La grámatica risueña de Álex Grijelmo PDF Imprimir E-mail
Torreón, MÉXICO - Cultura
  
Sábado, 06 de Febrero de 2010 16:35

Desde hace algunos meses frecuento el privilegio de conversar con Julián Mejía, otro joven intelectual lagunero que no tiene, lo que me extraña sobremanera, un espacio fijo para publicar sus informadas opiniones.

En una charla reciente me hizo la pregunta de cajón: ¿“Qué estás leyendo?”. Le respondí con la verdad: algo de narrativa, algo de periodismo y una nueva gramática, pues siempre trato de tener a la vista cualquier material de este último tema. Y sí, era cierto que por esos días le daba trámite a La gramática descomplicada, uno de los ya muchos títulos de Álex Grijelmo, dedicados al tópico del que se ha convertido en terrateniente: el español y sus vericuetos.

Como en los otros libros de su cosecha, en La gramática descomplicada el minucioso Grijelmo trabaja con el idioma que nos une sin dejar al lado el tono socarrón que en este caso le viene muy bien al tópico, plúmbeo en casi todos los libros similares que recuerdo. El ¿filólogo? nacido en Burgos no hace más que seguir con la tesitura impresa en otros productos de su cuño, por no decir que en todos.

En Defensa apasionada del idioma español, La seducción de las palabras, La punta de la lengua y El genio del idioma se advierte la inclinación grijelmiana por añadir ciertos toques de humor a las explicaciones subjuntivas y gerundias y carpetovetónicas y galicistas que no puede eludir cuando describe la historia, la semántica, la etimología o el uso coloquial del español.

Según la ficha que proporciona Santillana, la editorial que publica todo lo que arma Grijelmo, el autor burgalés (me estoy luciendo: tal es el gentilicio de Burgos) nació en 1956; escribió a los 16 años su primer artículo en La Voz de Castilla, un periódico de su ciudad en el que después trabajaría como redactor en prácticas mientras estudiaba Ciencias de la Información.

En 1977 ingresó en la agencia de noticias Europa Press, y en 1983 fue contratado por el periódico español El País, en el que trabajó durante 16 años. Diez de ellos, como redactor jefe; y en ese periodo fue el responsable del Libro de Estilo. Añade que desde 2004 preside la Agencia Efe, y en 2007 fue elegido presidente del Consejo Mundial de Agencias.

Ha escrito los libros que ya mencioné líneas arriba y ha recibido el “honorary negree” en dirección y administración de empresas por la fundación universitaria ESERP, y es profesor de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez, con quien codirigió, en 1998, un curso sobre estilo periodístico. En enero de 1999 recibió en su país el premio nacional de periodismo Miguel Delibes.

De los libros que he leído de él, puedo decir que a todo aquel lector curioso al que por alguna cercana o remota causa le interese explorar la selva de nuestra lengua, nada mejor que hacerlo con la guía de un cuate experto y divertido como Grijelmo. El interesado puede, por supuesto, buscar otros machetes para desyerbar el camino, pero dudo que los encuentre amenos.

La historia del español, la gramática, la etimología son asuntos abordados por lo regular con excesiva pompa, aunque no faltan, por supuesto, indagaciones que buscan al gran público y lo hacen con un tono amable, como Para saber lo que se dice, de Arrigo Coen Anitúa; Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre; las Minucias del lenguaje, de José G. Moreno de Alba o los acercamientos un tanto más ligeros del regiomontano Ricardo Espinosa, quien incluso ha llevado a la televisión sus apuntes sobre el léxico de los mexicanos.

Grijelmo no le va a la zaga; en todos sus libros ha examinado recovecos del español y ha colocado, adjuntas, muchas divertidas pinceladas que adoban sabrosamente sus platillos. El resultado es un trabajo de divulgación que cada vez alcanza a más lectores y los lleva a preocuparse por el instrumento básico de la comunicación: la lengua, nuestra lengua. No es flaco mérito, dada la brutal andanada de cambios toscos que, sin orden ni concierto, se le vino encima al español, y a cualquier otro idioma, tras la irrupción de la escritura ultraveloz y generalmente desaseada del mail, el chat y el “mensajito” de celular.

En La gramática descomplicada (Taurus, quinta reimpresión, 2009), Grijelmo avanza por el laberinto gramatical con calma, sonriendo, con una gentileza de trato que se le agradece, pues los recintos de esa disciplina suelen provocar que reculen los lectores más interesados, ya no se diga los indiferentes.

Grijelmo ha armado aquí un índice que no dejó rincón gramatical sin escrudriñar. El esfuerzo que hace por llegar a una didáctica grata es tan visible como el de los buenos maestros antiguos, esos que buscaban una especie de amistosa complicidad con el alumno para que la letra no entrara con sangre, sino con placer.

Me gusta y recomiendo La gramática descomplicada por los gestos de gentileza que se le ven en cada página, pero más porque he vuelto a leer y a sonreír con las palabras que alguna vez, debido a la lingüística moderna, desaparecieron de los libros que espulgaban esos temas.

O sea, he vuelto a encontrar aquí las partes de la vieja gramática en sutil combinación, nunca engorrosa, con la cuasiesotérica gramática moderna; leo en La gramática… de Grijelmo reflexiones sobre verbos, adverbios, preposiciones, adverbios, prefijos, oraciones simples, oraciones subordinadas y todo lo que alguna vez aprendí a medias y aquí parece más claro.

En resumen, este esfuerzo de Álex Grijelmo es, sin más, una gramática sin lágrimas, un paseo en boogie por la sintaxis de nuestro pensamiento. Lo recomiendo sin vacilar (“vacilar” en el sentido no mexicano del verbo).


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¡Burocracia a la mexicana! PDF Imprimir E-mail
Däniken, SUIZA - Personal
  
Miércoles, 03 de Febrero de 2010 06:16
Hace unos días fuí a la embajada mexicana en Berna, Suiza, a tramitar la renovación de mi pasaporte. Éste venció en septiembre del 2009 y no había tenido la intención de renovarlo porque ya había hecho mi solicitud desde julio del mismo año para obtener la nacionalidad suiza. Pero me llevé una desagradable sorpresa cuando, en noviembre, recibí una carta del gobierno suizo confirmándome que mi solicitud estaba ya en trámite e informándome que dicho proceso podría llevarse un año. ¡Un año! 

Para no quedarme “despatriada” en estos largos meses, inicié el trámite en la embajada mexicana. El pasaporte vencido es el único que he tramitado de este lado del charco, desde que llegué aquí en 1999, por lo que 10 años borran cualquier recuerdo amargo de lo que siempre ha sido la burocracia mexicana.

En primer lugar, no hay forma de ser atendido en esa dependencia sin previa cita. Para obtenerla se debe hacer una llamada telefónica y escuchar por lo menos 10 minutos de grabaciones en las que se nos explican todos los servicios consulares, saltando de una a otra de las teclas numéricas del aparato telefónico hasta que se encuentre el deseado. Bueno, si se encuentra y si no se pierde uno con tanta opción pitagórica.

Luego, cuando por fin llegamos a la grabación destino, no hay nadie que conteste. Se deben dejar algunos datos personales como el nombre y el número telefónico del interesado para que ellos se comuniquen con nosotros, cuando puedan, claro está. Por supuesto que mientras ellos se comunican pasa -por lo menos- una semana y la cita que nos dan, será para otras tres o cuatro semanas después.

En esta misma llamada la funcionaria nos explica de nuevo, de viva voz, todos los requisitos que ya escuchamos con anterioridad en las grabaciones, nos regaña por no haber renovado al momento de expirar el pasaporte y nos deja muy claro que, si los documentos requeridos no son actuales, originales o presentan alguna diferencia con el pasaporte o el acta de nacimiento en algún dato, ellos mismos pueden expedir los correctos bajo el módico costo tres veces mayor a su valor en México. Y de la tardanza, mejor ni hablar. 

Una vez en las nuevas oficinas berneses y luego de buscar como loca -y a pie- la entrada del edificio, llegué a mi destino. Nada más salir del elevador me encontré con la imagen que ven aquí abajo.

Nada de recepción y nadie que saliera a decirnos hacia dónde o con quién dirigirnos. Si uno camina deambulando por los pasillos, ni siquiera los empleados con los que por casualidad se pudiera uno encontrar, son capaces de preguntarnos qué necesitamos o qué hacemos ahí.

Tuve que asomarme en tres oficinas que estaban abiertas, y aún así la gente sólo volteaba de reojo sin hacer la menor mueca de sorpresa o ayuda.

Encontré por casualidad a una mujer a la que años atrás conocí en una fiesta de una de mis paisanas y cuyo nombre -gracias a Dios- recordé.

La llamé y me presenté, aunque ella me había visto desde que me asomé a su oficina, dijo que también se acordaba de mí y me preguntó si iba con ella. ¿Cómo podría yo saber con quién iba?

Le comenté el motivo de mi visita e inmediatamente me mandó con otra persona. Eran las 10 de la mañana en punto y a partir de ahí el tiempo corrió más lento que nunca luego de mil y una calamidades con mi trámite. El documento oficial de identificación no me sirvió porque llevaba mis apellidos de casada, aún cuando en el teléfono me habían dicho que no importaba; entonces tendría que hacer un acta de identificación oficial ahí mismo, para lo que tendría que pagar otra módica cantidad monetaria.

Entre que me revisaban cada documento, uno a uno, la empleada iba y venía tardándose por lo menos de 5 a 10 minutos entre cada papel que verificaba ¡a cuenta gotas! Comencé a desesperarme, pero en ese momento recordé que tal vez mi credencial de elector estaría en el coche. Además yo necesitaba aire fresco, así que puse pies en polvorosa y me lancé por ella.

Ya de regreso, con la vieja credencial en mano, la empleada dejó caer un suspiro de alivio, por lo menos un documento menos que elaborar. Pero cuando cotejó mi firma de la credencial con la de la solicitud de renovación, volvió a fruncir el entrecejo: "¡No es la misma!", me dijo casi entre sollozos. "Claro, le dije, porque cuando me casé la cambié". "Entonces no nos sirve", me contestó muy decepcionada.

Tuve que hacer una carta, de puño y letra en la que certificaba que ambas firmas eran, aunque diferentes, mías. Además de improvisar la redacción, debería especificar cuándo y por qué decidí cambiarlas. Lo más difícil no fue tanto la redacción sino la escritura, porque con tantos años de fusión manos-teclado, mi caligrafía deja mucho qué desear. 

A la Cónsul, al momento de autorizarla, no le gustó mucho la firma anterior. ¡Y cómo no. Tenía más de 10 años sin hacerla!  Así que tuve que escribir de nuevo la carta pero practicar antes la firma hasta que me saliera al gusto de la señora Cónsul. 

Las manecillas del reloj, inexplicablemente, comenzaron a caminar más rápido; mis hijos saldrían en 20 minutos de la escuela y yo me encontraba a una hora de camino de mi casa. La empleada me preguntó si tenía prisa, yo llevaba en ese lugar una hora con 20 minutos exactamente, en una cita para la que se me había asignado una hora específica y la descripción de los documentos exactos dizque para no perder tiempo. ¿Cómo se atrevía a preguntarme si tenía prisa?

Le contesté que mis hijos llegarían de la escuela, que no habría quién los recibiera ni les diera sus sacrosantos alimentos y que estaba muy lejos de casa. Ella, muy solidaria, también comenzó a estresarse: "yo también soy mamá y sé lo que siente, pero en México se pusieron muy requisitosos con los trámites de los pasaportes", me dijo muy angustiada.

La pobre mujer hizo un esfuerzo sobre humano y en menos de 10 minutos ya estaba yo fuera de las oficinas. Me dirigí al elevador y al lado de las puertas de metal vi el escudo de la bandera mexicana que me hizo derretir el corazón.

Una vez en el coche tuve algo de tiempo para repasar lo sucedido momentos antes. Me di cuenta de que aquello no era nuevo para mí, que tal vez lo tendría olvidado en un rincón de mi memoria y hoy hacía su aparición nuevamente.

Poco a poco fue dibujándose una sonrisa en mi cara, saboreé aquella burocracia otrora tan familiar, me sentí de nuevo en mi tierra, con los míos, en mi ambiente.

En ese ambiente que, a pesar de los pesares, conozco tan bien y que no me asusta porque sé cómo reaccionar. Y sí, lejos de enfadarme o quejarme, lo disfruté como quien come un manjar en medio del desierto. Toda una delicia. ¡Viva México, señores!

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El lado triste del Invierno PDF Imprimir E-mail
Bruselas, BÉLGICA - Personal
  
Lunes, 01 de Febrero de 2010 23:05
Cuando vivimos en un país donde el clima es la mayor parte del tiempo soleado ni siquiera nos pasa por la cabeza que ese buen clima tiene una gran influencia en nuestro estado de ánimo. Los mexicanos tenemos fama de ser amigables, alegres y fiesteros contrastando con, por ejemplo, los ingleses que tienen fama de ser más formales y serios, sin embargo, en esta temporada podría decir que soy una mexicana atípica.

Es mi segundo invierno en Bélgica y  ya no me sorprenden los días tan cortos, ni las bajas temperaturas o el exceso de lluvia ni la aparición prolongada de nieve. Ahora lo que me ha tomado por sorpresa es el paulatino aumento de mi apatía junto con las ganas de comer pasta y cosas dulces.

Al principio le eché la culpa a la temporada navideña. Estar alejada de la familia en esas fechas siempre provoca nostalgia.

Luego fue un resfriado que de plano me tumbó en cama entre nariz constipada y dolores de cuerpo. Cuando la enfermedad física se fue, quedaron sólo las ganas de dormir y de no hablar con nadie. Ni leer, ni escribir, ni cocinar -que son mis actividades favoritas- parecían lo suficientemente atractivas como para sacarme de mi letargo.

Sin contar con el permanente mal humor al que, por supuesto, le encontré la respuesta de inmediato: ¡Todo es culpa de las hormonas! Pero no, no es nada de eso. Pocos mexicanos llegamos a escuchar siquiera el término "depresión invernal" y somos aún menos los que llegamos a experimentarla. ¿Y saben qué? Es terrible.

Todo mi padecimiento se debe simplemente a la escasa luz solar que mi organismo está recibiendo después de meses de días grises y que es tan necesaria para ciertas de sus funciones como la producción de vitamina D y de neurotransmisores necesarios para un buen estado de ánimo. Su nombre correcto en inglés es Seasonal Affective Disorder (SAD) o lo que sería en español Transtorno Afectivo Estacional o  Depresión Invernal.

La sufrimos comunmente personas quienes vivimos en altas latitudes como las del norte de Europa. Curiosamente, la excepción parecen ser los islandeses cuyos genes son inmunes a este trastorno. En contraste, los más afectados somos la gente originaria de regiones más soleadas ya que al estar acostumbrados a recibir más luz solar, resentimos de inmediato la falta de ésta.

Así que todos mis síntomas indican que padezco de Winterdepressie (en neerlandés) y que sólo es cuestión de tiempo -dos meses más y se acaba el invierno- y de tomar pequeñas medidas para contrarrestarla.

Ahora que ya conozco el nombre de mi enemigo, es más fácil luchar contra él.

Lo mejor de todo es que son cosas super sencillas de hacer. Tengo que incluir en mi dieta frutas frescas y pescado y no abusar del alcohol, además de  tratar de hacer un poco de ejercicio; las caminatas cortas ayudan.

Un remedio utilizado al parecer en toda Europa es el té de hierba de San Juan, que entre muchas otras propiedades, posee  la de funcionar como antidepresivo.  Y no sé ustedes, pero yo prefiero tomar un té a tener que engancharme con un fármaco. Habrá que probar.
 

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León celebra su tradicional Feria Estatal PDF Imprimir E-mail
León, MÉXICO - Sociedad
  
Domingo, 31 de Enero de 2010 01:07
Célebre por una canción de José Alfredo Jiménez (“Camino de Guanajuato”), la  Feria Estatal de León es una de las más importantes de México. Sus 5 millones de visitantes al año la sitúan sólo por detrás de la Feria de San Marcos, en Aguascalientes, que es la más antigua del país.

Las ferias en México son grandes eventos populares realizados con motivo de las fiestas patronales o los aniversarios de fundación de sus localidades sede. Según la Asociación Nacional de Ferias y Fiestas Populares de México, hay más de 2 mil 400 eventos de este tipo al año, aunque muy pocas superan la relevancia estrictamente local.

La oferta básica de una feria mexicana son las exhibiciones comerciales, artesanales, gastronómicas y ganaderas.

Para acompañar a estas y atraer visitantes, se ofrecen también algunos espectáculos y atractivos especiales, como las peleas de gallos, las corridas de toros y el consabido teatro del pueblo, que suele ser un escenario al aire libre donde se presentan variedades con artistas locales y figuras nacionales, principalmente de música regional, que es la que tiene más aceptación a nivel popular.

La Feria de León, al igual que sus pares más sofisticados, han llevado esa oferta a un nivel superior, pues ofrecen alternativas gratuitas más inusuales, como shows con delfines y lobos marinos; funciones de lucha libre, circo, un espectáculo sobre hielo con artistas de Estados Unidos y Europa y un extenso programa de presentaciones de corte más artístico, que incluye ballet folclórico y clásico, conciertos de jazz y grandes conciertos de música del recuerdo, que tiene lugar en el Foro del Lago, un bello anfiteatro ubicado en el lago artificial del Parque Explora, colindante con el recinto ferial.

La feria se realiza en su propia sede, ubicada en el polígono del Poliforum, una zona que ha cobrado especial importancia en la ciudad, pues ahí se ubican el Parque Explora, el Poliforum (que es el recinto de ferias y exposiciones local), el Estadio León y el Forum Cultural Guanajuato, el más extenso complejo de su tipo en el estado. Las actividades de la Feria se extienden a parte de sus vecinos e incluso algunos espectáculos se presentan en otros puntos de la ciudad.

La fiesta leonesa inicia el segundo viernes del año y se extiende hasta los primeros días de febrero, aunque su clímax es el 20 de enero, día en que se conmemora tanto el aniversario de la fundación de la ciudad (434 años en esta edición), como a San Sebastián Mártir, su primer patrono.

El domingo previo a esa fecha, se realiza un colorido desfile de carros alegóricos que circula por la avenida principal de León: el boulevard López Mateos, que es encabezado por la reina de las fiestas y cerrado por el merecedor del Arlequín de Bronce, una presea que desde hace una década se concede a alguna celebridad leonesa o guanajuatense.

Aunque la Feria se realiza justo después de la época navideña y el Día de Reyes, que suelen dejar a los padres de familia muy “gastados”, la circunstancia que más afecta su flujo de visitantes es más bien el clima. Aún así, acudir a la feria es muy económico. La admisión cuesta sólo 8 pesos (unos 60 centavos de dólar ó 40 centavos de euro), y con eso se puede disfrutar de más espectáculos gratuitos de los que es posible ver en un solo día.

A la Feria de León acude gente de todos los estratos sociales, aunque obviamente no acuden a lo mismo. Las personas más acomodadas pueden darse el lujo de acudir a las variedades del Palenque más costosas (1800 pesos por un boleto de primera fila para ver a Alejandro Fernández) y departir en las sucursales temporales que dentro de la feria instalan algunos de los restaurantes, bares y centros nocturnos más importantes de la ciudad.

La gente de más escasos recursos se conforma con los espectáculos gratuitos y curiosear en las exhibiciones comerciales y artesanales. A menudo llevan su propia comida para organizar un pequeño día de campo y no tener que comprar alimentos en la Feria.

En el justo medio estamos la mayoría, que incluso vamos varios días al festejo, ya sea para “chacharear” en la exhibición comercial, subirnos a los juegos mecánicos (desde carruseles y ruedas de la fortuna hasta cosas que deberían servir para entrenar astronautas) o disfrutar de algunos de los antojitos que sólo es posible paladear en la Feria, como los “huaraches” (un enorme bocadillo hecho de masa de maíz acompañado de carne o guisado) o las gorditas michoacanas (también hechas de maíz y rellenas de requesón o chicharrón).

Elemento típico de feria son los “gritones”, comerciantes que ofrecen textiles (cobijas, toallas, edredones) y enseres domésticos (vajillas, ollas y sartenes), a modo de remate, gritando a través de un micrófono con un sonsonete muy particular. Este año, la Feria, que concluye el 2 de febrero, tiene una dedicación especial al Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicanas.

Con ese motivo, inauguró una nueva plaza y un centro de espectáculos, que es desde este año la sede del tradicional palenque, donde se realizan peleas de gallos y cada noche es rematada con la presentación de un artista de moda.

El nuevo palenque es objeto de críticas por su pobre acústica, que ha impedido a menudo disfrutar del espectáculo con plenitud a cierta parte del público.

Acudir a la feria es estimular los sentidos: el olfato, con el suave aroma del pan de feria (que antaño tenía escritas frases y dedicatorias chuscas); el gusto, con sabores que van desde las nueces garapiñadas o las manzanas cubiertas de caramelo, hasta el cabrito asado; la vista, con la gracia de unos voladores de Papantla descendiendo o el colorido de las artesanías guanajuatenses; el tacto, acariciando a alguno de los magníficos caballos de la exhibición ganadera y el oído, con esa ruidosa sinfonía donde se funden los “gritones”, las exclamaciones de quienes se suben a los juegos, la música de algún mariachi o banda y el aviso por el sonido local de algún niño extraviado.

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