las atacamos hasta el punto que en muchas ocasiones hemos soñado con su desaparición; pero por otro las buscamos ávidamente, como si nuestra vida no tuviera sentido sin ellas.

La sociedad contemporánea no podría existir sin las drogas. Es tanta la presión de la vida moderna que necesitamos de ellas para sobrevivir. Ya sea la cafeína que millones consumimos todos los días, el tabaco, las pastillas tranquilizantes, los antidepresivos, las bebidas energéticas y, por supuesto, las drogas prohibidas. Si todas ellas no existieran, el mundo sería diferente, pero no necesariamente sería mejor.

Antecedentes

¿Cómo surgieron las drogas? ¿y cómo llegamos los mexicanos a vivir frente a esta montaña de más de 40 mil cadáveres que cada día crece más? Como siempre, necesitamos revisar el pasado para comprender nuestro presente.

Las culturas prehispánicas conocían y usaban muchas drogas, ya fuera como medicina o para fines ceremoniales. De todas ellas la más importante es la mariguana, una planta que normalmente se fuma y que ha estado presente en toda la historia de México.

La sociedad mexicana ha variado su opinión con respecto a las drogas. En términos generales han sido vistas como un producto negativo pero necesario; algo de lo que no se puede prescindir pero que se reconoce como dañino.

Durante el Siglo 19, la mariguana fue una "droga de pobres", muy consumida por los soldados y en las cárceles, mal vista por la parte más rica de la sociedad mexicana, la cual tenía dinero para consumir otro tipo de estupefacientes que le llegaban de otras partes del mundo, como la belladona, el láudano, el opio, y por supuesto la cocaína.

El Estado mexicano intentó controlar el consumo de drogas desde el Siglo 19. En 1846 surgió el primer reglamento para establecer boticas en la Ciudad de México, únicos lugares autorizados para elaborar y vender aquellos narcóticos tolerados por el gobierno. En 1870 se estipuló que sólo podían venderse bajo receta médica, y en 1884 el Consejo Superior de Salubridad realizó un primer catálogo de "tóxicos y sustancias peligrosas".

Sin embargo, era difícil controlar su venta, entre otras razones por la debilidad del Estado y porque la sociedad las necesitaba. Como dije antes, la mariguana era vista como una droga de clases bajas, relacionada con el pulque y que llevaba a los pobres a cometer delitos, mientras que aquellos que tenían más dinero y educación consumían otro tipo de productos, entre ellos la heroína.

A fines del Siglo 19 apareció la cocaína, que al principio fue vista como una panacea: lo mismo daba energía a los burócratas que a los estudiantes y curaba las enfermedades de las mujeres y los niños. Tuvo que pasar el tiempo para que esta visión idílica se transformara hasta la imagen que tenemos hoy.

Los ejércitos que se enfrentaron durante la Revolución Mexicana fumaban mucha mariguana: era la única manera de soportar el hambre, las enfermedades y el horror de la muerte que los rodeaba. Al terminar la guerra civil, el nuevo Estado mexicano intentó regular el consumo y distribución de las drogas, pero rápidamente se corrompió ante los grupos que empezaron a cultivar mariguana y amapola en el norte del país.

Sin embargo, y esto es importante mencionarlo, la producción y el consumo de drogas en México hasta el último cuarto del Siglo 20 fue relativamente pequeño; el Estado mexicano no tenía que preocuparse por la existencia de esos grupos criminales ya que no eran poderosos y los mantenía controlados.

La droga que llegaba del exterior normalmente no se quedaba en México, sino que seguía su curso hasta llegar a Estados Unidos, donde el consumo siempre ha sido mucho mayor.

Empiezan los problemas

Los problemas empezaron en los años 80 del Siglo 20, cuando el Estado mexicano comenzó a debilitarse mientras los cárteles se fortalecían. Poco a poco empezó a llegar cada vez más droga y más dinero a México mientras los controles estatales se achicaban cada vez más. Además de que la droga ya se quedaba en el país en lugar de seguir su camino hacia el norte.

Los mexicanos comenzaron a consumir más cocaína, lo que le dio más dinero a las organizaciones criminales, quienes lo repartían en mayores cantidades a las autoridades aprovechando que eran corruptas.

México y Estados Unidos han colaborado para combatir el consumo de drogas desde finales de los años 60, pero esta asociación no ha sido sencilla y en varias ocasiones ha enfrentado a los dos países; sólo baste recordar la crisis diplomática que vivimos luego de que Enrique Camarena, un agente de la DEA, fue asesinado en Guadalajara por investigar el tráfico de drogas en México.

Al crecer los cárteles, el Gobierno mexicano intentó fortalecerse, por lo que creó diversos organismos con los cuales combatirlos. En 1989 surgió el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), en 1993 el Instituto Nacional para el Combate a las drogas (INCD), y en 1995 el Sistema Nacional de Seguridad Pública.


El Estado mexicano reconoció desde el principio que el crecimiento del narcotráfico en el país era un problema de seguridad nacional, pero también sabía que no contaba con los recursos para combatirlo, y que el arma más terrible de los narcotraficantes era la corrupción, como quedó demostrado en 1997. En ese año, el director del INCD, general Jesús Gutiérrez Rebollo, fue arrestado por proteger a diversos grupos del crimen organizado.

Ante la falta de recursos, el Gobierno mexicano tuvo que buscarlos en Estados Unidos, pero eso no era sencillo. Los norteamericanos desconfiaban del gobierno por su corrupción, aunque también supieran que lo necesitaban para tener a México en paz. La cooperación entre los dos países creció a finales del Siglo 20, con más armas y tecnología, además de que el FBI y la DEA comenzaron a capacitar a la policía mexicana.

Para los años 90, el Ejército tuvo mayor participación en esta nueva "guerra contra las drogas". Hasta ese momento, se encargaba normalmente de destruir plantíos, pero dada la capacidad de fuego de los grupos de narcotraficantes, las fuerzas armadas tuvieron que entrar en la lucha para someterlos.

La captura de diversos jefes delictivos como Osiel Cárdenas, Benjamín Arellano Félix, Adán Amezcua y Gilberto García Mena provocó que surgieran nuevos cárteles más pequeños y violentos, lo que recrudeció el conflicto. Para el año 2005 en los estados de Guerrero y Michoacán la violencia alcanzó niveles nunca vistos, por lo menos desde los días de la Revolución Mexicana.

Al comenzar el sexenio de Felipe Calderón, se encontró con que grandes porciones del territorio nacional estaban controladas por las organizaciones criminales, las cuales además de comerciar con droga realizaban otros negocios turbios, como el secuestro y la extorsión.

Estas organizaciones estaban peleadas entre sí, lo que recrudecía la violencia, especialmente en la frontera, provocando el enojo de Estados Unidos, y lo que es más importante: a pesar de todos los operativos realizados con anterioridad, las drogas seguían cruzando la frontera sin ningún problema.

El futuro

El 11 de diciembre de 2006, el gobierno de Felipe Calderón empezó su guerra contra las drogas. Su intención no era acabar con el consumo, sino controlar a los grupos criminales que se han hecho muy poderosos. A partir de 2007, el Ejército Mexicano realizó operativos en Baja California, Sinaloa, Durango, Nuevo León, Chihuahua, Guerrero, Michoacán y otros estados.

Los enfrentamientos entre el Ejército y los grupos criminales han hecho que México esté bañado en sangre. A los más de 40 mil muertos hay que agregar los cientos de miles de afectados por la violencia: huérfanos, viudas, desplazados, exiliados y desaparecidos que hay en todo el país.

Felipe Calderón ha dicho muchas veces que no hay otro camino para resolver este problema. Fortalecer el Estado, haciéndolo más violento, parece ser la única vía para terminar con las organizaciones criminales. Sin embargo, cada vez más voces claman por otra solución: muchos consideran que la violencia podría disminuir si se legaliza el consumo de drogas y se enfoca como un problema de salud.

Lo cierto es que en México es legal el consumo y transporte de drogas, pero siempre para uso individual. Cualquier ciudadano puede portar hasta cinco gramos de mariguana y 50 miligramos de cocaina sin que la autoridad pueda detenerlo por ello (supuestamente).

Pero el problema es mayor, ya que se combina con otro vicio más que centenario en nuestra historia: la corrupción. Esas autoridades que han preferido pactar con el narco en lugar de combatirlo, y esa sociedad que no ve con malos ojos a los narcotraficantes (a pesar de la violencia que han desatado por todo México); los dos tienen su parte de responsabilidad en el infierno que ahora vivimos.

Desgraciadamente, este problema no se acabará pronto. El próximo presidente de México no tendrá mucho margen para maniobrar; quizá deberá aplicar una estrategia parecida a la que está usando Calderón.

Porque, mientras Estados Unidos condene el uso de las drogas (y al mismo tiempo legalice su consumo en varias partes de su territorio), y mientras la sociedad mexicana (incluídas sus autoridades) no puedan o no quieran combatir el problema desde sus raíces, al Estado sólo le quedará recurrir cada vez más a la violencia para evitar que las organizaciones criminales se adueñen del poder.

En alguna entrevista, Felipe Calderón dijo claramente que, de no combatir al narco, el próximo presidente sería impuesto por las organizaciones criminales. El problema de las drogas sólo podrá resolverse con una actitud decidida de la sociedad mexicana, la cual necesita unirse para combatir a este monstruo que está destruyendo su presente y puede volver todavía peor su futuro. 

El autor es Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Miembro de la Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica, del Seminario "Periodismo, Historia y Sociedad" del Instituto Mora y del "Seminario de estudios interdisciplinarios sobre la prensa", de la FES Acatlán. Está terminando su primer libro "La red de los espejos; una historia del diario Excélsior (1916-1976)", de próxima aparición y además es autor del blog http://www.clionautica.blogspot.com/


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México: divide a la prensa Acuerdo para cubrir Violencia PDF Imprimir E-mail
Ciudad de México, MÉXICO - Sociedad
  
Jueves, 31 de Marzo de 2011 17:08
Fue la nota de la semana pasada y casi dividió a la prensa nacional mexicana entre los que piensan que es un acontecimiento histórico y los que creen que es un intento de la Presidencia de la República y las grandes cadenas televisoras para centralizar y censurar la información sobre la guerra contra las organizaciones criminales. 

Me refiero por supuesto a la firma del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia (ACIV, para abreviar). 

¿Qué es el ACIV? Es un documento que firmaron 715 medios de todo el país para aplicar criterios editoriales comunes con la intención de que la cobertura informativa no pueda ser usada por la delincuencia para generar terror entre la población. Además, pretenden establecer mecanismos para proteger a los periodistas que trabajan esos temas. 

Como señala el Acuerdo, vivimos una ola de violencia sin precedentes en nuestra historia, (esto quizá habría que matizarlo; sólo hay que recordar la década 1910-1920). Las instituciones están en riesgo debido al avance de las organizaciones criminales, lo que entre otras cosas limita la libertad de expresión. 

Lo que preocupa a los firmantes del Acuerdo es que el crimen organizado pueda usarlos para transmitir información a sus enemigos, al Estado y a la sociedad. Entiendo que eso les preocupe, especialmente, si tomamos en cuenta que desde sus orígenes la prensa mexicana ha servido más como canal de comunicación entre élites y grupos de poder, en lugar de enfocarse a informar a la sociedad. 

La pregunta que se hacen los medios es ¿qué debemos hacer para informar sobre lo que está pasando y no convertirnos en voceros de los narcos? Supongo que se refieren a las "narcomantas", las grabaciones y videograbaciones, distintos tipos de declaraciones, y por supuesto la violencia cruda que se usa para lanzar mensajes a los enemigos.

Tan sólo hay que recordar a esa mujer que colgaron de un puente en Monterrey, en la norteña entidad de Nuevo León, y en cuyo cuerpo habían escrito el nombre de su asesino. 

Los puntos del Acuerdo
Para defender la libertad de expresión, los medios asumen que necesitan unirse, aplicando diversas medidas en conjunto, como son: condenar la violencia y no justificarla de ninguna manera; no usar la terminología del narco (adiós al uso de la palabra "levantones" y otras parecidas); impedir que los criminales aparezcan como héroes (supongo que Billy Rovzar, el productor de la recién estrenada cinta mexicana "Salvando al Soldado Pérez" tiene una idea distinta sobre este punto).

Además, desechar la información propagandística que generen los grupos criminales; presentar la información con el contexto adecuado; manejarla según su importancia.

También atribuir explícitamente las responsabilidades que correspondan a cada quién (o sea, si el Estado se excede al perseguir a los criminales y atenta contra la sociedad civil, hay que denunciarlo); no prejuzgar culpables (o sea, no presentarlos sin que haya habido un juicio de por medio,  aunque al Secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, le encante montar esos espectáculos); cuidar a las víctimas y a los menores de edad; alentar la participación ciudadana; proteger a los periodistas; solidarizarse con ellos cuando sean víctimas de alguna agresión; y no difundir información que ponga en riesgo algún operativo contra los grupos criminales. No suena mal. 

De hecho, es algo que todos los medios deberían hacer por sistema y no verse obligados a ello debido a que México es uno de los países más peligrosos del mundo para dedicarse al periodismo.

Voces que cuestionan la iniciativa

Sin embargo, hay voces en contra de esa iniciativa. Carmen Aristegui piensa que en lugar de la "discreción", "uniformidad", o "achatamiento" de los medios, el Estado tiene que garantizar que habrá "información clara, precisa, amplia, diversa, plural y crítica de los sucesos que marcan la vida nacional",  según apuntó en la columna de su autoría publicada en el periódico Reforma el 25 de marzo pasado. 

Miguel Ángel Granados Chapa se preguntaba, el 27 de marzo, en su columna "Plaza Pública" si Televisa y los medios firmantes usarán este acuerdo en dos casos que ocurrieron a pocas horas de la firma: el asesinato de un conductor de televisión en Monterrey y las amenazas que ha sufrido el diario "El Sur" por parte del gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca.

"El Sur", por cierto, también firmó el acuerdo. 

¿Los medios necesitan unirse a través de un acuerdo como éste? Históricamente, la prensa mexicana ha sido más proclive a caminar cada quién por su lado.

A pesar de que, desde finales del siglo XIX, los periodistas se unieron en gremios y sindicatos para defenderse, lo cierto es que éstos nunca tuvieron la capacidad para cumplir con la labor que les había sido asignada. 

Además, estamos hablando de un oficio en el que la constante es competir con los colegas para conseguir esa noticia que ellos no tienen y darla a conocer antes de que otro lo haga. Todo eso dificulta que un acuerdo como éste se aplique a profundidad. 

Ojalá, dejando de lado intereses corporativos y/o particulares, los periodistas mexicanos encuentren la forma de trabajar juntos no para uniformizar sus notas y sus políticas editoriales; sino para defender su oficio y la diversidad que por obligación conlleva. 

Un presidente que quiso ser periodista

Por cierto, hace unos días el presidente Felipe Calderón declaró que, en caso de no haber sido político, le hubiera gustado dedicarse al periodismo.

Sus palabras fueron: Yo alguna vez hablaba que ojalá hubiera, por ejemplo. Si yo no hubiera sido político, a lo mejor me dedicó al periodismo, qué también me gusta, es una profesión que respeto, pero hubiera hecho un periódico que se llamara Balance. Y en la primera plana pondría, de un lado, todas las noticias malas, las más importantes, y del otro lado, en la primera plana, todas las noticias buenas, las más importantes; y en medio las notas, digamos, buenas o malas, sin poder clasificarlas ahí, que, como decía Carlos Castillo, a este ritmo en México son las notas de deportes, que son las únicas que asientan hechos, digamos, totalmente objetivos e indisputables.

Los Pumas le ganaron uno cero al Morelia. Yo puedo decir que es mala noticia, pero el hecho es objetivo. Sí, porque le voy al Morelia, no tengo nada contra los Pumas. 
Yo creo que los mexicanos, en la medida en que hagamos un esfuerzo por no sólo querer a nuestro país, que lo queremos, sino también por confiar en él, como confiar en nosotros mismos, en esa misma medida vamos a tener, incluso más, de lo que tenemos. 

Esa declaración me recordó mucho las palabras de otro presidente de México: Si yo fuera director de un periódico, éste es el credo que yo colgaría sobre mi escritorio: imprimiré todas las noticias dignas de publicarse, pero me reservo el derecho de determinar: lo que ya no es noticia, el beneficio que puede obtenerse de su publicación, su importancia relativa en comparación con otras noticias, y su posible efecto en mis lectores.

No usaré títulos llamativos, adornados con detalles sórdidos, para informar un homicidio, un delito sexual o la falta de una persona. Nunca agitaré ni ofenderé la sensibilidad de los lectores que deseo tener. No fomentaré las disputas personales con frivolidad o malicia.

Trataré de recordar la facilidad con que una buena campaña de prensa influye en la vida emocional de los lectores, y no olvidaré la frase de Goebbels, de que una mentira repetida con frecuencia y descaro suficientes acaba por ser creída. Trataré de ser objetivo en la enumeración de las noticias y evitaré hacer una interpretación personal de los sucesos.

No aceptaré ningún anuncio que comprometa mi honradez, Este periódico jamás se someterá a nadie para actos viles o abusivos. Señalaré los sitios donde existan la infamia y el mal, y me referiré al buen ciudadano como quisiera que él se refiriera a mí...
 

La segunda declaración fue hecha por Gustavo Díaz Ordaz el 7 de junio de 1970. La historia nunca se repite, pero siempre se parece a sí misma.

El autor es Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Es miembro de la Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica, del Seminario "Periodismo, Historia y Sociedad" del Instituto Mora y del "Seminario de estudios interdisciplinarios sobre la prensa", de la FES Acatlán. Escribe en revistas electrónicas. Está terminando su primer libro "La red de los espejos; una historia del diario Excélsior (1916-1976)", de próxima aparición y además es autor del blog http://www.clionautica.blogspot.com/ 

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